Los Colores del Girasol

Capítulo 13: El fantasma del pasado

El apartamento de Oliver se había transformado en una zona de guerra. Tras el portazo que Tatiana había dado al salir en busca de Camila, las horas pasaron con una lentitud tortuosa, pero el regreso de ella a altas horas de la noche solo sirvió para encender una mecha de pólvora. Lo que comenzó como un reclamo en la sala terminó convirtiéndose en una batalla campal; un torbellino de reproches, gritos ahogados y acusaciones que hacían eco en las paredes desnudas.

—¡Eres un cínico, Oliver! —le gritó Tatiana, con los ojos inyectados en sangre y la respiración agitada—. Fui a buscarla. Fui a verle la cara a tu bendita Camila, ¿y sabes qué es lo peor? Que ella tiene más dignidad que tú. Me dejó claro que no le importas, pero tú sigues babeándote por ella. ¡Me das asco!

Oliver la miraba desde el centro de la sala, con la mandíbula apretada y los puños cerrados dentro de los bolsillos. Por dentro, el orgullo y la frustración lo estaban cegando. Escuchar los reclamos de Tatiana lo transportaba a un terreno que conocía demasiado bien y que ya lo tenía harto.

A decir verdad, Oliver siempre había sido un hombre mujeriego. Antes de Tatiana, su vida había sido una pasarela de citas casuales, salidas de fin de semana con diferentes mujeres y cero compromisos. Nunca le había interesado enseriarse con nadie; le gustaba su libertad, disfrutaba el momento y, cuando las cosas se ponían intensas, simplemente daba un paso al costado. No podía negar que al principio, cuando conoció a Tatiana, llegó a pensar que esta vez sería distinto. Ella era guapa, inteligente, profesional... pero al final, para él, había resultado ser más de lo mismo: los mismos reclamos de siempre, los celos de siempre y esa toxicidad que tanto le asfixiaba.

Lo que más le enfurecía a Oliver en medio de esa discusión era la injusticia de la situación —o al menos, la que él percibía—. Tenía tiempo portándose bien. Había dejado atrás las salidas dobles y las distracciones banales; había decidido, dentro de todo lo que su naturaleza le permitía, mantener una relación estable y apostar por un futuro con Tatiana. Hacía las cosas "bien".

El problema, el verdadero problema que Oliver no se atrevía a confesarle a nadie, era que siempre, inevitablemente, se le venía Camila al pensamiento. No importaba en la cama de quién estuviera, ni qué tan buena fuera la cena, ni cuánto intentara convencerse de que estaba rehaciendo su vida. Camila Mendoza seguía fija en su mente como un tatuaje invisible. Había sido la única mujer a la que realmente amó con el alma. El gran misterio de su vida, el que lo desvelaba por las noches y lo hacía cometer locuras como llamar diez veces seguidas a un teléfono apagado, era que todavía no sabía cómo, ni en qué maldito momento, la había perdido para siempre.

Al escuchar la confesión de Tatiana sobre lo que había hecho esa tarde, la poca paciencia que le quedaba se evaporó por completo. El muro de contención se rompió y Oliver explotó con una fuerza que dejó el apartamento en un silencio gélido, interrumpiendo los insultos de su novia de golpe. Se plantó frente a ella, dispuesto a soltarle unas cuantas verdades que se había guardado por meses.

—¡Ya basta, Tatiana! ¡Estoy harto! —espetó, alzando la voz como pocas veces lo hacía—. Estoy cansado de tus celos enfermizos, de tus inseguridades y de esa actitud tóxica y posesiva que tienes todo el tiempo. ¡No me dejas ni respirar! He intentado hacer las cosas bien contigo, pero es imposible complacerte. Lo último que pudiste haber hecho fue ir a buscar a Camila.

Oliver caminó un par de pasos por la sala, pasándose las manos por el cabello, procesando el dato que ella acababa de soltar y que le estaba revolviendo el estómago. Se detuvo en seco, volteándose a mirarla con una mezcla de incredulidad y furia pura.

—grita sorprendido—. ¿Cómo se te ocurre? ¿En qué cabeza cabe cometer semejante locura? Yo me crié con Camila... ¡esto no te lo pienso disculpar, Tatiana! Cruzaste la línea. Así que te agradezco que te largues de mi casa. ¡Te vas ya!

Tatiana se quedó de piedra. Ver a Oliver perder los estribos de esa manera, con una mirada tan dura y decidida por defender a su amiga de la infancia, la hizo reaccionar de golpe. La rabia que traía del estacionamiento se transformó en un miedo frío al darse cuenta de que estaba a punto de perderlo de verdad.

Apretó la cartera contra su pecho y dio un paso hacia él, intentando conciliar, bajando los hombros en un gesto de sumisión que delataba su desespero.

—Oliver, por favor... —atendió a decir con la voz temblorosa, intentando estirar la mano para tocarlo—. Estaba alterada, me dolió cómo reaccionaste antes. Fui una estúpida, lo admito, no debí ir a buscarla. Vamos a calmarnos, hablemos esto bien...

Pero en este punto, ya Oliver no quería escuchar nada. El intento de disculpa de Tatiana le sabía a pura hipocresía y el espacio del apartamento se le hacía asfixiante. Le apartó la mano con un gesto brusco pero firme, dándole la espalda por completo.

—No hay nada que hablar, Tatiana. Ya está bueno —sentenció con una frialdad cortante, mirando hacia la ventana que daba a las calles oscuras de la ciudad—. No quiero tus explicaciones, no quiero tus lágrimas, ya no quiero nada contigo. Solo quiero estar solo. Lárgate.

El tono definitivo en su voz no dejó espacio para réplicas. Tatiana entendió que el muro que Oliver había levantado entre los dos ahora era de concreto y que no había vuelta atrás. Con el orgullo hecho pedazos y las lágrimas amenas con salir, dio la vuelta en silencio y caminó hacia la puerta, dejándolo solo en la penumbra de la sala con el eco de sus propios demonios.




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