Los Colores del Girasol

Capítulo 6: Visitas inesperadas

Camila se arrastró escaleras arriba rumbo a su habitación, sintiendo el cuerpo pesado por el cansancio físico y mental.
—Una ducha con agua bien caliente seguro me va a relajar —pensó en voz alta, buscando un escape para la tensión que le había dejado la llamada de Luciano.
Y así fue. El vapor y el agua templada parecieron llevarse, al menos por un momento, la rabia y el shock. Salió del baño mucho más tranquila, se secó el cabello y se colocó su pijama de Snoopy, su favorita de toda la vida y la que usaba siempre que necesitaba un abrazo invisible. Con paso lento, bajó al comedor para cenar con su abuela.
Ambas se sentaron a la mesa envueltas en una calma muy particular; esa tranquilidad profunda y silenciosa que solo da la resignación. Mientras comían, Camila terminó de drenar contándole a su abuela cómo había sido su caótico pero ya exitoso día en la oficina. Doña Mildred la escuchaba con atención, asintiendo con orgullo. Sabía perfectamente lo mucho que trabajaba su nieta por salir adelante y el nivel de responsabilidad que cargaba sobre sus hombros, por eso siempre buscaba la manera de consentirla preparándole sus platos favoritos.
—¡Dios mío, Abu! Estas empanadas te quedaron del más allá —le dijo Camila con la boca hecha agua, saboreando el crujido perfecto de la masa—. De verdad, yo podría comer esto todos los santos días de mi vida... Gracias, viejita, eres un sol.
—Mijita, tengo que consentirte. Yo sé lo mucho que te gustan mis empanadas —exclamó Doña Mildred con los ojos llenos de amor maternal, acomodándole el plato.
Estaban tan distraídas, sumergidas en la complicidad de su conversación y en el disfrute de la cena, que ninguna de las dos se dio cuenta de los pasos que se aproximaban desde la entrada, hasta que una voz masculina interrumpió el ambiente.
—Buenas noches, mis hermosas damas.
Camila dio un brinco en la silla, con el corazón saltándole en el pecho de la impresión. Al levantar la mirada, se topó con los ojos de Oliver, quien la miraba con una sonrisa de autosuficiencia desde el marco de la puerta.
—¡Santo Dios, Oliver! ¿Tú no sabes lo que es tocar la puerta? —le soltó Camila, hablando con un fastidio evidente mientras se llevaba una mano al pecho—. Nos has dado el susto de la vida, de verdad.
—Así es, mijo. Ya yo no estoy para recibir estos sustos —continuó Doña Mildred, apoyando a su nieta con un gesto de reproche—. Son 77 años los que tengo encima, no juegues.
—¡Jajajajajaja! No me diga eso, abuela, si usted está como una quinceañera —respondió Oliver con su carisma habitual, restándole importancia al asunto mientras se acercaba a la mesa—. Pasa que tengo dos días tratando de comunicarme con su nieta, pero ella solo se dedica a ignorarme.
Camila entornó los ojos, dejando la empanada en el plato. La insistencia de Oliver la ponía a la defensiva de inmediato.
—Ay, por favor, no vengas tú ahora con tus cosas —le informó Camila con tono cortante—. Te recuerdo que yo trabajo, y lo menos que hago durante el día es estar pendiente del teléfono.
Por supuesto, la abuela Mildred no dudó un segundo en sacar las garras por su consentida.
—Mi muchacha trabaja demasiado, Oliver. No tiene tiempo para estar perdiéndolo en el celular —alegó la anciana con firmeza. Sin embargo, la hospitalidad pudo más y le señaló la bandeja—: ¿Quieres una empanada?
—No, abuela, muchas gracias, ya cené —rechazó él amablemente.
Camila aprovechó el momento para lanzar una estocada con una sonrisa burlona:
—¡Uhhhhhh, mejor! Así quedan más para mí... jajajajaja. Pero a todas estas, Oliver, ¿cuál es tu bendita urgencia? —preguntó, clavando sus ojos grandes y almendrados en él, buscando el motivo real de su aparición.
