Los Colores del Girasol

Capítulo 16: Ecos del Corazón

​El aroma a café recién molado flotaba en el aire del pequeño local donde Camila y Lucía solían refugiarse cuando necesitaban un respiro del mundo. Sentadas una frente a la otra, la atmósfera se transformó rápidamente en una de esas conversaciones de chicas donde las máscaras se caen y la honestidad toma el control. Camila, sosteniendo la taza entre sus manos, miró a su amiga de la facultad y decidió desahogarse, trayendo a la mesa el evento que le había revuelto los pensamientos esa mañana.
​Le contó que Oliver le había enviado un ramo de girasoles hermoso e inmenso a su casa.
​—No te voy a negar que me encantó ese detalle, y más aún porque recuerda perfectamente lo mucho que me encantan los girasoles —admitió Camila, bajando la mirada por un segundo antes de recuperar su postura firme—. Pero eso no implica nada, Lucía. Te lo aclaro de una vez. Un ramo de flores no va a borrar el pasado.
​—Lo sé, Cami —respondió Lucía de forma sumamente comprensiva, estirando la mano para tocar la de su amiga—. Sé cómo son las cosas y entiendo perfectamente que, a pesar de que ha pasado tanto tiempo, hay heridas en tu corazón que aún no han sanado.
​Lucía guardó un respetuoso silencio. Ella, mejor que nadie, sabía lo difícil que había sido para Camila afrontar aquella pérdida diez años atrás, el peso de ver sus ilusiones rotas de la noche a la mañana. Y si bien ambas conversaron un poco más sobre la traición y el dolor del pasado, por mutuo acuerdo no quisieron continuar profundizando en ese tema tan espinoso.
​Camila soltó un suspiro, removiendo el café. Confesó con frustración que no sabía qué hacer y que seguía sin entender a raíz de qué venía esa actitud tan repentina y desbocada de Oliver. Lucía la escuchó con atención, y aunque tampoco pudo ayudarla mucho a descifrar la mente de un hombre arrepentido, sí le lanzó una frase que la dejó pensando:
​—Quizás al fin entendió lo mucho que significas para él, Cami. Quizás le tomó diez años darse cuenta del mujerón que dejó ir.
​La respuesta de Camila ante las palabras de su amiga fue solo una sonrisa melancólica, una mueca silenciosa que no confirmaba ni negaba nada, pero que escondía la tormenta que llevaba por dentro.
​Mientras tanto, en una realidad completamente diferente, Luciano se encontraba en el consultorio obstétrico junto a Amalia. El ambiente tenso de los días anteriores pareció disiparse por completo cuando el sonido rítmico, rápido y fuerte del ecógrafo inundó la habitación. Luciano escuchaba los latidos del corazón del bebé con los ojos empañados en lágrimas, completamente maravillado e impactado con la idea de que, en unos meses, se convertiría en el padre de una hermosa princesa. Sus miedos y "pálpitos" se esfumaron ante el milagro de la vida.
​Al salir del consultorio médico, con la emoción desbordándosele por los poros, Luciano no esperó ni un segundo para sacar su teléfono y hacer una llamada grupal a su madre y a su hermana.
​—¡Familia! —anunció con la voz entrecortada por la felicidad—. Les informo que seremos padres de una hermosa niña. ¡Voy a tener una hija!
​Al otro lado de la línea, la reacción fue inmediata. Tanto su mamá como Camila lo felicitaron a gritos y entre risas, ambas genuinamente emocionadas por la llegada de la nueva integrante del clan Mendoza. Sin embargo, Camila, al momento de recibir la llamada, se encontraba sentada frente a Lucía. Al darse cuenta de hacia dónde iba la conversación, trató de ser sumamente cautelosa con sus palabras y modular su tono de voz, ya que ella sabía perfectamente el secreto que su amiga guardaba: Lucía estaba profundamente enamorada de Luciano.
​«En algún momento de la vida, pude haber jurado que ellos dos terminarían juntos, que tendrían una relación», pensó Camila para sus adentros con una punzada de lástima, mientras escuchaba la felicidad de su hermano.
​Lucía, al escuchar la conversación entre los dos hermanos y procesar la noticia del bebé en camino, apretó los puños debajo de la mesa. Hizo un esfuerzo sobrehumano por sonreír y disimular su tristeza, intentando poner su mejor cara de alegría por la familia de su amiga. Pero los ojos no saben mentir, y los de Lucía no pudieron engañar a Camila; detrás de la fachada, en su mirada solo se veía reflejada una profunda y devastadora tristeza.
​Aun así, demostrando una fortaleza admirable, Lucía tragó grueso, dejó el dolor a un lado y ambas continuaron conversando, cambiando de tema y poniéndose al día con otras cosas.
​Durante el resto de la tarde, el teléfono de Camila no dejó de vibrar sobre la mesa. En la pantalla se reflejaba una y otra vez el mismo nombre. Oliver le escribió muchas veces, enviándole mensajes llenos de preguntas, textos largos donde intentaba saber si le habían gustado los girasoles y si había entendido el significado de los sesenta y uno.
​Pero cada uno de esos intentos desesperados sufrió el mismo destino: Oliver fue completamente ignorado por la mujer que ahora, más que nunca, tenía el control de la situación.

Presión y resistencia

​Oliver caminaba de un lado a otro en la sala de su apartamento, con el teléfono firmemente apretado en la mano. La pantalla no mentía: Camila había leído cada uno de sus mensajes. El doble check azul estaba allí, frío e implacable, pero la respuesta nunca llegó. El silencio de ella lo estaba desesperando, carcomiéndole los nervios. Sabía perfectamente que no la tenía fácil, que diez años de distancia habían levantado un muro de Berlín entre los dos, pero la inacción lo estaba matando. Así que, impulsado por una mezcla de audacia y desespero, tomó una decisión: iría directamente a la casa de Doña Mildred para verla cara a cara.

​Fue a su habitación a cambiarse rápido. Quería verse impecable pero relajado. Se colocó un jean oscuro que le entallaba a la perfección, una franela gris de cuello en V que resaltaba su porte atlético y calzado deportivo del mismo color. Una vez listo, agarró las llaves de su carro y se puso en marcha.




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