La noche había avanzado, pero el silencio en la casa de la abuela Mildred no lograba traducirse en paz para Camila. En la intimidad de su habitación, el eco de la pregunta de Oliver seguía flotando en el aire.
"¿Por qué te los sacudes a todos?"
Buscando desesperadamente apagar el ruido de su propia mente, Camila caminó hacia el baño. Necesitaba un refugio dentro de su propio refugio. Abrió la llave y dejó que el agua caliente llenara la tina, liberando un vapor espeso que pronto empañó el espejo. Con movimientos pausados, casi rituales, vertió un chorro de aceite de sándalo para conectar con la tierra, unas gotas de lavanda buscando la calma que tanto le faltaba, y un puñado de sales marinas. Sintió que ese oasis aromático, al menos por una hora, la ayudaría a pensar mejor, a limpiar el cansancio del día y a diluir la tensión que Oliver había despertado en su pecho.
Se deshizo de la ropa y se sumergió despacio. El contacto con el agua caliente le arrancó un suspiro. Cerró los ojos, apoyó la cabeza en el borde y respiró hondo, intentando dejarse llevar por el aroma a lavanda.
Pero el agua tibia no pudo contener las compuertas de su memoria. Al contrario, pareció aflojarlas.
Detrás de sus párpados, la oscuridad no trajo descanso, sino nitidez. De pronto, el olor a sándalo desapareció, reemplazado en su mente por el olor a humedad y a miedo de la casa de su infancia. Camila se vio a sí misma con apenas catorce años, paralizada en el pasillo, escuchando los gritos ensordecedores que venían de la sala.
La escena se reprodujo en su mente con una claridad aterradora. Pudo ver el momento exacto en el que su padre, cegado por una furia irracional, levantó la mano y golpeó a su mamá. El sonido del impacto resonó en su memoria como un trueno. Recordó el pánico inyectado en sus venas, pero también la adrenalina que la obligó a moverse. Luciano, que ya entonces intentaba ser el escudo de la familia a pesar de ser solo un niño, corrió a su lado. Ambos, temblando pero firmes, se interpusieron físicamente entre el monstruo que tenían por padre y la mujer que lloraba en el suelo, usando sus propios cuerpos adolescentes para evitar que él terminara lastimándola más.
Una lágrima, pesada y caliente, resbaló por la mejilla de Camila, confundiéndose con el agua de la tina. Luego otra y otra.
El dolor en su pecho se volvió físico, una opresión que le cortaba el aliento. No era solo el recuerdo del maltrato; era la profunda e inevitable tristeza de haber crecido viendo a su madre como una mujer débil. Camila la amaba, sí, pero desde muy joven había arrastrado la frustración de ver cómo ella siempre permitía y justificaba los malos tratos, agachando la cabeza ante los insultos de un esposo que no la respetaba.
La relación de sus padres nunca había sido fácil, y el precio de esa disfunción lo pagaron todos. Camila recordó con amargura los frascos de pastillas en el peinador de su madre, la dependencia absoluta a los calmantes que utilizaba para adormecerse, para tratar de olvidar la miseria en la que vivía atrapada. Su madre prefería evadir la realidad con químicos antes que enfrentarla.
Y el motivo de esa miseria no era un secreto. Su padre no solo era violento de boca; también era infiel, cínico y descuidado. Lo peor de todo, lo que más le quemaba el alma a Camila, era recordar que en más de una ocasión no se lo contaron... fue ella misma quien lo vio. Recordó el estómago revuelto, la traición quemándole la garganta al ver a su propio padre con otras mujeres, destruyendo la poca dignidad que le quedaba a su hogar.
Incapaz de seguir conteniendo el llanto, Camila encogió las piernas contra su pecho dentro de la tina, abrazándose a sí misma. El agua ya no se sentía relajante; se sentía como un mar de lágrimas contenidas por años. Sus padres habían sido sumamente duros con ella, marcando su juventud con cicatrices invisibles pero profundas.
"Por eso no puedo", pensó Camila en la oscuridad de su baño, dejando que el llanto fluyera libremente, limpiando un poco de esa tristeza vieja que llevaba en el alma. "Por eso no puedo dejar que nadie se acerque tanto".
El amor, en la experiencia de Camila, no era refugio. Era el lugar donde te destruían.
Camila salió de la tina sintiéndose un poco más ligera, aunque con el corazón todavía sensible por el peso de los recuerdos. Se secó con calma, se vistió con una pijama cómoda y se soltó el cabello largo y húmedo para que se secara al aire.
Al sentarse en la cama, su mirada se posó en la mesa de noche. Allí descansaba un libro de Walter Riso que había comprado hacía meses con la firme intención de terminarlo, pero que la rutina, el trabajo en la oficina y las líneas de código habían dejado acumulando polvo.
“Ya va siendo hora“ se dijo a sí misma, buscando un refugio que la distrajera de sus propios fantasmas. Abrió el libro por la página marcada y comenzó a leer. Las palabras del autor, siempre tan certeras sobre la autoestima, el desapego y los límites del amor, parecían escritas especialmente para ella.
Sin embargo, la burbuja de tranquilidad duró poco. El sonido agudo de una notificación rompió el silencio de la habitación. Camila estiró el brazo y tomó el teléfono. Al ver la pantalla, una mezcla de afecto y alerta la recorrió: era un mensaje de Luciano.
Su hermano llevaba ya tres largos años de relación con Amalia. Nadie podía negar que era una chica preciosa, de esas que captaban las miradas al entrar a cualquier lugar; pero para Camila, toda esa belleza exterior era solo una fachada. Detrás de sus sonrisas perfectas, Camila la percibía como una persona problemática y manipuladora .
No era una simple suposición. Camila lo había comprobado con dolor hacía poco más de un año, cuando la relación de ellos pasó por una crisis terrible. Recordar a su hermano completamente deprimido, descorazonado y arrastrando los pies por culpa de los juegos mentales de esa mujer, le había partido el alma.
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Editado: 09.06.2026