El sol de la mañana trajo consigo una energía completamente diferente. Camila despertó feliz y renovada, con una ligereza en el pecho que hacía años no experimentaba. Estaba lista para enfrentar el día, aunque una parte de su mente ya comenzaba a prepararse mentalmente para la cena de Luciano que se avecinaba esa misma noche, un evento que sabía que estaría cargado de emociones encontradas.
Bajó a la cocina, desayunó tranquilamente con su abuela Mildred compartiendo risas cómplices, y luego se marchó al trabajo. Entre planos, reuniones y proyectos, el día se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Por supuesto, la jornada laboral tuvo un brillo especial: no faltaron los mensajes de Oliver a lo largo del día, deseándole una hermosa jornada y manteniéndole la sonrisa intacta en los labios.
Para tener suficiente tiempo de arreglarse, Camila decidió salir un poco más temprano de la oficina y pasar por el centro comercial. Quería comprar algo realmente lindo e impactante para la cena. Caminó con calma, recorriendo los pasillos y viendo escaparates en varias tiendas hasta que, al fin, encontró el atuendo perfecto que buscaba.
Con las bolsas en la mano, se dirigió a la peluquería del centro comercial, donde previamente había quedado en encontrarse con su amiga Lucía para que las arreglaran juntas; después de todo, hoy tenían que estar radiantes para enfrentar la boca del lobo. Durante la sesión de belleza, Camila optó por dejar su cabello suelto, con unas ondas suaves que le daban un aire sofisticado, al igual que Lucía, quien decidió llevar su melena libre también. Sin embargo, Camila notó que su amiga no estaba muy animada; el fantasma de la invitación de Luciano seguía pesando sobre ella.
Al terminar en el salón, se despidieron momentáneamente. Cada quien iría a su respectiva casa a vestirse. El plan de la noche ya estaba trazado: Camila sería la encargada de llevar a su abuela Mildred en el auto y, de camino, pasaría a buscar a Lucía para no dejarla sola en un momento tan complejo.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en el apartamento de Luciano, el ambiente era muy diferente. Amalia afinaba minuciosamente cada uno de los detalles de la cena de celebración. Ella misma había insistido en realizar el evento en el departamento para demostrar su papel de anfitriona y futura madre, moviendo los hilos a su antojo y saboreando lo que ella consideraba su victoria perfecta. Amalia organizaba las copas, revisaba el menú y sonreía frente al espejo, sin imaginarse en lo más mínimo que el oscuro secreto que Lucía guardaba en silencio tenía el poder absoluto de hacer tambalear todo su perfecto plan.
Llegó a su casa sintiendo que el cansancio del día finalmente cedía ante la expectativa de la noche. Subió directo a su habitación y comenzó a preparar la bañera, dejando que el agua tibia corriera mientras el vapor inundaba el espacio. Añadió unas sales aromáticas y se tomó ese momento exclusivamente para ella, dispuesta a relajarse un rato y así comenzar su ritual de belleza.
Se sumergió en el agua, cerrando los ojos y dejando que la mente se le pusiera en blanco por unos minutos. Mientras se aplicaba sus cremas y se preparaba para vestirse, se miró al espejo del baño con una chispa de confianza que hacía mucho tiempo no tenía.
—Hoy quiero sentirme bonita —pensó con una sonrisa genuina, sabiendo que no solo se arreglaba para la cena, sino también para esos ojos que la mirarían con adoración en cuanto cruzara la puerta.
Se colocó un vestido corto de gasa en color verde menta, adornado con un sutil relieve en zigzag y un marcado escote en "V" ribeteado con encaje crema. El mismo encaje ceñía su cintura, dando paso a una falda fluida y a unas románticas mangas cortas de volante. A juego, lucía una cartera y calzado de cuero nude que replicaban el mismo patrón geométrico del tejido. Coronaba el conjunto su cabello color chocolate suelto en ondas suaves, recogido a un lado por una gran pinza en forma de flor blanca, optó por un maquillaje natural, al verse en el espejo sintió que valió la pena el gasto, un toque de perfume y bajó a la sala donde Doña Mildred ya la esperaba, igual de elegante y lista para salir.
Manejó con calma por las calles de la ciudad, disfrutando de la música ligera del radio, hasta que se estacionó frente a la casa de Lucía. Camila tocó la bocina y, a los pocos minutos, vio salir a su amiga. Lucía lucía radiante con su cabello suelto, pero su caminar lento y su mirada baja delataban que iba directo al matadero emocional.
Al subir al auto, Doña Mildred, desde el asiento del copiloto, la saludó con un cariño inmenso y, con esa sabiduría que nunca le fallaba, le apretó la mano con dulzura, dándole una mirada que decía más que mil palabras. Lucía forzó una sonrisa agradecida, tomó aire y se acomodó en el asiento trasero.
Las tres mujeres, unidas en un silencio cargado de complicidad y distintas expectativas, emprendieron el viaje directo al apartamento de Luciano.
Oliver ya estaba en la recepción del edificio, caminando de un lado a otro con las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro. Llevaba una camisa blanca semiabierta y un saco estructurado que lo hacían ver impecable. Cuando escuchó el murmullo de las puertas de vidrio abrirse, volteó y se quedó completamente mudo, congelado en su sitio y sin aliento al ver lo hermosa que se veía Camila. Su mirada recorrió las ondas perfectas de su cabello suelto, la delicadeza de sus facciones y el impacto de su nuevo atuendo.
«Definitivamente el verde le sienta bien», pensó con el corazón dándole un vuelco salvaje en el pecho, recordando el blazer que llevaba esa misma mañana.
Recuperando el habla por puro instinto caballeroso, Oliver se adelantó para recibirlas. Saludó primero a la abuela Mildred con un beso cargado de respeto en la mejilla; la anciana le devolvió una mirada chispeante, llena de esa picardía que Oliver ya conocía bien. Después saludó a Lucía, dedicándole una sonrisa genuina y amable, y tuvo que admitir internamente que se veía muy linda esa noche, armada con una dignidad envidiable a pesar de la tristeza de sus ojos.
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Editado: 19.07.2026