Los Colores del Girasol

Capitulo 7 Recordando

El silencio de la noche se volvió el escenario perfecto para que los recuerdos, densos y cargados de nostalgia, reclamaran su espacio. Camila se acomodó entre las sábanas, pero cerrar los ojos fue abrir la compuerta de una época que había marcado un antes y un después en su existencia. Su mente viajó diez años atrás, directo a los días en que descubrió lo frágil que puede ser la vida.
Recordó con total nitidez aquella vez en la que se sumergió en una profunda y asfixiante tristeza. Faltaban apenas dos semanas para su cumpleaños cuando el mundo se tambaleó: Alejandra, su mejor amiga, la hermana que la vida le había regalado, comenzó a sentirse mal. La mamá de Aleja estaba sumamente preocupada porque la joven cargaba con una fiebre constante que, a pesar de los antibióticos y remedios, no se le quitaba con nada. Vivía en un estado de fatiga permanente y comenzó a perder peso de forma alarmante y sin razón aparente. Tras realizarle una gran cantidad de exámenes y una angustiante espera, el diagnóstico médico cayó como una maza: Linfoma No Hodgkin difuso de células B grandes. El doctor les explicó que, aunque era un tipo de cáncer agresivo, solía responder muy bien al tratamiento, pero el impacto inicial fue devastador.
Camila no pudo evitar sentirse completamente abrumada con la noticia. Aleja y ella habían compartido cuadernos, secretos, metas y risas; eran uña y carne. Obviamente, jamás la dejaría sola en un momento tan oscuro. En ese entonces, Alejandra, Oliver y ella formaban un trío inseparable; andaban juntos para todas partes, desafiando incluso la pequeña diferencia de edad, ya que Oliver era un par de años mayor que ellas.
A través de la penumbra de su habitación actual, Camila revivió el dolor de ver a su amiga desvanecerse poco a poco. Recordó cómo Aleja fue perdiendo su largo cabello y cómo, con el paso de los meses, hasta la actividad más sencilla y cotidiana le costaba un esfuerzo sobrehumano. Las quimioterapias eran implacables y la fueron desgastando físicamente, pero el espíritu del grupo se mantuvo firme. Ni Oliver ni ella se apartaron de su lado. Camila recordaba con especial afecto aquellos fines de semana en los que se mudaba a casa de su amiga para ayudar a la Sra. Paula con los cuidados, permitiéndole a la abnegada madre descansar aunque fuera unas horas. Fue un año sumamente difícil, una batalla campal contra el tiempo y la enfermedad.
Mirando la oscuridad del techo, Camila sintió que el pecho se le apretaba. No podía evitar evocar esos días sin que un dolor agudo la atravesara. El desenlace había sido el peor, y a diez años de distancia, aún lloraba la partida de su querida Aleja. La extrañaba con el alma, especialmente en momentos como este, donde las crisis familiares la superaban y no sabía qué hacer. Alejandra había sido su cable a tierra, la única que sabía leerla sin que Camila pronunciara una palabra.
«Mi querida Aleja, no sabes cómo me gustaría tenerte aquí conmigo hoy», pensó, mientras las lágrimas, inevitables y calientes, brotaban de sus ojos y rodaban por sus mejillas. «Qué difícil ha sido todo sin ti... Desde que te fuiste, la vida jamás me volvió a sonar igual».
Con el recuerdo de la pérdida, llegó también el recuerdo de la noche en que todo cambió con Oliver. Rememoró el peso de esos días oscuros en los que, rota por el dolor, pensó que ahogar la tristeza en el alcohol era una buena idea. Oliver, compartiendo su misma pena, había sido su pilar. Esa noche se robaron una botella de whisky del bar del papá de él y subieron al techo de la casa a ver las estrellas. Oliver se convirtió en su apoyo absoluto en ese periodo de duelo, siempre pendiente de ella, consolándola, sosteniéndole la mano cuando el llanto la ahogaba.
Y en el techo, entre la vulnerabilidad, el alcohol y la complicidad del dolor, una cosa llevó a la otra. Los consuelos se transformaron en miradas distintas, las miradas en roces y, en algún punto de la madrugada, se besaron. Fue un beso urgente, cargado de todo lo que se habían guardado por años. Terminaron en la cama de la habitación de el. Aún hoy, diez años después, su cuerpo recordaba a la perfección lo bien que se sintieron los besos de Oliver, la calidez de su piel y la forma tan malditamente delicada en la que la acariciaba.
—Dios... esto es algo que tengo que sacar de mi sistema de una vez por todas. No puedo seguir pensando en lo que pasó esa noche —se reprendió a sí misma en un susurro, tapándose la cara con las manos.
Intentó obligarse a relajar los músculos y respirar, pero su mente, rebelde, volvía una y otra vez a ese fotograma exacto del pasado: el instante en el que, a solas en la penumbra de su cuarto, se entregaba a él por primera vez, borrando las etiquetas de la amistad.
Lo que empezó como un refugio tras la tragedia se convirtió en un idilio secreto que duró dos meses completos. Dos meses mágicos e intensos donde no se cansaban de explorarse el uno al otro, donde Oliver la hacía sentir la mujer más única y valiosa del planeta. En ese breve oasis temporal, Camila se entregó por completo, convencida con toda la fuerza de su juventud de que Oliver era, sin duda alguna, el amor de su vida. El destino, sin embargo, se había encargado de demostrarle lo contrario más adelante, dejándole una herida que aún hoy la hacía retroceder ante sus abrazos.
Y así, mecida por el eco de los besos del pasado, el dolor de la ausencia de Alejandra y el peso de lo que pudo ser, el cansancio finalmente la venció. Recordando... Camila se quedó profundamente dormida, lista para enfrentar el complejo sábado que le esperaba.




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