Los Colores del Girasol

Capítulo 10: Sospechas y Culpa

​El silencio dentro del carro de Oliver se sentía denso, casi asfixiante, a pesar del aire acondicionado. El encuentro en el pasillo cuatro del supermercado había dejado una estela de tensión que ninguno de los dos ocupantes del vehículo podía ignorar.
​Tatiana miraba por la ventana, pero su mente no estaba en el paisaje caribeño de la ciudad, tenía una profunda curiosidad por conocer a Camila; después de todo, llevaba ya un año de relación formal con Oliver y, por algún motivo que ahora empezaba a aclararse en su mente, él jamás se la había presentado. Siempre era "mi amiga de Cami", una sombra del pasado. Al verla en persona, Tatiana tuvo que admitir, muy a su pesar, que Camila era una mujer sumamente atractiva. Tenía un cabello espectacular que le caía con gracia, unas facciones finas y un buen cuerpo... aunque, obviamente, en la mente de Tatiana, siempre los había mejores.
​Sin embargo, no podía quitarse esa persistente sensación de amenaza en el pecho. El lenguaje corporal no mentía: la forma en que Oliver se tensó, la chispa en los ojos de Camila y ese repentino juego del "misterio". Algo muy dentro de su intuición femenina le gritaba que allí había mucho más de lo que Oliver quería admitir. Tatiana se acomodó en el asiento, asimilando que tendría que andar con mucho cuidado y con los ojos bien abiertos si quería que su relación siguiera en pie.
​Por otro lado, Oliver manejaba mecánicamente, con la mirada fija en el asfalto pero los pensamientos a mil kilómetros de distancia. Estaba completamente pensativo, carcomido por una ráfaga de preguntas que le golpeaban el orgullo. «¿Con quién demonios saldrá Camila hoy? ¿Quién es ese hombre que según ella tanto le gusta? ¿Cuánto tiempo tendrán saliendo en secreto?». Sintió un nudo de celos posesivos apretándole el estómago. «Dios mío, si sigo pensando en esto me voy a volver loco», se repitió mentalmente, apretando el volante con más fuerza de la necesaria.
​Sintiendo la distancia de su novio, Tatiana se inclinó hacia él y le dio un beso corto pero firme en la mejilla. Oliver volteó sorprendido, parpadeando para salir de su trance, y le dedicó una sonrisa ensayada.
​—¿Y eso, mi amor? —preguntó, intentando sonar curioso y relajado.
​—¿Acaso no puedo besar a mi novio? —respondió ella con tono coqueto, aunque sus ojos miel lo estudiaban con precisión—. Es que... no me había idos dicho lo linda que es Camila. En mi mente me la había imaginado de otra forma, la verdad —soltó cautelosamente, midiendo su reacción.
​Oliver tragó grueso, manteniendo la vista al frente.
​—Amor, no sé a qué te refieres con eso. Ella es una chica normal, una amiga de siempre —afirmó él, queriendo restarle importancia al asunto.
​—Pues es una lástima que no pueda reunirse con nosotros a cenar hoy —continuó Tatiana, clavando la estocada con una sonrisa forzada—. Para la próxima vez le extendemos la invitación también a su novio, ¿te parece?
​Al escuchar la palabra "novio", Oliver no pudo evitar sentir una profunda incomodidad que le revolvió el estómago. De repente, la presencia de Tatiana le abrumó y sintió una necesidad imperiosa de estar solo. Siguió manejando en absoluto silencio, asintiendo apenas con la cabeza mientras escuchaba atentamente a Tatiana quejarse del tráfico pesado del mediodía.
​Minutos después, se detuvo frente a la casa de ella. Oliver apagó el motor por un momento y se giró a verla.
​—Paso a buscarte a las ocho para ir a cenar, ¿sí?
​Tatiana volteó los ojos con un fastidio evidente e inmediatamente reclamó:
​—Mi amor, yo pensé que pasaríamos la tarde juntos e iríamos a tu apartamento.
​—No, Tati, sabes que no puedo —respondió él, estirando el brazo para atraerla hacia sí en un abrazo—. Quedé en reunirme con mis padres para almorzar.
​—Pero pensé que me llevarías, amor... —insistió ella, haciendo un puchero infantil que buscaba ablandarlo.
​A Oliver le causó gracia su expresión y soltó una pequeña carcajada, la primera genuina de la tarde.
​—Jajajajaja, no, Tati, ya lo habíamos hablado antes. Los domingos es el día que le dedico exclusivamente a ellos —le dio un beso tierno en los labios para zanjar la discusión—. Te busco a las ocho de la noche, ¿vale?
​Ella le devolvió el beso, resignada, y con una sonrisa más recuperada dijo:
​—Está bien. Ten buen provecho.
​Tatiana bajó del carro y, en cuanto la puerta de su casa se cerró, Oliver arrancó a toda velocidad. Se dirigió hacia el restaurante donde, sin falta, todos los domingos se reunía con su familia.
​Pero el trayecto en solitario fue su perdición. Sin la distracción de Tatiana, el recuerdo de Camila lo inundó por completo. De repente, su mente viajó diez años al pasado, directo a aquella noche en el techo... Aún hoy no sabía con certeza qué había pasado ni cómo fue que de un momento a otro, la amistad se transformó en una hoguera. Recordó con una nitidez dolorosa cómo había disfrutado los besos de Camila, la urgencia de sus manos y la delicia de sus caricias. Su piel era tan malditamente suave...
​«Me pregunto si seguirá siendo así... si todavía tendrá esa misma suavidad», pensó, y un escalofrío le recorrió el cuerpo.
​Inmediatamente, Oliver golpeó el volante con la palma de la mano, furioso consigo mismo.
​—Dios, ¿qué carajo estoy haciendo? No puedo seguir recordando esto. Me prometí a mí mismo dejar eso en el pasado y enterrarlo de una vez por todas.
​Sin embargo, Oliver sabía que era una promesa vacía. Olvidarla era inevitablemente imposible porque esa necesidad, ese fuego latente por ella, jamás se había ido de su sistema. Y lo peor de todo era el peso de la conciencia. Toda esta situación de distancia, frialdad y paredes de hielo era absoluta culpa de él. Había sido un maldito cobarde. La había dejado sola en el peor momento de su vida; jamás imaginó que aquellas noches apasionadas de consuelo y juventud tendrían consecuencias tan graves.
​Ahora, mirando el retrovisor, sabía que no le alcanzaría la vida entera para arrepentirse de lo que había obligado a hacer a Camila en el pasado. Lo único que había intentado hacer durante todos estos años al regresar a su vida era resarcir su gran error, sanar la herida que él mismo provocó... pero el brillo herido en los ojos de Camila en el supermercado se lo recordaba siempre: ella no lo perdonaría jamás. Y él, muy en el fondo, sabía que no lo merecía.




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