La noche fue un auténtico calvario para Camila. El silencio de su habitación, lejos de traerle paz, se convirtió en el escenario donde se proyectaba, una y otra vez en bucle, el maldito beso en la cocina. No dejaba de revivir la presión de los labios de Oliver, el calor de su cuerpo contra el de ella y la forma tan desesperada en la que ella misma se había entregado a ese roce.
Se daba vueltas en la cama, frustrada, hundiéndose en la almohada. Aún no podía creer lo débil que había sido. ¿Cómo era posible que, después de diez años de distancia, de terapia, de construir una coraza de hierro y de jurarse que él ya no existía en su vida, ese hombre todavía tuviera el poder de acelerarle el pulso de esa manera? Se odiaba por haber cedido, pero más le aterraba el hecho de que su propio cuerpo recordara con tanta precisión lo que significaba estar en los brazos de Oliver.
Entre el torbellino de pensamientos, el reproche y la insistente memoria de esa dureza en su vientre que la había encendido por completo, la luz del amanecer empezó a colarse flojamente por las rendijas de la ventana. La mañana ya estaba aquí.
Camila dejó escapar un suspiro pesado y decidió levantarse de la cama. Hoy, particularmente, se sentía agotada, con el cuerpo pesado y la mente saturada por la falta de sueño; sin embargo, se obligó a reaccionar. No quería, ni podía, enfrascarse en pensamientos que sabía perfectamente que jamás la llevarían a nada productivo. El trabajo y su rutina profesional siempre habían sido su mejor santuario para huir de la realidad.
Caminó hacia el clóset dispuesta a armar su armadura del día. Quería verse impecable, poderosa y bajo control, justo lo opuesto a cómo se sentía por dentro. Se colocó un jean de corte perfecto que estilizaba su figura, una delicada blusa de seda en tono beige que suavizaba su aspecto y, para rematar con fuerza, un blazer estructurado en color verde oliva que le daba ese aire de ingeniera exitosa y segura de sí misma. Por supuesto, el toque final no podía faltar: se calzó unos estiletos nude que estilizaban sus piernas y la hacían pisar con firmeza.
Se miró al espejo, se aplicó un poco de corrector para disimular las imperfecciones de la mala noche y respiró hondo. La máscara de frialdad estaba puesta otra vez. Estaba lista para salir a la calle y pretender que la tarde anterior, en esa cocina, no había pasado absolutamente nada.
Camila bajó las escaleras intentando que el eco de sus estiletos ocultara el cansancio que arrastraba. Al entrar a la cocina, el ambiente ya no olía al chocolate de la tarde anterior, sino al café recién colado de la mañana. Ver a su abuela allí, imperturbable y radiante, le dio una calidez que necesitaba con urgencia. Con una sonrisa genuina, se acercó a ella y le dio un fuerte abrazo, buscando refugiarse por un momento en su puerto seguro.
Doña Mildred recibió el abrazo con ternura, pero como la mujer astuta que era, no dejó pasar la oportunidad. Al separarse y notar las sutiles ojeras de su nieta, aprovechó el momento exacto para aconsejarle que no cediera, al menos no todavía.
—Mujer de poca fe —respondió Camila entre risas, intentando usar el humor como escudo—. Sabes muy bien que esto apenas comienza. Las cosas no son tan fáciles, abuela, y como siempre me dijiste: "no es soplar y hacer botellas".
Doña Mildred sonrió comprensivamente, acariciándole el rostro con suavidad.
—Lo sé, hija. Solo te recuerdo que, a veces, debemos conservar un poco de dignidad. El camino largo siempre enseña más que el corto.
—No te preocupes, Abu. Todo está bajo control —aseguró Camila, acomodándose el blazer verde oliva.
Pero a pesar de su fachada de seguridad, la presión interna era demasiada. Mientras le daba los últimos sorbos a su café, no pudo evitar comentarle a la anciana su verdadera impresión de lo sucedido la noche anterior; más allá del enojo y la culpa, la realidad la golpeaba de frente: lo cierto es que Oliver no la va a dejar ir, al menos no esta vez. Su mirada, su desespero y la fuerza de ese beso gritaban que él estaba dispuesto a todo.
Camila terminó su desayuno, se despidió de la abuela y manejó hacia la oficina. Hoy tenía un trabajo especial que requería de toda su atención, así que apenas cruzó la puerta se sumergió en los planos y las tareas pendientes, organizando cada detalle para mantener la mente ocupada. Sin embargo, el recuerdo de los labios de Oliver quemándole la piel seguía ahí, distrayéndola a intervalos.
