Los Colores del Girasol

Capítulo 4: Escudos de amor

El viernes arrancó con un ritmo diferente. Camila no tuvo que madrugar con la presión habitual de la oficina, ya que se había tomado la mañana libre para resolver varias diligencias personales junto a su abuela. Sin embargo, el descanso era relativo: su reloj mental estaba en cuenta regresiva porque a las dos de la tarde en punto debía estar de vuelta en la empresa para reunirse con su equipo de trabajo, entregarles unas nuevas directrices y coordinar los proyectos de la siguiente semana. Su agenda no daba tregua.
Después de compartir un desayuno tranquilo en la cocina, Camila ayudó a la abuela Mildred a subir a su fiel Toyota y salieron a la calle. La mañana se les fue volando entre los pasillos del supermercado, escogiendo las compras para la casa, y una larga e inevitable espera en el banco para que finalmente le entregaran una tarjeta de débito nueva a Mildred.
Fue precisamente al salir de la entidad bancaria, mientras caminaban despacio hacia el estacionamiento bajo el sol de la media mañana, cuando Camila tomó una decisión ejecutiva. Miró a su abuela, tan pulcra, tan llena de esa sabiduría que dan los años, y supo que no podía ir sola a ese almuerzo. Necesitaba refuerzos. Enfrentar a la intensidad y los prejuicios de su madre, sumado al misterioso pálpito que le causaba el mensaje de Luciano, era demasiada carga para ella sola. Y para Camila, su abuela era exactamente eso: su fortaleza indestructible, su paz y su cable a tierra.
—Abu —le dijo Camila, deteniéndose antes de abrir la puerta del carro—, no te voy a dejar en la casa. Te vas a almorzar conmigo, con mamá y con Luciano. Te necesito allá.
Mildred se acomodó los lentes y miró de hito en hito a su nieta. Conociendo a la perfección la complicada relación entre Camila y Fernanda, y el torbellino en el que Luciano solía convertirse por culpa de Amalia, la anciana suspiró profundamente. Estiró una de sus manos arrugadas y acarició con ternura el rostro moreno de su nieta, mirándola fijamente a esos grandes ojos color chocolate que hoy se notaban cargados de anticipación.
—Está bien, mi niña, yo te acompaño —dijo la abuela Mildred con una voz suave pero firme—. Pero prométeme algo, Cami. Tienes que estar tranquila. Tienes que tomarte las cosas con calma hoy. No dejes que las provocaciones de tu madre te alteren, ni que los problemas de tu hermano te quiten el centro. Respira profundo.
Camila sintió cómo un nudo en su pecho se aflojaba instantáneamente con solo escucharla. Esbozó una sonrisa sincera, sintiendo una inmensa gratitud por tenerla en su vida, y la abrazó con cuidado.
—Tranquila, abuela, no te mortifiques —le respondió Camila al oído, acariciando su espalda—. Prometo estar tranquila y contenida. El solo hecho de tenerte a mi lado ya me da toda la paz que necesito para enfrentar lo que sea.
Mildred sonrió, complacida, y se subió al auto. Con el escudo protector a su lado, Camila encendió el motor y se dirigió hacia el restaurante. Se sentía lista. Sabía que con su abuela en la mesa, las verdades a medias de su familia tendrían que salir a la luz tarde o temprano, y ella tendría el apoyo necesario para digerirlas antes de tener que correr de vuelta a la oficina a las dos de la tarde para ponerse el traje de Licenciada en Computación.
Mientras tanto, en una de las mesas del restaurante, la tensión ya se servía como plato de entrada. Camila y la abuela Mildred se habían retrasado veinte minutos debido al tráfico y al papeleo del banco, un tiempo que la Sra. Fernanda no estaba dispuesta a perdonar.
Desde el momento exacto en que se había sentado frente a su hijo, Fernanda no había hecho otra cosa que quejarse.
—Es que a tu hermana no le importo, Luciano —decía Fernanda, acomodándose la cartera con gestos teatrales y fastidiados—. Para ella yo no existo. No me quiere, no me llama, siempre tiene una excusa, que si el trabajo, que si las reuniones... Una madre no es un objeto que se deja guardado en una gaveta y se saca cuando a uno le conviene.
