Los colmillos de Rishaan

Parte 1 La mordida

Mi nombre es Rishaan y desde hace mucho que no creo en el amor, siempre llega un momento durante el mes en que debo fingir algo para evitar una cita y si la relación ya ha tomado rumbo debo buscar una mentira perfecta que hasta el momento siempre ha sido cuestionada y me ha costado la soltería una y otra vez. Tengo 35 años y hasta ahora no he tenido una relación estable como la mayoría, lo peor es que, en un par de ocasiones la culpa ha sido toda mía, porque les he devorado, literalmente.

Fue hace 10 cuando sucedió por primera vez, conduje hasta los limites de Panaji y me acerqué al río Mandovi para despejarme. Necesitaba liberar el estrés, antes de hacerme cargo en los meses venideros del negocio familiar, uno de los restaurantes más tradicionales de la ciudad. Ese día entre la brisa del viento y la luna llena me perdí en mis pensamientos y caminé pausadamente como esperando que el tiempo se detuviera.

Cuando ya no escuchaba el sonido de la civilización, algo que no era del todo sencillo, el silencio me acobijó de tal manera que decidí sentarme un momento a disfrutar de la luna. Jugueteaba con las llaves del auto entre mis dedos hasta que me detuve y las guardé en el bolsillo. Entre los arboles escuché algunos ruidos, pero no puse mucha atención. Me levanté cuando había pasado de la media noche y mi celular tenia llamadas perdidas de mi madre.

Ante la espesa oscuridad use la linterna del móvil pero me encandilaba más que mostrarme lo que tenía adelante. La apagué un momento y me froté los ojos para aclarar mi vista, con la luz de las estrellas me guié hacia el auto que recordaba dejé muy cerca.

Sin poder reaccionar, una bestia me tumbó al piso y comenzó a morder mi brazo derecho. Inútilmente intenté forcejear pero su pesado cuerpo me asfixiaba. Poco a poco comencé a perder el conocimiento con un dolor en la cabeza que no me dio tiempo de pensar si estaba muriendo o no.

La luz del sol apuntando a mi rostro fue lo que me despertó, como ardiendo en mi piel. No recordaba mucho y me levanté lentamente para percatarme de dos cosas, mi brazo derecho dolía y la mordida estaba expuesta, a unos metros estaba un hombre desnudo y su cabeza desprendida a unos centímetros. Vomité encima de mi ropa del impacto al verlo apenas me había sentado, y el dolor del brazo por poco y me hizo desmayar de nuevo. Me quité el suéter que usaba y se había ensuciado. Lo hice con dificultad. Después me removí la camisa para quedarme solo con la playera interior. Rompí la camisa y la amarré alrededor de mi brazo con mucho esfuerzo por mi mano izquierda, lidiando también con el olor del difunto y el miedo porque alguien me encontrara ahí.

Llegar a casa en ese estado sería una mala idea así que decidí ir con mi amigo Adrith, quien me cuestionaría menos, y asi sucedió. Inventamos un viaje de emergencia con sus padres quienes no vivían aquí, para poder recuperarme unos días en su casa y limpiar la sangre que manchó el auto. Ir con un médico causaría preguntas difíciles de responder ubicándome en la escena de un crimen que en unas horas vi en el noticiero aunque mantuve silencio.

Para curar la herida usamos todo lo que encontramos en los libros de Medicina general en la biblioteca de sus padres. Aquellos en los cuales encontramos algo que nos daba una idea de lo que estábamos leyendo, seguimos las instrucciones. La siguiente noche tuve fiebre y los vómitos no cesaron por lo que tuve que dormir recostado en el baño. En algún momento mi amigo se preocupó demasiado y estuvo a punto de llamar a mis padres, pero no recuerdo cuál fue el argumento que utilicé para convencerlo de que no lo hiciera, sólo lo logré. Nos conocimos desde niños por lo que sabía que confiaría en él. Inventé una historia que logró confundirlo y no relacionar mi herida, de un animal, con el cadáver encontrado en el bosque. Al segundo día no podía digerir la comida por lo que sobreviví solo con alimentos líquidos.

Al tercero, la herida comenzó a cicatrizar y los síntomas comenzaron a desaparecer como si nunca hubiesen estado ahí. No quise preocupar más a mis padres así que decidí regresar a casa, pero me sentí tan culpable de lo sucedido. Aunque no tuve ninguna culpa por el cadáver y fui víctima de una bestia de la cual tan sólo recordaba un hocico enorme y colmillos, no quise dejar el restaurante en ningún momento durante las próximas semanas. Sentía que debía compensar mi ausencia que se extendió a una semana cuando por fin me recuperé. Mi amigo guardó silencio sobre lo sucedido, aunque nuestras pláticas siguientes fueron un tanto incómodas. Sentía que él tenía ganas de preguntarme algo pero en realidad yo no sabía que responder.  




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