Los Colores del Girasol

​Capítulo 11: Fragancia a caramelo y verdades a medias

​Camila no pudo dormir en toda la noche. Por más que se acomodó entre las sábanas y abrazó la almohada, su mente se convirtió en un bucle repetitivo donde la figura de Oliver Riera y la mirada analítica de Tatiana no la dejaban en paz. Sabía perfectamente que a Oliver no le había gustado para nada la idea de que ella tuviera una cita, su reacción en el supermercado lo había delatado por completo. «Si tan solo supiera que esa dichosa cita jamás ocurrió...», pensó con una pizca de ironía antes de que la luz del amanecer empezara a colarse por la ventana.

​De repente, el estridente sonido de la alarma rompió el silencio de la habitación. Sin pensarlo dos veces, Camila se levantó y fue directo al baño. Dejó que el agua fría le cayera en el cuerpo para activarse y espantar el cansancio de la mala noche. Al salir, inició su ritual: se aplicó con delicadeza su crema hidratante favorita con olor a vainilla y luego remató con un toque generoso de splash.

​—Ahora huelo a caramelo —dijo en voz alta, sonriendo frente al espejo mientras el dulce aroma inundaba el espacio—. Definitivamente hoy será un buen día, lo siento en el aire.

​Fue a su armario dispuesta a proyectar esa misma seguridad en su ropa. Optó por un blazer de color marrón caramelo que abrazaba su silueta a la perfección, contrastando de manera hermosa con la caída fluida de una blusa blanca de seda, sutilmente desabotonada en el cuello. Rompiendo con la formalidad del saco, vistió unos jeans ajustados de un azul claro que le daban un aire moderno y fresco. Completó el conjunto con unos stilettos color nude de tacón aguja, que estilizaban sus piernas y hacían resonar cada uno de sus pasos con absoluta firmeza. Dejó su largo cabello suelto, cayendo en ondas naturales, y se decidió por un maquillaje muy sutil; a ella nunca le había gustado el exceso. Al ver su imagen reflejada en el espejo, quedó completamente satisfecha. Se veía imponente.

​Bajó las escaleras haciendo sonar los tacones con ritmo y fue directo a la cocina a desayunar con Doña Mildred. Como siempre, tomó una taza de café bien cargado y completó el desayuno con unas tostadas bien resueltas. Tras una breve conversación y un beso de despedida de su abuela, subió al Toyota y se fue a su trabajo.

​El día en el almacén pasó volando. Entre reuniones de operaciones, conteos de inventario y la marea interminable de correos electrónicos, Camila apenas tuvo tiempo de respirar. Sin embargo, en medio de tantas ocupaciones, el teléfono vibró sobre el escritorio. Al encender la pantalla, el nombre en la notificación le aceleró el pulso por un segundo: era un mensaje de Oliver.

Oliver: ¿Cómo estás?

​Camila leyó el texto, se recostó en su silla ejecutiva y, midiendo sus palabras con total calma, respondió:

Camila: Por acá todo bien, algo ocupada.

​La respuesta de él no tardó ni un minuto en llegar, demostrando que había estado esperando el momento para escribirle.

Oliver: ¿Eso quiere decir que no te puedo escribir?

​Camila soltó un leve suspiro, cansada de los rodeos y los juegos mentales de Oliver. Tecleó de forma directa y sin filtros:

Camila: Quiere decir que estoy ocupada, lo demás lo has pensado tú.

​Hubo una breve pausa en el chat. Oliver debió quedarse recalculando al otro lado de la pantalla, pero la duda que lo había carcomido desde el sábado en el supermercado finalmente pudo más que su orgullo. Necesitaba saberlo.

Oliver: ¿Cómo te fue en tu cena?

​Una sonrisa pícara y de absoluta victoria se dibujó en los labios de Camila. Ajustó los dedos sobre el teclado y disparó la mentira con una naturalidad pasmosa:

Camila: Muy bien. Honestamente tenía tiempo que no me divertía tanto.

​En el fondo de su corazón, Camila sabía que estaba mal mentir y que alimentar un romance falso no era lo más maduro, pero se convenció a sí misma de que era lo mejor. Necesitaba que Oliver pensara que ella estaba saliendo con alguien, que estaba rehaciendo su vida bien lejos de él, para que por fin respetara sus límites y la dejara en paz.

​La respuesta de Oliver llegó cargada de una pesada ironía y ese tono posesivo que a Camila tanto le molestaba, pero que ahora lograba saborear como un triunfo.

Oliver: Me debes una, Camila.

​Ella no pudo evitar soltar una risotada limpia en medio de la oficina. Divertida por el desespero mal disimulado de su amigo de la infancia, escribió su último mensaje del día antes de bloquear el teléfono:

Camila: Y las que faltan... Hablamos luego

Se despidió de el y siguió en sus ocupaciones, al terminar la jornada laboral, Camila guardó sus cosas, apagó la computadora de la oficina y se subió al carro. El trayecto de regreso a su casa lo hizo con una extraña sensación de ligereza; el duelo de mensajes con Oliver la había dejado de muy buen humor. Sin embargo, al cruzar el umbral de la casa de su abuela, la atmósfera cambió por completo al encontrarse con una visita inesperada: Luciano estaba sentado en el mueble de la sala.

​Su hermano menor había ido a ponerlas al día con los preparativos del matrimonio civil. Mientras se acomodaba el blazer caramelo, Camila lo escuchó atentamente. Luciano explicó que, después de mucho estira y encoge, la celebración sería algo sencillo y estrictamente familiar. Él lo había decidido así, plantándose firme a pesar de que Amalia quería una boda estrambótica, ruidosa y llena de lujos innecesarios. Si bien Luciano no pensaba escatimar en gastos para que todo saliera perfecto, optó por la calidez de lo íntimo; después de todo, él nunca había sido un hombre de muchos amigos. Así, terminaron acordando hacer la recepción en su restaurante favorito de la zona, estimando que entre familiares directos y los allegados más cercanos sumarían alrededor de cincuenta personas.




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