El sábado por la mañana amaneció con un cielo claro sobre la Ciudad, pero Camila se levantó con la nostalgia a flor de piel. El viaje mental de la madrugada la había dejado sensible, con las emociones revoloteando muy cerca de la superficie. Al mirar el sol entrar por la ventana, sintió un impulso irrefrenable en el pecho; pensó que, antes de ir a encerrarse a discutir con Luciano, hoy era un buen día para visitar a su querida Aleja. Necesitaba ese espacio.
Sin perder tiempo, se dio una ducha rápida para despabilar el cuerpo. Al salir, buscó en el clóset algo cómodo pero que sintonizara con su estado de ánimo: escogió un jean azul, una franela negra con cuello en V y, por supuesto, sus fieles Converse negras. Se recogió el cabello, se retocó un poco de lipgloss en los labios para no verse tan pálida y bajó las escaleras hacia el comedor.
Al ver a su abuela en la cocina, Camila sintió que el estómago se le cerraba.
—Bendición, abuela. Ya me voy —comentó con un leve suspiro, acercándose para rodearla con sus brazos—. No tengo mucha hambre ahorita, viejita, pero me voy a tomar una taza de café rápido para terminar de despertar. ¿Me guardas algo rico para más tarde?
—Dios te bendiga, hijita. Claro que sí, tranquila —respondió Doña Mildred, devolviéndole el abrazo con esa calidez que siempre le devolvía el alma al cuerpo—. Te espero para almorzar.
—Está bien, Abu —respondió Camila, terminándose el café de un trago y tomando las llaves de su carro.
Antes de enfilar hacia el cementerio, Camila hizo una parada obligatoria en una floristería local. Compró un hermoso ramo de girasoles, de un amarillo vibrante y lleno de vida; la flor favorita de Aleja de toda la vida. Al llegar al camposanto, el silencio del lugar la envolvió. Caminó a paso lento entre los pasillos hasta que se detuvo frente a la tumba de su amiga. Se sentó con cuidado sobre el mármol frío y colocó el ramo con suma delicadeza.
—Hola, mi Alejita bonita —susurró, acariciando la piedra grabada—. Te compré girasoles, tus favoritos... ¿Sabes? Te he extrañado un mundo entero estos días. Me siento tan sola sin ti... —pensó en voz alta, mientras la primera lágrima traicionera se le escapaba, limpiándosela rápidamente con el reverso de la mano.
Se quedó mirando el amarillo encendido de las flores, sintiendo el peso de los diez años de ausencia.
—Quisiera no llorar... Quisiera no extrañarte tanto, Ale —suspiró con el corazón encogido—, pero siento que con tu partida se fue una parte muy grande de mí. Yo... de verdad yo no sé qué hacer ahora. Hay tantas cosas que me recuerdan a ti... Pero a pesar del dolor, me quedo con la paz y la satisfacción de saber que cumplí mi promesa, que hice absolutamente todo lo que estuvo en mis manos para que, mientras estuviste aquí, jamás me vieras llorar.
—Las cosas han cambiado mucho, Ale... Oliver y yo poco hablamos —confesó con una profunda oleada de nostalgia, bajando la mirada hacia sus Converse—. Pero bueno, es algo que ya tú sabes perfectamente desde allá arriba. Él sigue siendo el mismo terco de siempre, queriendo arreglar el mundo, y yo... yo solo intento protegerme para no volver a romperme.
Camila se acomodó sobre el césped y se quedó allí, cobijada por la sombra de un árbol cercano. Estuvo una hora sentada en la grama, contándole cosas a su amiga a corazón abierto. Le habló de la presión de la empresa, de los nuevos proyectos y, sobre todo, del torbellino que se le venía encima a la familia. Cualquiera que la viera desde lejos diría que estaba loca, hablando sola frente a una piedra, pero a ella no le importaba en lo más mínimo. Ese rincón era su único santuario, el único lugar en toda la ciudad donde la Licenciada Camila Mendoza podía quitarse la armadura de mujer fuerte y ser simplemente ella.
Cuando el sol del mediodía comenzó a calentar con fuerza, Camila supo que el tiempo de la tregua se había terminado. Se puso en pie, sacudió el jean azul de los restos de tierra y hojas secas, y acarició la superficie del mármol una última vez.