Luciano, que ya cargaba con sus propios demonios y los nervios de la confesión que planeaba hacer, suspiró profundamente. Medía un metro ochenta de pura paciencia, pero los reclamos constantes de su madre lo agotaban. Conociendo el esfuerzo descomunal que Camila hacía día a día por salir adelante y cuidar de los suyos, no estuvo dispuesto a quedarse callado.
—Mamá, por favor, ya basta —intervino Luciano, defendiendo a su hermana con firmeza pero sin perder los buenos modales—. Camila nos quiere muchísimo y tú lo sabes. Lo que pasa es que es una mujer sumamente ocupada, tiene un cargo de mucha responsabilidad en la empresa y se gana la vida a pulso. No es justo que digas eso. Por favor, quédate tranquila y vamos a disfrutar el almuerzo en paz, ¿sí?
Fernanda emitió un bufido, insatisfecha por no haber encontrado un aliado en su drama, y desvió la mirada hacia la entrada del restaurante.
Luciano también miró hacia la puerta, esperando ver aparecer la esbelta figura de su hermana. Y en efecto, ahí estaba Camila, cruzando el umbral con su pantalón beige y su blusa verde oliva, luciendo profesional y hermosa. Pero no venía sola. Detrás de ella, caminando con la elegancia innata de quien sabe balancear los años con pura dignidad, venía nada más y nada menos que Doña Mildred Milena Antic de Aristigueta.
A Luciano se le congeló la sangre en las venas. El aire pareció escapársele de los pulmones en un segundo y sintió que el restaurante entero se volvía pequeño.
«No puede ser», pensó Luciano, sintiendo un sudor frío en la nuca mientras las veía acercarse a la mesa. «No podré dar la noticia. Mi abuela no soporta a Amalia».
El plan de soltar la bomba de su matrimonio se acababa de hacer añicos antes de que trajeran el menú. Luciano sabía perfectamente que su madre, Fernanda, podía ser manipulable o intensa, pero Doña Mildred era de otra madera; era una mujer perspicaz, de carácter firme, y que jamás se mordería la lengua para decirle en su cara que Amalia era lo peor que le podía pasar a su vida.
Camila llegó a la mesa con una sonrisa triunfal que delataba perfectamente sus intenciones. Había llevado un tanque de guerra al almuerzo, y Luciano estaba completamente desarmado.
Para Fernanda, encontrarse de frente con Doña Mildred, fue un verdadero balde de agua fría. Una sorpresa total. No pudo evitar sentir un pinchazo de ironía en el pecho; ella había invitado a su madre a comer en incontables ocasiones y la respuesta siempre había sido un rechazo rotundo, bajo la eterna excusa de que "no tenía tiempo". Pero ahí estaba, impecable, del brazo de Camila.
Sin embargo, antes de que Fernanda pudiera armar un reproche, la mirada de Doña Mildred se suavizó con una ternura que solo una madre puede proyectar.
—Caramba, hija —dijo Doña Mildred, rompiendo el hielo mientras miraba a Fernanda con detenimiento—. Cada día que pasa estás más hermosa. De verdad te he extrañado por la casa para tomarnos nuestro respectivo café.
Detrás de la fachada fuerte de Doña Mildred, se escondía un corazón que conocía perfectamente los fantasmas de su hija. Sabía, con el dolor silencioso de una madre, que Fernanda había arrastrado depresiones muy oscuras y profundas a raíz de su tormentoso divorcio. Esos ojos apagados que a veces Camila confundía solo con amargura, Mildred los entendía como las secuelas de una guerra familiar que aún no terminaba de sanar.
Fernanda pareció ablandarse por un segundo ante el elogio, acomodándose un mechón de cabello con timidez.
—Ay, mamá... Es que últimamente no he tenido muchas ganas de salir —confesó con un hilo de voz, bajando la guardia—. Hoy es una excepción porque estoy aquí con mis dos grandes amores.
—Entiendo, hija —respondió Doña Mildred con una sonrisa comprensiva, dejándose guiar por Luciano, quien con suma caballerosidad le apartó la silla para que tomara asiento.
Mientras las dos mujeres mayores rompían el hielo, Camila aprovechó para acercarse. Primero saludó a su mamá con un beso educado en la mejilla y luego se giró hacia el gigante de la familia, dibujando una sonrisa genuina en su rostro.
