Los Colores del Girasol

Capítulo 19: Confesiones por la Tarde

​El tintineo de la campana de la entrada anunció la llegada de Camila al local. Lucía ya la esperaba en la misma mesa de siempre, revisando unos papeles, pero bastó con que levantara la mirada para que se le dibujara una sonrisa de oreja a oreja. Camila no caminaba; casi flotaba. El blazer verde oliva seguía impecable, pero la rigidez en sus hombros había desaparecido por completo y una sonrisa radiante e imposible de ocultar iluminaba su rostro.
​—No me digas nada —soltó Lucía antes de que Camila pudiera sentarse, dejando los papeles a un lado—. Esa cara no es de haber pasado el día metida en planos de ingeniería. ¿Qué pasó?
​Camila se dejó caer en la silla, soltando un suspiro largo, pero esta vez lleno de una felicidad contenida que le ensanchaba el pecho.
​—Amiga, no me lo vas a creer —comenzó Camila, inclinándose sobre la mesa y bajando la voz, con los ojos brillando de la emoción—. Salí a almorzar porque tenía antojo de filet mignon, iba distraída... ¡y tropecé de frente con Oliver en la calle!
​—¡Callate la boca! —exclamó Lucía abriendo los ojos de par en par, conteniendo un grito de emoción—. ¿Y qué hizo?
​Camila, entre risas y con el corazón acelerado, le contó absolutamente todo. Le describió cómo Oliver la envolvió en un cálido abrazo en plena acera, cómo la invitó a almorzar y cómo, siguiendo el consejo que ella misma le había dado por teléfono, decidió apagar el orgullo por un momento, surfear la ola y seguirle la corriente para ver qué tenía que decir.
​—Se sinceró por completo, Lu —confesó Camila, tomando las manos de su amiga—. Me tomó la mano sobre la mesa y me dijo que se arrepiente cada día de lo que pasó hace diez años, que me sigue amando con la misma intensidad y que quiere construir un presente conmigo. Estaba tan sorprendida... pero de verdad me hizo feliz escucharlo. Le respondí con honestidad, le dije que el beso de anoche también significó mucho para mí, pero que necesito tiempo para volver a confiar.
​—¡Eso es madurez, Cami! Me parece perfecto —la felicitó Lucía, asintiendo con orgullo—. ¿Y ahí terminó todo?
​—¡No! —Camila soltó una risita nerviosa, cubriéndose el rostro con las manos por un segundo—. Me llevó de regreso a la oficina. Me iba a bajar y me dijo muy serio que se me olvidaba algo. Yo me puse a buscar como loca en la cartera pensando que había dejado el teléfono, y el muy descarado me agarró por el cuello y me dio el beso más tierno y apasionado de la vida. ¡Y esta vez no me resistí, Lu! Le devolví el beso con todas las ganas del mundo.
​Lucía soltó una carcajada limpia, celebrando el triunfo de su amiga.
​—¡Te lo dije! —exclamó Lucía con picardía—. La ola te arrastró por completo y bien merecido lo tienes. Hacía años de años que no te veía esa sonrisa, Cami. Estás feliz, y eso es lo único que importa ahora.
​Camila asintió, sintiendo un alivio inmenso. Estaba sorprendida de lo rápido que habían cambiado las cosas en menos de veinticuatro horas, pero por primera vez en una década, el miedo al futuro se sentía pequeño al lado de la inmensa felicidad que le llenaba el alma.

El ambiente vibrante y lleno de risas disminuyó su intensidad, dando paso a un silencio denso y empático. Camila observó a su amiga a los ojos; conocía perfectamente la mirada de Lucía y sabía que, detrás de los aplausos y las celebraciones por su almuerzo con Oliver, había un corazón que goteaba dolor en silencio.

​Acomodándose en la silla, Camila estiró las manos sobre la mesa para tomar las de Lucía, entrelazando sus dedos en una señal de apoyo incondicional.

​—No hemos hablado de esto, Lu —expresó seriamente, mirándola con profunda madurez—. Sé que has estado ocultando lo tuyo por hacerme espacio a mí, pero tienes que soltar lo que llevas dentro. ¿Cómo estás con todo el asunto de Luciano y la noticia de la bebé?

​Lucía se quedó congelada por un instante. La pregunta directa de su amiga perforó la represa que venía conteniendo desde que se enteró del embarazo. Respiró profundo, buscando el aire que de pronto parecía faltarle en los pulmones, y desvió la mirada hacia la ventana del café antes de volver a clavar sus ojos en Camila.

​—Si bien me alegro por él... porque lo veo feliz y sé el gran hombre que es... me duele el alma, Cami —confesó con la voz rota, perdiendo por completo la chispa alegre de hace unos minutos.

​Una lágrima solitaria amenazó con asomarse, pero Lucía parpadeó rápido, intentando tragarse el nudo en la garganta.

​—Sé que suena egoísta, pero sería una mentirosa si te digo que esto no me duele —sus ojos se cristalizaron por completo, reflejando una vulnerabilidad absoluta—. Me duele mucho, Cami. En serio.

​Dejó salir un suspiro cargado de una tristeza infinita, una de esas que pesan en el pecho y no te dejan dormir por las noches. Apretó el agarre de las manos de Camila, buscando un anclaje para no derrumbarse allí mismo en el restaurante.

​—Pensé que lo que vivimos había significado algo para él —agregó, con el tono quebrado por la decepción—. Pensé que las miradas, las promesas silenciosas y el tiempo juntos habían dejado una huella. Pero ya veo que no fue así. Ya sé que para él fue fácil dar la vuelta a la página, formar una familia y dejarme en el pasado como si nada.

​Camila sintió que el corazón se le partía al ver a su amiga en ese estado. Sabía lo complejo que era el panorama, especialmente ahora que Oliver era el padrino oficial y que Amalia estaba moviendo los hilos para distanciar a Luciano de su propia familia, No soportó ver la fragilidad en los ojos de su amiga. Se levantó de su asiento, rodeó la mesa y la abrazó fuertemente, pegándola a su pecho en un intento de absorber parte de ese dolor que la estaba consumiendo. Lucía se aferró a ella, dejando escapar un suspiro tembloroso. Al separarse un poco, Camila la miró fijamente y le habló con total franqueza, bajando la voz.




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