Se despidió con todo el amor del mundo de Aleja, prometiendo volver pronto, y caminó con paso firme de regreso al Toyota. El momento de la verdad había llegado; ya no podía aplazarlo más. Tenía que pasar de inmediato por el apartamento de Luciano.
Mientras encendía el motor y salía del cementerio, el rostro de su hermano menor se le vino a la mente. El enojo de la noche anterior había mutado en una honda preocupación. Agarró el volante con fuerza, suspiró con pesadez mirando el asfalto y se preguntó a sí misma en voz alta:
—¿Qué voy a hacer contigo, hermano?
Luciano la estaba esperando en el apartamento. El ambiente en la sala se sentía pesado, cargado de una expectativa incómoda. Él caminaba de un lado a otro, visiblemente nervioso; sabía perfectamente que Amalia no era santo de la devoción de su hermana, que había un historial de roces invisibles entre ellas, pero en su mente la ecuación era simple: quisieran o no, ahora que venía un bebé en camino, tendrían que aceptarla como parte de la familia.
Tan pronto como Camila cruzó el umbral, la tensión se hizo palpable. No hubo rodeos. Se sentaron en la sala y Luciano comenzó a explicarle la situación, justificando los tiempos, el apuro y la decisión del matrimonio. Camila lo escuchó en absoluto silencio, con las manos cruzadas sobre las rodillas, manteniendo una compostura gélida que contrastaba con el torbellino de rabia que el recuerdo de Octavio le provocaba.
Cuando él terminó de hablar, buscando una aprobación que sabía que no iba a llegar, Camila respiró hondo. Con cierto pesar en los ojos, pero con una firmeza inquebrantable, solo alcanzó a decir:
—No voy a perder mi tiempo dando mi opinión en relación a tu novia, Luciano. Creo que es algo que tú ya sabes de sobra. Solo te puedo aconsejar que pienses muy bien las cosas antes de firmar cualquier papel.
A Luciano le cayó el comentario como una patada en el estómago. Se enderezó en el sofá, frunciendo el ceño.
—No te preocupes por mí, Camila... Yo no soy un niño —dijo con una molestia evidente en la voz, poniéndose a la defensiva.
Camila lo miró de arriba abajo, sin inmutarse por su tono.
—Pues no parece, hermano. De haber sido así, te habrías cuidado —soltó ella con la franqueza directa que la caracterizaba—. Pero bueno, como te dije anoche, esto ya es tu problema. Tú eres el que va a vivir esa vida, no yo. Yo te apoyaré en lo que pueda por el bebé, pero hasta ahí.
A Luciano no le gustó absolutamente nada esa respuesta tan distante. En su mente, Amalia era el amor de su vida, la mujer con la que quería construir un hogar, y se prometió a sí mismo que no permitiría que nadie, ni siquiera su adorada hermana, la hiciera sentir mal o la menospreciara.
Intentando disipar el mal sabor de boca, conversaron un rato más sobre los detalles logísticos. Luciano le contó que estaban agilizando todos los preparativos de la boda civil y eclesiástica debido al avance del embarazo. También le comentó, con una sonrisa que buscaba aliviar la mesa, que ya sus padres estaban al tanto de todo y que, según él, estaban felices porque finalmente serían abuelos. Camila prefirió morderse la lengua; conocía demasiado bien a la Sra. Fernanda como para saber que esa supuesta "felicidad" venía con una buena dosis de drama oculto.
Miró la pantalla de su teléfono y se dio cuenta de que el tiempo se había agotado. Se puso en pie, alisando su jean con las manos.
—Te quiero mucho, enano —le recordó Camila, acercándose para darle un abrazo corto pero sincero, queriendo dejarle claro que, a pesar de Amalia, él seguía siendo su hermano—. Me tengo que ir ya. No me había fijado en la hora y quedé en almorzar con la abuela Mildred. No quiero dejarla esperando.
—Vete tranquila, lagartija. Salúdame a la Abu —respondió Luciano, despidiéndola en la puerta con una mezcla de alivio y frustración flotando en el pecho.
Camila bajó las escaleras del edificio con el corazón un poco más ligero. Había cumplido con ir, había puesto sus límites claros y, lo más importante, no había dejado que el veneno de Amalia la hiciera romper la promesa de paz que le había hecho a su abuela. Ahora, lo único que quería era llegar a casa, quitarse las Converse y refugiarse en el almuerzo de la vieja Mildred.
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Editado: 25.06.2026