Los Colores del Girasol

Capítulo 15: Justificaciones en la oscuridad

El motor del auto rugía suavemente mientras Oliver se alejaba de la casa de Camila, dejando atrás la silueta oscura de la vivienda y la mirada fija en esa ventana apagada que no se había abierto para él. El frío del aire acondicionado no lograba aplacar el calor que le quemaba el pecho. Tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. No paraba de pensar en ella. Camila le llenaba el cerebro por completo, como una marea alta que amenazaba con ahogarlo en sus propios errores.
Al igual que Camila a unas pocas cuadras de distancia, Oliver también recordaba. Su mente, traicionera y nostálgica, viajó sin pedir permiso a ese par de meses que habían pasado juntos después de la noche de los dieciocho años de ella.
Recordaba con una nitidez casi dolorosa las veces que se escapaban para amarse, desafiando las reglas y el mundo con la urgencia de dos jóvenes que creían haber inventado el fuego. Podía evocar en su memoria el aroma de la piel de Camila, el roce de sus sábanas y, sobre todo, los gemidos ahogados de ella entre sus brazos, la forma en que se aferraba a su espalda y cómo le decía al oído lo mucho que lo amaba, con una voz rota por la entrega y la inocencia que solo se tiene una vez en la vida. Esas palabras seguían resonando en su cabeza una década después, grabadas a fuego.
Oliver detuvo el carro ante un semáforo en rojo, suspirando con pesadez y apoyando la cabeza contra el asiento. Mirando la calle solitaria, el peso de la conciencia lo golpeó. Él sabía muy bien que su comportamiento posterior estuvo mal. No pretendía negar la crueldad de sus silencios, la distancia repentina ni el desastre de aquella tarde con Carolina que Camila terminó presenciando a través del cristal.
Sin embargo, en su fuero interno, siempre encontraba la manera de suavizar la culpa. Se justificaba repitiéndose que en ese momento era muy joven; apenas tenía veintidós años y cargaba con sus propios miedos, dudas y presiones. En su mente de treintañero, la distancia que había tomado en el pasado no era cobardía, sino una especie de sacrificio mal calculado. Se decía a sí mismo que solo había tratado de darle su espacio a ella. Camila era tan joven, tan pura y apenas estaba empezando a descubrir el mundo; Oliver se había convencido de que no podía encadenarla a él tan temprano. Quería que ella experimentara, que viviera otras cosas, que saliera y disfrutara de su juventud antes de comprometerse de verdad.
O al menos, esa era la mentira piadosa que se había contado durante diez largos años para poder dormir por las noches.
El semáforo cambió a verde, pero el se quedó estático un segundo más, mirando el tablero del auto. Ahora, a sus treinta y dos años, frente a la realidad de una Camila madura, hermosa e inalcanzable, la excusa de la juventud empezaba a saberle a ceniza. Había querido darle espacio para que viviera, pero nunca imaginó que, en ese espacio de diez años, ella aprendería a vivir perfectamente sin él.
Estacionó el carro en su puesto de siempre, subió los escalones del edificio como si cargara un saco de piedras sobre los hombros y metió la llave en la cerradura. Al abrir la puerta y encender la luz, el silencio del apartamento lo recibió como una bofetada. Sintiò el vacío de inmediato. Los espacios que antes ocupaban las cosas de Tatiana ahora eran huecos mudos que confirmaban el final de su historia. Sin embargo, no sintió arrepentimiento. En el fondo de su alma, sabía perfectamente que dejarla ir había sido lo mejor para los dos; ella era una buena mujer y no se merecía un amor a medias, porque él la quería, sí, pero no la ama. Nadie se merece ser el segundo plato en la mente de su pareja.
Se quitó la chaqueta, tirándola sobre el sofá desierto, y caminó hacia la ventana de la sala para mirar la silueta nocturna de la ciudad.
—Esta maldita soledad... —dijo en voz alta, escuchando cómo su propia voz rebotaba en las paredes—. Solo me hace pensarte más.