A media mañana, la necesidad de desahogarse con alguien que la entendiera sin juzgarla se volvió insoportable. Agarró su teléfono y decidió llamar a Lucía. Necesitaba con urgencia contarle todo lo sucedido anoche en la cocina y, sobre todo, vaciar el pecho de lo terriblemente culpable y vulnerable que se sentía por haber perdido el control de esa manera.
Lucía se quedó en shock al otro lado de la línea, asimilando la intensidad de lo que Camila le estaba contando, pero de inmediato intervino para evitar que su amiga se hundiera en un mar de lamentos. Le dijo firmemente que dejara de castigarse, recordándole que diez años de resistencia implacable no se borraban en cinco minutos de tentación.
—Amiga, surfea la ola —le aconsejó con tono práctico y un toque de ligereza—. Disfruta el trayecto y ya veremos qué sucede en el camino. No le des tantas vueltas.
—Eso hago, amiga, pero debo confesar que me siento algo débil por haber permitido ese beso —admitió Camila, masajeándose la sien, sintiendo todavía el calor de la noche anterior.
Lucía soltó una carcajada limpia que resonó en el auricular.
—¡Qué débil ni qué nada! —exclamó con picardía—. Al menos tú tienes quién te bese y se muera por ti. ¡Aprovéchalo!
Conversaron un rato más, aligerando la carga emocional de Camila, y quedaron en verse apenas salieran de sus respectivos trabajos para continuar la charla de frente.
Camila colgó sintiéndose un poco más ligera. Siguió concentrada en su jornada laboral, revisando informes y coordinando los pendientes del trabajo especial del día. Estaba tan sumergida en sus deberes que, cuando finalmente levantó la vista del escritorio y revisó el reloj, se dio cuenta de que se le había pasado por completo la hora del almuerzo. Su estómago, por supuesto, ya lo resentía con un rugido exigente. Decidió parar de inmediato e ir a buscar algo de comer fuera de la oficina.
Mientras caminaba hacia su carro, una idea fija se le instaló en el paladar: «Mmmm, tengo unas ganas increíbles de comer filet mignon», pensó, decidida a darse un gusto para compensar la mala noche.
Venía tan distraída y ensimismada en sus propios pensamientos mientras caminaba por la acera que no se fijó en absoluto en la silueta de la persona que avanzaba en dirección contraria hacia ella. El choque fue inevitable. Camila solo sintió el impacto firme contra un torso sólido que la hizo tambalearse un paso hacia atrás.
—Disculpa... —alcanzó a decir de inmediato por pura cortesía.
Pero cuando levantó la mirada para ver con quién había tropezado, se encontró de frente con esos ojos que la habían desvelado toda la noche. Era Oliver. Él, con una velocidad de reflejos impresionante y una sonrisa que le iluminó el rostro por completo, no le dio tiempo de reaccionar: la envolvió de inmediato en un cálido y firme abrazo. Sin dejarla articular palabra ni poner distancia, le informó con absoluta seguridad:
—Te invito a almorzar —soltó, mirándola desde arriba mientras mantenía sus manos descansando suavemente en la cintura de ella.
Camila se quedó congelada un segundo, procesando la tremenda coincidencia —o el destino— y dándose cuenta de que su estómago vacío y su mente cansada no tenían las fuerzas necesarias para pelear otra batalla de orgullo en plena calle. Mirándolo a los ojos, solo pudo dejar escapar un largo suspiro de rendición.
—Está bien —cedió en un susurro.
Para sorpresa de ambos, el almuerzo fluyó de una manera extrañamente pacífica. Dejando las armas a un lado por un momento, se sentaron en un buen restaurante y ambos disfrutaron de la comida en un ambiente donde la complicidad del pasado pareció asomarse sutilmente. Sin embargo, Oliver no pensaba dejar pasar la oportunidad de ser honesto sobre lo que le estaba ocurriendo. Hacia el final de la comida, la miró fijamente a los ojos a través de la mesa y decidió abrir su corazón.
—No pude dormir en toda la noche pensando en ese beso que compartimos, Cami —le confesó con la voz baja y cargada de una sinceridad abrumadora—. Te juro que, mientras te tenía en mis brazos, sentí que el tiempo no había transcurrido. Sentí que seguíamos siendo los mismos de antes.
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Editado: 19.07.2026