Los Colores del Girasol

Capítulo 1: El Refugio del Pasado

Camila se apresura a salir del trabajo, hace poco menos de un año comenzó a ejercer su carrera como Licenciada en Computación. Mientras maneja hacia la casa de su abuela, ​el aire acondicionado de su fiel Toyota —un modelo que, aunque no era del año, brillaba por el esmero que ella le ponía a su cuidado— apenas lograba mitigar el calor de la tarde. Camila se acomodó un mechón de su larga cabellera oscura, que caía en cascada casi hasta su cintura, y suspiró mirando el tráfico por el retrovisor.

— ¡Demonios voy tarde! – pensó, sus grandes ojos almendrados, color chocolate, reflejaban el cansancio de un largo día depurando códigos en la oficina.

Tenía un buen empleo, sí, pero cada centavo se lo ganaba a pulso.

Después de hora y media sorteando el tráfico de la ciudad, ​Camila llega a la casa de la abuela. Al entrar y respirar la paz del lugar, recuerda brevemente por qué terminó allí. ​Al cruzar la puerta de la casa de su abuela, Camila sintió que el peso invisible que siempre cargaba en los hombros finalmente caía. Ese lugar era su refugio. El recuerdo de los gritos en su antigua casa, los insultos velados de su padre y la frialdad con la que él los abandonó por una mujer apenas mayor que ella, todavía escocían.

Su teléfono vibró en la mesa. Era un mensaje de Luciano:

"¿Llegaste bien? Mamá está tranquila hoy".

Camila sonrió levemente. Su hermano, con su imponente metro ochenta y ese cabello rubio que siempre llamaba la atención, se había convertido en su roca. Ambos habían sobrevivido a la tormenta de su infancia, pero mientras Luciano lidiaba con el mundo mostrando los dientes, Camila prefería construir muros altos, aunque su abuela Mildred era la única capaz de derribar esos muros, para ella lo era todo.

— Dios te bendiga hija, hoy se te hizo tarde–exclamó su abuela.

— Si Abu, lo se – Respondió Camila– te ayudo a preparar la cena.

— hijita, deberías descansar. Te levantas muy temprano— exclamó la abuela con preocupación

— No te preocupes Abu, sinceramente no estoy cansada, además así aprovechamos para ponernos al día.

Dlla se sentía en paz cuando conversaba con su abuela.

La cocina olía a ajo, cebolla sofrita y al hogar que a Camila tanto le había costado encontrar. La abuela Mildred, con sus manos expertas y esa paciencia que solo dan los años, movía la cuchara de madera mientras Camila picaba los vegetales sobre la tabla.

—Ese hermano tuyo está cada día más tonto, Cami —comentó Mildred, ajustándose los lentes—. Me llamó esta mañana. Todo el tiempo era "Amalia dice esto, Amalia quiere aquello". Esa muchacha lo que hace es llenarle la cabeza de cucarachas. No lo deja ni respirar.

Camila suspiró, dejando el cuchillo a un lado. Pensar en Amalia le revolvía el estómago. Sabía perfectamente cómo operaba la novia de Luciano: sutil, manipuladora, sembrando dudas sobre su propia familia para alejarlo de ellos.

—Lo sé, Abu. A mí también me preocupa. Luciano tiene un corazón enorme, está lleno de amor pero es demasiado noble. Teme quedarse solo, y ella se aprovecha de eso. Pero si le digo algo, él se pone a la defensiva.

—Pues alguien tendrá que ubicar a esa gata —sentenció Mildred con firmeza. Pero antes de que Camila pudiera responder, unos golpes rítmicos en la puerta trasera, seguidos del sonido de la madera crujiendo, interrumpieron la conversación.

​—¿Se puede pasar o hay que traer invitación formal? —una voz varonil, profunda y llena de una familiaridad vibrante resonó desde el umbral.

​Oliver entró sin esperar respuesta, rompiendo la tensión del ambiente con esa energía arrolladora que siempre traía consigo. A sus treinta años, Oliver se movía con la seguridad de quien maneja su propia empresa, pero en esa cocina seguía siendo el niño que corría por el patio. Traía las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos y una sonrisa que hizo que a Camila se le detuviera el pulso por un segundo.

​—¡Oliver, mi muchacho! —el rostro de Mildred se iluminó al instante. Dejó la olla y corrió a plantarle un beso en la mejilla, el cual él recibió con una carcajada, abrazándola de lado—. Qué bueno que viniste. Justo a tiempo para la cena.

​—Huele a gloria, Abu Mildred. Ya sabe que no puedo resistirme a su sazón —dijo él, guiñándole un ojo. Luego, sus ojos color café se desviaron hacia Camila. La miró de arriba abajo, deteniéndose un instante de más en la larga cabellera oscura que le llegaba a la cintura, antes de regalarle una sonrisa de medio lado—. Hola, Cami. Sigues destrozando teclados en la oficina, veo.

​—Hola, Oliver —respondió ella, tratando de que su voz sonara lo más neutra posible, aunque sentía las mejillas calientes—. Alguien tiene que trabajar de verdad en este vecindario.

​Mildred miró a ambos, y un destello de complicidad —y un poquito de frustración— cruzó por sus ojos viejos. Ella adoraba a Oliver, había visto nacer a ese muchacho, era íntima amiga de sus padres y, en su corazón, siempre había guardado el deseo secreto de que él y su nieta terminaran juntos. Hacían una pareja perfecta. El único y gran problema... tenía nombre y apellido.

​—¿Y bien? —soltó Mildred, cruzándose de brazos con un tono repentinamente afilado—. ¿Viniste solo o tu dueña te dio permiso de salir esta noche?

​Oliver soltó una risa un poco incómoda, rascándose la nuca, un gesto que Camila conocía desde que eran niños.

​—Abu, no le diga así a Tatiana. Está en casa de su mamá, por eso aproveché de venir a ver cómo estaban y a traerle esto a mis papás, pero pasé primero por aquí.

​Camila bajó la mirada hacia los vegetales, apretando el cuchillo con un poco más de fuerza de la necesaria. Tatiana. La novia perfecta, de sociedad, elegante y que miraba a todo el mundo por encima del hombro. A Mildred le caía como una patada al hígado, y a Camila... a Camila le dolía en un lugar del pecho que prefería no revisar demasiado.

​—Esa mujer no es para ti, Oliver, y tú lo sabes —insistió Mildred, sin ningún tipo de filtro, ignorando la mirada de advertencia que le lanzaba Camila— Pero en fin, los hombres jóvenes de ahora son tercos. Siéntate, que ya casi servimos.




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