Y, como un mecanismo de tortura autoinducido, el vacío del presente lo arrastró a otro recuerdo que guardaba bajo llave en el pecho. Recordó aquella vez en la playa, ambos habían decidido faltar a clases en la universidad, escapándose de la rutina para refugiarse en una bahía solitaria donde el mundo exterior no pudiera alcanzarlos. Pasaron las horas tomando sol sobre la arena tibia, disfrutando del mar y de su suave brisa caribeña, riéndose de nada y de todo. Y allí, ante la inmensidad del océano que testigo de su complicidad, le hizo el amor con una devoción absoluta. Quién iba a pensar en ese instante de felicidad perfecta que aquella tarde luminosa sería la última vez, la última maldita vez que sentiría el cuerpo de Camila aferrado al suyo con esa entrega tan pura.
—No puedo seguir así —se dijo a sí mismo, apretando la mandíbula con una determinación que no había tenido en años—. Ya es momento de dejar de pensar y empezar a actuar.
No había un solo día en su vida en el que Oliver no se reprochara, con una rabia sorda, el haber dejado ir a Camila de la forma en que lo hizo. Se sentía tan estúpido, tan miserable al recordar cómo se había dejado llevar por Carolina, por la novedad y por la calentura del momento, arruinando lo más sagrado que alguna vez tuvo entre las manos por un impulso barato de veintidós años.
Pasara el tiempo que pasara, Oliver sabía que jamás podría borrar de su memoria la mirada de tristeza y decepción absoluta que Camila le dio el día de la traición, cuando los vio a él y a Carolina comiéndose a besos través del vidrio. Esa mirada lo perseguía en sus pesadillas, recordándole el momento exacto en que se convirtió en el villano de la historia de la única mujer que de verdad amo.
Pero el ya no estaba dispuesto a seguir viviendo de fantasmas. El desastre con Tatiana y el portazo de la abuela esa noche habían sido el detonante definitivo. Iba a recuperar a Camila, aunque tuviera que derribar el mundo entero para lograrlo.
El sonido estridente y metálico de la alarma rompió el silencio del apartamento, haciendo que Oliver se despertara de golpe, asustado y con el corazón latiéndole en el pecho. Se incorporó en la cama, desorientado, frotándose el rostro con las manos; tenía el cuerpo molido y la mente nublada, sin saber en qué preciso momento de la madrugada el cansancio le había ganado la partida y se había quedado dormido entre el desfile de sus propios fantasmas.
Se levantó de la cama con una energía renovada, descalzo, directo a la cocina. Mientras preparaba el café, escuchando el goteo pausado de la cafetera y respirando el aroma amargo que inundaba el espacio vacío, una idea fija se apoderó de sus pensamientos. Miró la luz de la mañana entrar por la ventana y apretó los puños.
—Hoy es el día —pensó en voz alta, con una seguridad gélida—. Diez años son suficientes.
No iba a dejar pasar un sol más viviendo del arrepentimiento. El Oliver cobarde de veintidós años había muerto la noche anterior en esa sala; el hombre de treinta y dos que era ahora iba a tomar las riendas de su destino.
De inmediato, empezó a planear meticulosamente la forma de volver a conquistar a Camila, de derribar esa pared de hielo que ella había levantado con tanta justicia. Sabía que las palabras ya no bastaban, que las llamadas perdidas solo conseguían fastidiarla y que necesitaba un impacto real, algo que tocara las fibras de la mujer que alguna vez lo había idolatrado.
Agarró el teléfono y llamó a una de las floristerías más exclusivas de la zona. Él recordaba cada detalle de ella, cada pequeño gusto que el tiempo no había logrado borrar de su memoria: sabía perfectamente que Camila amaba los girasoles por encima de cualquier otra flor. Así que, sin pensarlo mucho y con el desespero dictándole las órdenes, hizo el pedido.
Pidió que las enviaran directamente a la casa de Camila el imponente arreglo, que contuviera exactamente sesenta y un girasoles.
No era un número al azar. Era una cifra sagrada para él: sesenta y un girasoles, uno por cada bendito día que la amó en cuerpo y alma durante aquellos dos meses de oasis antes de que la inmadurez y la traición lo arruinaran todo. Era su declaración de guerra al olvido, su manera de decirle que su corazón se había detenido el día que la perdió y que estaba listo para luchar.
