Después de compartir un rato que pareció una tregua silenciosa en la cocina, el calor del chocolate caliente espeso y las galletas crujientes sirvieron para apaciguar las aguas, al menos en la superficie. Camila, sentada a la mesa y sosteniendo la taza para evitar que Oliver notara el leve temblor de sus dedos, decidió que ya no podía seguir ignorando el elefante en la habitación. Dejó la taza con suavidad y lo miró fijamente, endureciendo las facciones.
—Gracias por el arreglo, Oliver —soltó, forzando a que su voz sonara lo más gélida, cortante y profesional posible, como si estuviera agradeciendo un favor de oficina.
Sin embargo, para Oliver, esas palabras fueron música para sus oídos. Lejos de amedrentarse por el hielo en su tono, sintió una descarga de triunfo en el pecho. «Al menos me dio las gracias», pensó con una chispa de satisfacción brillándole en los ojos. «Es un avance. Definitivamente, fue la mejor idea del mundo haber venido a meterme aquí hoy».
Oliver se reclinó en su silla, acortando visualmente la distancia entre los dos, y bajó la voz a un tono más íntimo, desnudando sus intenciones.
—Todavía recuerdo lo mucho que te gustan los girasoles, Camila —le confesó, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Siempre que veo uno en la calle, en cualquier lugar... pienso en ti.
Camila lo observó detenidamente, entornando los ojos como si intentara descifrar un enigma indescifrable o buscar la mentira detrás de sus palabras. La presión en su pecho se volvió insoportable, obligándola a ir directo al grano.
—¿A dónde quieres llegar con todo esto, Oliver? —soltó tajante, cruzándose de brazos, a la defensiva.
El ambiente en la cocina se volvió tan espeso como el chocolate. Doña Mildred, que conocía los silencios y las miradas de su nieta mejor que nadie, consideró sabiamente que ese era el momento exacto para dejarlos solos. Sin decir una sola palabra, tomó su taza, les dio una última mirada de advertencia y se retiró con paso lento hacia la sala, cerrando la puerta a sus espaldas.
Oliver se quedó momentáneamente sorprendido por la brusquedad de Camila, enderezándose en su sitio.
—Solo me salió enviarte un arreglo, Camila. Quería tener un detalle contigo —confesó, frunciendo el ceño con una mezcla de frustración y desconcierto—. No entiendo por qué actúas así, como si te estuviera haciendo daño.
Camila dejó escapar una risa amarga, una que nació desde el fondo de su orgullo herido.
—Sí lo sabes, Oliver... —rebatió ella, levantándose de la silla para ponerle fin a la conversación—. Sabes perfectamente bien por qué te trato como lo hago. No te hagas el santo.
Pero Camila no había terminado de vocalizar la frase cuando el espacio entre ellos desapareció. Oliver se movió con la rapidez de un felino, impulsado por el desespero de sus barreras y las ganas contenidas que venía arrastrando desde la autopista. Antes de que ella pudiera reaccionar, la tomó firmemente de los hombros, la empujó hacia atrás y la acorraló contra la pared de la cocina, atrapándola entre su cuerpo y el concreto.
Camila abrió los ojos de par en par, impactada, pero no tuvo tiempo de articular palabra. Sin pedir permiso, sin medir las consecuencias y con el hambre acumulada de diez años de arrepentimiento, Oliver inclinó el rostro y la besó apasionadamente.
Fue un beso hambriento, posesivo y de fuego, de esos que reclaman lo que alguna vez les perteneció. Sus labios se adueñaron de los de ella con una fuerza arrolladora, silenciando sus reclamos y obligando a la coraza de Camila a tambalearse peligrosamente bajo la presión de su cuerpo
La resistencia de Camila, esa fortaleza de hierro que había construido meticulosamente durante diez años, se desintegró por completo bajo la urgencia de los labios de Oliver. Al principio, luchó. Trató de empujarlo con las manos apoyadas en su pecho firme, intentando recordarse a sí misma el dolor, la traición y el orgullo que la definían. Pero el cuerpo tiene memoria, y el suyo clamaba por el hombre que la había hecho mujer.
El gemido de protesta atrapado en su garganta se transformó en un suspiro de rendición. Camila cedió.
Dejó caer sus defensas y le correspondió el beso con una pasión y una entrega inmensa, respondiendo a la presión de su boca con el mismo fuego contenido que llevaba quemándole las entrañas desde que lo vio regresar. Solo podía sentir la lengua de Oliver invadiéndola, reclamando cada rincón de su boca con una marea cálida y experta que la dejó sin aliento. Se sentía tan rico... tan jodidamente bien. Era el regreso a un oasis que creía perdido para siempre.
El raciocinio de Camila se apagó, dejando el control absoluto a los sentidos. Necesitaba sentirlo más cerca, eliminar cualquier rastro de aire que quedara entre sus cuerpos. Sus manos, que antes intentaban apartarlo, subieron por la franela gris de Oliver hasta enredarse con desespero en su cabello, abrazándolo con fuerza, pegando sus caderas a las de él en un vaivén sutil que encendió la cocina por completo.
Oliver, al sentir la entrega total de Camila, emitió un gruñido ronco de pura satisfacción en medio del beso, apretándola con más fuerza contra la pared, subiendo una de sus manos hacia su nuca para profundizar el contacto aún más. El mundo exterior desapareció. Ya no importaban los mensajes ignorados, ni los diez años de distancia, ni el dolor del pasado. En ese instante, Camila solo sabía que no quería que ese beso terminara jamás, aferrada al hombre que, a pesar de todo, seguía siendo el dueño absoluto de sus suspiros.
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Editado: 25.06.2026