—Hola, enano —dijo Camila de forma sumamente afectuosa, estirándose un poco para alcanzarlo—. ¿Cómo estás? Invité a la Abu para que compartiera este momento familiar con nosotros. Espero que no te moleste.
Luciano, a pesar de tener los nervios de punta y el anuncio de su boda atorado en la garganta, no pudo evitar sonreír ante el apodo. Para medir un metro ochenta, que su hermana menor lo llamara "enano" siempre le daba gracia.
—Para nada, lagartija —respondió Luciano con cariño, envolviendo a Camila en un abrazo protector y apretado, para luego inclinarse y dejarle un beso tierno en la frente a su abuela.
El ambiente en la mesa, contra todo pronóstico, se sentía extrañamente pacífico. El plan de guerra de Camila se había transformado en una tregua familiar gracias a la presencia de Doña Mildred. Sin embargo, Luciano se sentó sintiendo que la caja de anillos en su bolsillo pesaba una tonelada. La bomba seguía activa, pero con su abuela presente, el detonador tendría que esperar.
El almuerzo transcurrió con una fluidez que nadie hubiese previsto al inicio. Entre plato y plato, la conversación se volvió amena, saltando de un tema a otro; hablaron de todo un poco, desde las anécdotas del banco en la mañana hasta los recuerdos familiares que lograban sacarle una sonrisa genuina a la Sra. Fernanda. Sin embargo, detrás de su sonrisa, Camila se sentía inquieta. No podía quitarle los ojos de encima a su hermano.
Luciano estaba físicamente allí, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia. Se veía un tanto distraído, asintiendo a destiempo y jugueteando con el tenedor más de la cuenta. Camila, con esa aguda intuición que nunca le fallaba y conociendo cada uno de sus gestos desde que eran niños, sabía en el fondo de su corazón que algo gordo estaba sucediendo. Pero fiel a su filosofía de no presionar y dejar que cada quien hable cuando esté listo, decidió no preguntar. El viernes por la tarde estiraría el hilo; por ahora, tocaba esperar.
El tiempo se pasó volando entre las risas de la abuela y las historias de su madre. De pronto, Camila miró de reojo su reloj de pulsera y un escalofrío de urgencia la recorrió: faltaban pocos minutos para las dos de la tarde.
—¡Ay, Dios mío, el tiempo me devoró! —exclamó Camila, poniéndose en pie apresuradamente mientras acomodaba la correa de su cartera—. Me tengo que ir ya mismo, tengo a todo el equipo esperándome en la oficina para entregar las nuevas directrices.
Se inclinó para besar la mejilla de su madre y luego la de Doña Mildred, dándole un apretón cariñoso en el hombro.
—Hermanito, hazme el enorme favor de llevar a la Abu a la casa, por favor. A mí de verdad no me va a dar tiempo de regresar —le pidió a Luciano con tono suplicante.
—Claro que sí, lagartija, no te preocupes —respondió él, levantándose también para despedirla.
Sin embargo, justo cuando Camila se giró para caminar hacia la salida, Luciano la tomó suavemente del brazo, la atrajo hacia sí en un medio abrazo y, aprovechando la distracción de las señoras, le susurró al oído con una seriedad que le erizó la piel:
—Tenemos que hablar. Es urgente.
Camila se separó un par de centímetros, clavando sus ojos grandes y almendrados en los de él con una mirada profundamente interrogante. La alarma interna que había sentido desde el mensaje de texto se encendió a su máxima potencia. Luciano la miraba con una mezcla de súplica y angustia que no le gustó nada.
Apretando los dientes para no dejar que los nervios la traicionaran frente a su madre, Camila mantuvo la compostura, le dio una palmadita firme en el pecho y le respondió en el mismo tono bajo:
—Te llamo en la noche.
Se dio la vuelta y caminó a paso rápido hacia la salida del restaurante, sintiendo que los tacones repicaban contra el suelo al ritmo de sus latidos acelerados. Se subió a su Toyota, respiró hondo y encendió el motor. Tenía exactamente diez minutos para transformarse en la ingeniera brillante y enfocada que su equipo necesitaba, dejando la bomba familiar suspendida en el aire... al menos hasta que cayera la noche.




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