Esa semana pasó rápido, diluyéndose entre el repique constante de los teléfonos, el papeleo de la oficina y la marea creciente de los preparativos de la boda de Luciano. Camila se sumergió por completo en la rutina de la oficinap, usando el trabajo como un escudo para mantener la mente ocupada. Sin embargo, no había escudo lo suficientemente fuerte como para frenar las constantes visitas de Oliver, quien de un tiempo a estas fechas parecía haber perdido el sentido de la distancia. No paraba de llamarla a cualquier hora y buscarla con cualquier excusa barata, apareciéndose en los lugares que ella frecuentaba con una insistencia que ya rozaba la desesperación.
Oliver estaba jugando con fuego, y las chispas ya habían empezado a quemar su propia casa. Esta obsesión mal disimulada por controlar los pasos de Camila y descubrir la identidad de su supuesto pretendiente había ocasionado serios problemas entre él y Tatiana.
Su novia lo notaba cada día más distraído, con la mirada perdida en las pantallas o fija en la nada durante el almuerzo. Tatiana, que no tenía un pelo de tonta y recordaba perfectamente la tensión del supermercado, a menudo lo buscaba; intentaba propiciar momentos a solas en su apartamento, iniciar conversaciones animadas o arrancarle una muestra de afecto genuina. Pero sus esfuerzos eran inútiles. Al final del día, Tatiana solo se encontraba con una pared. Un muro invisible de frialdad y respuestas cortantes que Oliver levantaba a su alrededor para proteger los secretos que le carcomían la cabeza.
Una de esas tardes, la tensión en el apartamento de Oliver llegó a su límite. Tatiana caminaba de un lado a otro de la sala, con los brazos cruzados y el corte Pixie ligeramente despeinado, mientras él fingía revisar unos informes en la mesa del comedor.
—¿Vas a pasar toda la noche ahí metido, Oliver? —preguntó ella, con una voz que vibraba entre el cansancio y la rabia contenida.
—Tengo mucho trabajo, Tati. Te dije que esta semana en la empresa está complicada —respondió él sin levantar la vista, con un tono monótono que a ella le supo a desprecio.
—No es el trabajo, Oliver. Estás aquí el cuerpo, pero tu mente está en otra parte desde hace días —Tatiana se acercó a la mesa, apoyando las manos sobre la madera y obligándolo a mirarla con sus ojos color miel—. Te hablo y pareces una pared. Te busco y me esquivas. ¿Qué es lo que te pasa? Si hay algo... o alguien que te esté distrayendo, dímelo de una vez.
Oliver sintió un frío helado recorrerle la espalda al escuchar la palabra "alguien", pero forzó una de sus sonrisas diplomáticas, la misma máscara que usaba con sus padres.
—Amor, estás imaginando cosas donde no las hay. Solo estoy cansado, es todo —mintió, estirando la mano para tocar la de ella, un gesto mecánico que no transmitía absolutamente nada.
Tatiana retiró la mano lentamente, con una mirada analítica que lo escaneó por completo. No le creía ni una sola palabra. Sabía que detrás de ese muro de indiferencia se escondía una verdad muy oscura, y su intuición le decía que la soga se estaba tensando demasiado.
La respuesta mecánica de Oliver fue la gota que derramó el vaso. Tatiana lo enfrentó con una mirada que destilaba pura fuego; sabía perfectamente que no estaba imaginando cosas, lo podía sentir en los huesos, en esa intuición femenina que rara vez se equivoca. Esa maldita distracción, esa ausencia constante y ese hielo que la separaba de su novio tenían un nombre y un apellido bien claro: se llamaba Camila.
Sin pensarlo dos veces, Tatiana le reclamó con todo el cargamento de rabia e impotencia que venía acumulando desde el encuentro en el supermercado.
—¡No me digas que me estoy imaginando cosas, Oliver! —le espetó, alzando la voz mientras dabas un paso firme hacia él—. No soy estúpida. Sé perfectamente que desde el sábado tu mente no ha salido del pasillo de ese supermercado. Estás obsesionado, estás ausente... ¡y todo es por ella! Todo es por Camila, ¿verdad? Dime de una vez qué demonios pasa con esa mujer.
Al escuchar el nombre de Camila saliendo de los labios de Tatiana en ese tono de reclamo, algo terminó de romperse dentro de Oliver. La presión de la semana, los celos enfermizos por el pretendiente misterioso, el rechazo de Camila y el peso de su propia culpa acumulada hicieron que perdiera un poco los estribos.
Se levantó de la silla del comedor de golpe, tirando el bolígrafo sobre la mesa. Su mirada, usualmente tranquila y diplomática, se volvió oscura y tajante. Dio un paso hacia ella y, con una voz cortante y cargada de una agresividad defensiva, le advirtió de una vez:
—Mira, Tatiana... ¡Por ahí no! Saca a Camila de la ecuación. Ella no tiene absolutamente nada que ver en esto, así que ni se te ocurra meterla en nuestros problemas.
El silencio que siguió a sus palabras fue ensordecedor.
Tatiana dio un paso atrás, pero no por miedo, sino por la brutal revelación que acababa de recibir. Oliver respiraba agitado, dándose cuenta un segundo tarde de que su violenta reacción lo había delatado por completo. Había saltado como un león herido solo para proteger el nombre de su "amiga de la infancia".
Una sonrisa amarga y herida se dibujó en los labios de Tatiana.
—¿Que la saque de la ecuación? —repitió ella en un susurro tembloroso, mientras sus ojos color miel se llenaban de una mezcla de dolor y rabia—. Te hablo de nuestro año de relación y lo único que te importa es defenderla a ella con garras y dientes. Me acabas de dar la respuesta, Oliver. La metiste tú solo en esta casa desde el momento en que dejaste de mirarme a mí para pensar en ella.
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Editado: 25.06.2026