Mientras colgaba el teléfono y pagaba el servicio, Oliver sintió una descarga de adrenalina. El paquete iba en camino a casa de Camila. Ahora solo quedaba esperar a ver si las flores lograban abrir la primera grieta en su armadura, o si terminarían de desatar la tormenta.
A esa misma hora, la atmósfera en la casa de Camila era el polo opuesto al desespero de Oliver. Ella se encontraba de lo más relajada en el comedor, disfrutando de la mañana junto a su abuela y a Luciano, quien había ido a desayunar con ellas ese día. El aroma a café recién colado y a arepas tostadas llenaba el espacio. La mañana se les había pasado volando entre conversaciones ligeras, complicidad y risas francas. Luciano, con los ojos brillándole de entusiasmo, les estaba contando lleno de felicidad cómo iban todos los trámites y papeleos de la boda.
Fue en medio de ese desborde de detalles que Camila se enteró de un dato crucial: Oliver sería el padrino de honor. La noticia no la sorprendió en lo absoluto; al fin y al cabo, Luciano y él habían sido mejores amigos desde la infancia y era el paso natural. Camila simplemente asintió, manteniendo su máscara de serenidad, dispuesta a no amargarle el momento a su hermano.
Para desviar el foco, Luciano continuó hablando de la recepción, comentándoles que tanto él como Amalia habían optado por un menú tradicional pero exquisito para agasajar a los invitados. Les detalló el orden de los platillos con orgullo: como entrada, los comensales podrían elegir entre una delicada crema de espárragos o una ensalada fresca con queso de cabra; el plato fuerte sería una suprema de pollo rellena de espinacas y champiñones en salsa de vino blanco, acompañada de un puré rústico; y para cerrar con broche de oro, el postre variaría entre el clásico pastel de bodas o un cheesecake de fresa.
Doña Mildred escuchaba atentamente apuntando consejos, pero la amena conversación familiar se vio interrumpida de golpe por el sonido del timbre. Al abrir la puerta, un repartidor apareció cargando un ramo gigantesco, imponente, que casi le cubría el cuerpo entero. Eran girasoles, decenas de ellos, vibrantes y amarillos, inundando la sala con su presencia.
Luciano, al ver el descomunal arreglo entrar a la casa, no pudo evitar soltar una risa cómplice. Sabía muy bien quién era el remitente. Esa misma madrugada, un Oliver desesperado lo había llamado para contarle sus intenciones y le había pedido, como un favor especial de hermanos, que le avisara de inmediato en cuanto Camila tuviera las flores en sus manos.
«Las cosas que hago por ti, amigo mío... Espero que esto te resulte y no te salga el tiro por la culata», pensó Luciano con una mezcla de diversión y ruego interno, mientras disimulaba la mirada frente a su abuela.
Camila, completamente sorprendida por las dimensiones del regalo, se acercó despacio. Sus tacones resonaron suavemente en el piso mientras inspeccionaba la masa de pétalos amarillos. Buscó entre los tallos hasta que encontró una pequeña tarjeta blanca. Al abrirla, la caligrafía clara la golpeó en el centro del pecho:
"61 Girasoles... uno por cada día que te amé. No te olvido".
No necesitaba firma. Camila guardó la nota de inmediato, sintiendo que un frío extraño le recorría la espalda. Sabía perfectamente de parte de quién venía; el simbolismo de esos dos meses de fuego a los dieciocho años estaba intacto en ese papel. Sin embargo, la reacción de Camila no fue la que Oliver esperaba en su apartamento. En lugar de conmoverse, una profunda oleada de desconcierto y fastidio la invadió.
Lo que ella no terminaba de entender era... ¿a cuenta de qué venía todo esto ahora? ¿Por qué después de diez largos años de silencio, distancia y desprecio, Oliver decidía irrumpir en su paz con semejante despliegue de romanticismo barato? ¿Por qué ahora que ella finalmente era una mujer libre, exitosa y dueña de su vida?
