Los Colores del Girasol

Capítulo 9: Encuentros en el pasillo cuatro

Camila salió del apartamento de su hermano algo apurada. El reloj avanzaba rápido, pero antes de encerrarse en la casa a almorzar, tenía una misión pendiente: ir a comprar los víveres para el hogar. Doña Mildred le había entregado una lista detallada con las cosas que se necesitaban para la quincena. A decir verdad, a Camila siempre le había gustado ir a comprar al supermercado; lejos de parecerle una tortura o una obligación aburrida, encontraba aquel ritual sumamente relajante. El desfile de carritos, el orden de los anaqueles y la monotonía de escoger los productos la ayudaban a poner su mente en blanco.

O al menos eso intentaba. Mientras caminaba lentamente por los pasillos buscando cuidadosamente las cosas de la lista —el café para la abuela, los vegetales frescos, los granos—, se dio cuenta de que esta vez el truco no estaba funcionando. Tenía demasiadas cosas dándole vueltas en la cabeza: el fantasma de Alejandra, la sombra de su historia pasada con Oliver y, por supuesto, la bomba de Luciano con el embarazo de Amalia.

Iba tan sumergida en su propio universo que no midió bien el espacio al doblar en la esquina del pasillo de los enlatados. Su carrito chocó levemente con el de otra persona.

—¡Lo siento mucho! —dijo de inmediato, apenada por la distracción, mientras retrocedía un paso.

Sin embargo, al levantar el rostro para disculparse formalmente, las palabras se le atoraron en la garganta. La sangre se le congeló por un segundo al darse cuenta de que la persona con la que acababa de tropezar era Oliver. El mundo era un pañuelo, y aunque claramente toda la gente en iba al supermercado, Camila no esperaba encontrárselo a él, y mucho menos allí... porque no venía solo. Venía acompañado de su novia.

Oliver, al verla, no tardó ni un segundo en regalarle su mejor sonrisa, esa que Camila conocía de memoria y que tantas cosas le revolvía por dentro.

—¡Cami! Qué pequeño es el mundo... Justo estaba pensando en llamarte —soltó él con total naturalidad, como si la noche anterior no hubiese terminado en un tenso rechazo en la cocina de Doña Mildred.

—¿A mí? —preguntó Camila, arqueando una ceja, visiblemente sorprendida—. ¿Y eso como para qué?

Oliver pareció ignorar el tono cortante de su amiga, dio un paso al lado y se giró hacia la mujer que lo acompañaba, tomándola suavemente por la cintura.

—Primero que nada, te presento a Tatiana, mi novia, mi amor, ella es Camila, mi amiga de toda la vida.

Camila tragó grueso, obligándose a mantener la compostura de mujer fria que tan bien sabía fingir. Extendió la mano con cortesía y dibujó una sonrisa educada en sus labios.

—Un gusto, Tatiana. Soy Camila.

—El gusto es mío —respondió la otra mujer.

Su voz sonó mansa pero firme, mientras sus ojos color miel se clavaban en Camila, recorriéndola de arriba abajo en un escaneo rápido y analítico que a la protagonista no le pasó inadvertido.

Tatiana era una mujer de una belleza singular y magnética. Delgada, de tez morena y con un corte Pixie impecable que le quedaba espectacular, resaltando la delicadeza de sus facciones finas y la expresividad de su mirada. No llevaba mucho maquillaje, pero emanaba una seguridad elegante, el tipo de presencia que no necesitaba gritar para hacerse notar. A pesar del Jean y la franela negra con las Converse que llevaba Camila, el escrutinio de Carolina se sintió como un sutil marcaje de territorio. La intuición femenina de la novia estaba despierta, y el nombre de "Camila" seguro no era nuevo en sus oídos.

Oliver se aclaró la garganta, intentando romper el hielo que se había formado entre las tres miradas.

—Pues sí, Cami... Quería llamarte porque Tati y yo estábamos organizando una cena en el apartamento. Quería invitarte para que la conozcas formalmente y compartamos un momento agradable, nos tomemos un buen vino y conversemos un rato —explicó él, buscando aprobación en los ojos de su amiga— así también conoces mi apartamento.

En el fondo de su alma, Oliver sabía perfectamente que aquello no era la mejor idea del mundo. Pero el desespero lo estaba ganando; llevaba días intentando conectar con ella, descifrar el muro de hielo que le había puesto, y la frustración de ser ignorado sin entender el motivo real lo estaba llevando a tomar decisiones impulsivas. Quería obligarla a estar en su espacio, aunque fuera con su novia presente.

Camila, por su parte, sentía que la incomodidad le trepaba por el cuello. No le pasó inadvertido cómo Tatiana se mantenía pegada al brazo de Oliver, entrelazando sus dedos con suavidad pero con firmeza, marcando territorio de una forma sutil pero implacable. Para la novia, Camila representaba una amenaza silenciosa, el peligro latente de "la amiga de la infancia".

«Ay, por favor... Este está completamente loco si cree que voy a ir a cenar con ellos. Ni loca me presto para ese teatro», pensó Camila para sus adentros, sintiendo una punzada de fastidio. No le había gustado es fulana novia, ni su escaneo, ni su actitud defensiva, sin embargo, si algo sabía hacer bien la ingeniera era aparentar. Mantuvo la sonrisa educada intacta.

—Ay, de verdad qué buena idea, Oliver, muchísimas gracias por la invitación —respondió Camila con una voz perfectamente modulada—. Pero me va a ser imposible acompañarlos. Precisamente hoy tengo un compromiso muy importante y no puedo faltar por nada del mundo.

A Oliver se le borró la sonrisa en un microsegundo. Trató de disimular el profundo disgusto que le causó la negativa, pero el cambio en sus ojos color miel lo delató. El ego y la posesividad que siempre había tenido con Camila afloraron de inmediato, y no pudo evitar lanzar una serie de preguntas rápidas, casi inquisitivas. Para él, de pronto, se había vuelto un asunto de vida o muerte saber con quién saldría ella esa noche, quién era el responsable de que lo rechazara.

Camila, lejos de dejarse intimidar por el tono interrogatorio de su amigo, se acomodó la cartera en el hombro, sostuvo la mirada de Oliver con total seguridad y disparó con total soltura:




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