—Pero bueno, ¿qué pasa pues? ¿Acaso no puedo querer hablar con mi amiga? —dijo Oliver, cruzándose de brazos y fingiendo una indignación que no le salía del todo bien.
Camila solo soltó un largo suspiro de cansancio y respondió con desgano:
—Bueno, ya me viste. Estoy bien. Ya puedes estar tranquilo.
—Sí, sí, sí, ya lo sé... Relájate —murmuró Oliver, mirándola con fijeza.
A Camila le fastidiaba soberanamente tanta atención repentina. Mientras lo veía allí parado en la cocina, una oleada de recuerdos y emociones encontradas la sacudió por dentro. No podía negarlo, ni siquiera ante sí misma: ella había sentido cosas muy fuertes por Oliver desde que eran unos niños. Habían construido una relación hermosa, llena de códigos secretos y confidencias, pero que obviamente ante los ojos del mundo —y de él— solo era una amistad.
Más de una vez, años atrás, Camila lo había descubierto observándola detalladamente, con una fijeza y una ternura que a ella la hicieron ilusionarse demasiado, llegando a creer que tal vez su amor era correspondido. Pero el tiempo se había encargado de enfriar las fantasías. A medida que fueron pasando los años, Oliver se había encargado de dejar en claro sus prioridades, y toda esa ilusión del primer amor también había pasado... o al menos eso era lo que Camila se repetía a sí misma cada noche para no terminar de romperse.
Doña Mildred, notando cómo la tensión en la mesa comenzaba a espesarse, decidió intervenir antes de que la situación se saliera de las manos. Se apoyó con cuidado en el mesón y se preparó para irse a su cuarto.
—Bueno, mis hijos, ya está bien. Yo me voy a retirar que estoy cansada y siento que la cama me está llamando —dijo de forma jocosa, logrando sacarles una pequeña sonrisa—. Pero les voy a pedir un gran favor a los dos: no vayan a discutir. Recuerden que ustedes son amigos de toda la vida, se conocen desde chiquitos y se quieren mucho. Así que lleven la fiesta en paz.
—Tranquila, Abu, no lo haremos —respondieron los dos al unísono, cruzándose una mirada rápida.
—Está bien, viejita. Dios te bendiga —añadió Camila con cariño.
Oliver se acercó de inmediato a la anciana. Con la familiaridad de siempre, la abrazó con suavidad y le plantó un tierno beso en la frente.
—Descanse, abuela. Que pase buenas noches —le dijo con una sonrisa afectuosa.
En cuanto los pasos lentos de Doña Mildred se perdieron pasillo abajo y el silencio de la casa se volvió absoluto, el ambiente en el comedor cambió drásticamente. La tregua que le habían prometido a la abuela pareció desvanecerse en el aire. Camila se cruzó de brazos, acomodándose la pijama de Snoopy como si fuera un escudo, dispuesta a dar por terminada la noche.
Sin embargo, Oliver no se movió de su sitio. Se giró hacia ella, perdiendo por completo la sonrisa ligera de hace unos minutos. El rostro se le endureció, reflejando una frustración que venía conteniendo desde hacía días. Decidió confrontarla sin anestesia.
—¿Me vas a decir de una vez por todas qué es lo que te pasa conmigo, Camila? —le reclamó, dando un paso hacia la mesa—. Llevo días buscándote. Te llamo, te escribo, voy a tu oficina y pareces una pared. Me ignoras por completo, me desvías las llamadas en la tarde... ¿Cuál es el motivo? ¿Qué fue lo que hice ahora?
Camila, sintiendo que la paciencia se le escurría entre los dedos y que el cansancio de todo el caótico viernes le pasaba factura, volteó los ojos con fastidio, exhalando un suspiro cargado de molestia. No tenía la menor intención de volver a remover el pasado.
Mirándolo fijamente a los ojos, con una frialdad que buscaba mantenerlo a raya, solo alcanzó a decir:
—Por favor, Oliver... No comiences con lo mismo de siempre.