Camila controló cada uno de sus gestos. Con una frialdad y una indiferencia ensayadas que camuflaban el torbellino de su mente, tomó el monumental ramo entre sus brazos y, con la ayuda de su hermano —quien tuvo que hacer fuerza para cargar el peso de la base—, lo colocó sobre la mesa de madera que presidía la sala. El amarillo encendido de las flores contrastaba con la sobriedad del espacio, pero Camila ni siquiera se quedó a contemplarlo.
Aprovechando el movimiento y fingiendo que buscaba algo en sus bolsillos, Luciano sacó el celular con rapidez. Sus dedos volaron sobre la pantalla para enviarle un mensaje de texto a Oliver: «Ya recibió el ramo. Todo en orden. En unas horas paso por tu casa y te doy los detalles de cómo reaccionó».
Guardando el teléfono de inmediato, Luciano regresó al comedor con una sonrisa pícara dibujada en el rostro. No pudo evitar picarle la lengua a su hermana, buscando tantear el terreno para su amigo.
—¿Y bien? ¿Ahora resulta que tienes un admirador secreto? —le preguntó, cruzándose de brazos y mirándola con los ojos entrecerrados—. No me habías comentado nada, Cami. Pensé que entre nosotros dos no había secretos.
Para darle dramatismo al asunto, Luciano infló las mejillas e hizo un puchero infantil que provocó que Doña Mildred negara con la cabeza desde la cocina, aguantándose la risa. Camila, por su parte, se cruzó de brazos y lo miró fijamente, adoptando su postura más ejecutiva y cortante.
—Ay, ay, ay... no vayas a empezar, por favor —dijo con total seriedad, clavándole una mirada de advertencia—. Yo no tengo ningún admirador. Así que deja el chisme quieto.
Sin embargo, sostenerle la mirada seria a Luciano era una tarea imposible cuando él se ponía en su papel de hermano celoso. Al ver la cara exagerada de indignación que él mantenía, la coraza de Camila se agrietó por un segundo y no pudo evitar soltar una risa genuina y cristalina, llenando la casa de esa calidez que tanto le hacía falta.
Al verla reír, Luciano sonrió con ternura. Sabía el peso que su hermana cargaba a diario en los almacenes y lo mucho que se exigía a sí misma. Se acercó a ella, la rodeó con sus brazos en un abrazo protector y le plantó un tierno beso en la frente.
—Te quiero, boba —le susurró.
Luego, se dio la vuelta con la misma energía y caminó hacia la cocina, donde hizo exactamente lo mismo con su abuelita, dándole un sonoro beso en la mejilla que hizo que la anciana protestara entre dientes pero con una sonrisa en los labios.
—Bueno, mis mujeres bellas, me tengo que ir a trabajar —anunció Luciano, agarrando las llaves de su carro—. Nos vemos más tarde.
Con la partida de Luciano, la casa volvió a quedar en silencio. Camila se quedó de pie en el centro de la sala, con la mirada fija en los sesenta y un girasoles. El reloj seguía corriendo, y la promesa de Luciano de verse con Oliver en unas horas significaba que el juego de estrategia apenas estaba comenzando.
Mientras Luciano manejaba con el rumbo hacia la casa de Oliver, el sonido de su teléfono rompió la música de la radio. En la pantalla se leía el nombre de Amalia. Él no entendía qué le pasaba a su novia últimamente; siempre había escuchado el mito de que las mujeres se ponían con los nervios de punta debido al estrés de los trámites de la boda, pero lo de Amalia ya cruzaba la línea. Estaba insoportable. Todo le molestaba, todo lo criticaba y, lo que más le dolía a él, no quería ni que la tocara.
«¿Será por un embarazo?», se preguntó Luciano con una mezcla de duda y temor en el estómago. Con un suspiro pesado para armarse de paciencia, atendió la llamada usando el manos libres del carro.
—Hola, mi corronchita —dijo de forma cariñosa, intentando suavizar el ambiente.
—Luciano, no me digas así —respondió Amalia de inmediato, con una voz seca y cortante—. Te he dicho mil veces que no me gusta.
El tono áspero lo desinfló un poco, pero él prefirió no engancharse en otra discusión.
—Está bien, amor, no te enojes por eso —respondió calmado.