A Oliver no le gustó absolutamente nada que Camila le respondiera de esa manera tan evasiva. Sintió que la distancia de ella era un muro de concreto que él no lograba resquebrajar, y su orgullo se resintió.
—Según tú, ¿qué es "lo mismo"? —preguntó de forma tajante, plantándose frente a ella y clavándole una mirada cargada de frustración—. Lo único que quiero saber es ¿por qué demonios me estás evitando?
Camila dejó salir el aire con pesadez, sintiendo el peso muerto del cansancio de la semana sobre sus hombros. No iba a ceder a su juego.
—No tengo humor para esta conversación —respondió con una calma gélida—. No pienso discutir contigo, Oliver. Confórmate con saber que he estado sumamente ocupada en la oficina. Además... —hizo una pausa, soltando un suspiro tembloroso mientras ponía una sonrisa forzada y llena de ironía—, Luciano se va a casar... ¡Ah, y voy a ser tía, yeiiii!
Ante la inesperada bomba, Oliver se quedó completamente asombrado. La hostilidad se le evaporó del rostro en un segundo, desarmado por el torbellino de implicaciones que esa noticia traía para la familia de Camila.
—Lo siento... No sabía —alcanzó a decir en un murmullo, conmovido por la mezcla de emociones que veía en los ojos de ella.
Dando un paso al frente, Oliver estiró los brazos e intentó rodearla en un abrazo protector, buscando ser el refugio de siempre. Pero Camila, con un movimiento rápido y calculado, dio un paso atrás y se alejó de su contacto. Sabía muy bien que tanta cercanía con él nunca terminaba en nada bueno, y francamente, no tenía la menor intención de volver a repetir lo que había sucedido hacía diez años. No iba a permitir que la historia se repitiera.
Soltó un bufido para disimular el latido acelerado de su corazón y agregó con brusquedad:
—Bueno, ya lo sabes. Como también sabes perfectamente que no me gusta hablar sobre mis problemas con nadie.
—Lo sé —respondió él, suavizando la voz a un tono profundamente comprensivo que a Camila siempre le había costado resistir—. Pero sabes que te quiero, Cami. Sabes que no me molesta en lo absoluto escucharte, ni mucho menos ayudarte.
Con una lentitud casi tímida, Oliver estiró la mano y tomó cuidadosamente los dedos de Camila sobre la mesa. El contacto físico fue como una descarga eléctrica para ella. Automáticamente, con un gesto seco, Camila soltó su mano de la de él, cortando la conexión de inmediato.
Oliver la miró fijamente. Una sonrisa triste, cargada de una dolorosa resignación, se dibujó en sus labios.
—Déjame ayudarte, por favor. No mires siempre hacia otro lado, no me rechaces... —comentó con un hilo de voz—. Para eso están los amigos, ¿no?
Esas últimas palabras cayeron como sal en la herida de Camila. Amigos. La eterna etiqueta con la que él se protegía cuando le convenía.
—Gracias, pero estoy bien, de verdad no te preocupes por mí —le respondió Camila, forzando una sonrisa amable pero categórica que marcaba el final de la noche—. Creo que ya debes irte, Oliver. La verdad es que estoy muy cansada y mañana tengo que madrugar para ir al apartamento de Luciano.
Oliver la estudió por unos segundos en silencio, dándose cuenta de que ya no había espacio para él esa noche en esa casa.
—Está bien, Cami —suspiró, derrotado. Caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se giró una última vez—: Solo recuerda que siempre cuentas conmigo. Para lo que sea.
Se dio media vuelta y se fue, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Camila cerró la puerta con llave, apagó las luces de la planta baja y subió las escaleras en absoluto silencio. Entró a su habitación, se metió entre las sábanas frescas y se quedó mirando el techo en la penumbra. Sin embargo, el sueño no llegó. Mientras se disponía a dormir, el silencio de la madrugada se volvió su peor enemigo, y su mente, traicionera, no pudo evitar viajar en el tiempo y recordar detalladamente aquella noche de hacía diez años..




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