—¿Dónde estás? —preguntó ella de forma demandante, sin preámbulos—. Recuerda que debemos ir a la consulta hoy, Luciano. Te lo informo para que no me salgas con una excusa.
—Sí, amor, lo sé, no lo olvidé —replicó él, manteniendo el volante firme—. No te preocupes por eso, que yo voy a estar a tiempo.
—Bueno, te espero... Bye —y, sin dejar que Luciano pudiera responderle o despedirse, Amalia le colgó el teléfono.
Luciano se quedó pensativo, mirando la pantalla ahora oscura del celular. Sintió de repente una opresión en el pecho, una oleada de ansiedad o, como decía su abuela Doña Mildred, "un pálpito" de que algo no andaba bien. Sacudió la cabeza para alejar los malos pensamientos y se concentró en manejar.
Pocos minutos después, llegó al edificio donde vivía Oliver. Estacionó, cruzó el vestíbulo y tomó el ascensor hasta el piso correspondiente. No terminó de tocar el timbre cuando la puerta se abrió de golpe. Oliver lo estaba esperando detrás del umbral, con los ojos abiertos de par en par y caminando por las paredes de la ansiedad.
—Cuéntamelo todo, Luciano —soltó Oliver rápidamente, sin siquiera darle los buenos días, tomándolo del brazo para hacerlo pasar a la sala.
Luciano no pudo evitar soltar una risa franca y se quitó los lentes de sol, respondiéndole de forma jocosa para bajarle la intensidad al momento:
—Estoy bien, ¿y tú cómo estás?
Oliver se congeló un segundo, dándose cuenta de lo obvio de su desespero, y soltó una carcajada nerviosa mientras se pasaba las manos por el cabello.
—Bueno, bueno... me alegra mucho que estés bien, hermano, pero entiéndeme —pidió en tono suplicante, casi sin aire—. Me estoy volviendo loco aquí metido. Dime, ¿qué pasó? ¿Leyó la tarjeta?
Luciano se sentó en el sofá y procedió a contarle todo de manera detallada. No omitió absolutamente nada: le describió cómo el enorme ramo de sesenta y un girasoles casi no cabía por la puerta, la forma en que Camila se acercó a inspeccionarlo con total indiferencia y cómo leyó la tarjeta en silencio sin cambiar un solo músculo de la cara. También le relató su propia broma sobre el "admirador secreto", el puchero que hizo y cómo logró sacarle una risa antes de que ella se pusiera seria y negara tener pretendientes.
Oliver escuchaba cada palabra en absoluto silencio, analizando cada gesto que Luciano le describía, buscando desesperadamente una señal de esperanza entre la fría reacción de Camila.
A Oliver los ojos le brillaron con una intensidad renovada. Escuchar que Camila no había tirado las flores a la basura ni había armado un escándalo, lejos de desanimarlo, lo animó muchísimo más. En su mente, la indiferencia de ella no era rechazo absoluto, sino una provocación, un muro que él estaba completamente dispuesto a escalar.
Se lo confesó a Luciano con una sonrisa de suficiencia, dándole un golpe amistoso en el hombro. Luciano, que desconocía el trasfondo de la traición con Carolina y solo recordaba lo felices que se veían a los dieciocho años, se cruzó de brazos y conversó con él con la seriedad de un hermano que quiere ver a su familia feliz. Le advirtió que no bastaba con enviar flores a domicilio; si de verdad quería recuperarla, tenía que ponerse las pilas y accionar mucho más.
—Debes demostrarle a mi hermana de qué estás hecho —le exigió Luciano, mirándolo fijamente a los ojos—. Y añadió: No sé qué fue lo que pasó entre ustedes en el pasado, Oliver. De verdad, mi abuela, yo... todos en la familia pensábamos que ustedes tendrían un final feliz. Eran la pareja perfecta. Así que muévete, arregla las cosas de una vez —le aconsejó, dándole una palmada en la espalda—. Enamórala como si fuera la primera vez.
Fue lo último que dijo antes de mirar el reloj de reojo, recordar la demandante llamada de Amalia y la bendita consulta médica, y salir apresuradamente del apartamento, dejando a su amigo solo.




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