Don Roberto frunció levemente el ceño, cruzando los brazos mientras sostenía la mirada de la joven. Tras unos segundos de silencio, tratando de hacer memoria en voz alta, soltó el comentario que cayó como una bomba en la sala:
—Ya sé de dónde me pareces conocida... —mencionó casualmente—. Creo haberte visto hace unas semanas en el GastroCaffe.
Al escuchar ese nombre, Amalia sintió que el mundo se le venía abajo y entró en un pánico absoluto. El color desapareció de su rostro y sus manos comenzaron a temblar sutilmente sobre su vientre; GastroCaffe era, precisamente, el lugar donde Lucía la había descubierto en una situación comprometedora con aquel otro hombre.
Lucía, notando de inmediato la violenta reacción de la novia de Luciano, decidió jugar sus cartas con astucia e intención pura. Clavó sus ojos en Don Roberto y, con una sonrisa helada pero perfectamente educada, le respondió:
—Es muy probable, señor. Yo siempre voy a ese café. Es uno de mis lugares favoritos.
Amalia contuvo el aliento, rogando internamente porque la conversación muriera ahí, pero Don Roberto, ajeno al pánico de su futura nuera y cautivado por la presencia de la amiga de su hija, sonrió con suficiencia y añadió:
—Pues mi memoria no me falló entonces. Yo jamás olvido un rostro, y menos uno tan hermoso como el tuyo.
El comentario, cargado de un galanteo fuera de lugar, sembró una incomodidad pastosa en toda la habitación. Doña Fernanda desvió la mirada molesta, Doña Mildred apretó los labios con desprecio y Camila tensó la mandíbula. Pero el más afectado de todos fue Luciano. El joven sintió un extraño y punzante malestar en el pecho; no sabía descifrar exactamente por qué, pero definitivamente no le estaba gustando en lo absoluto la manera en que su papá estaba mirando y hablándole a Lucía. Una mezcla de protección y celos inconscientes lo invadió.
Para frenar la falta de respeto de su padre y cortar la tensión antes de que pasara a mayores, Luciano interrumpió el momento con voz firme, poniéndose de pie de inmediato.
—Bueno... la comida ya está lista —anunció, forzando una sonrisa—. Los invito a todos a pasar finalmente al comedor para iniciar la cena.
El grupo se movió hacia la gran mesa, pero el ambiente ya estaba completamente contaminado. Al sentarse, las miradas cruzadas prometían un escenario electrizante: Oliver vigilaba de reojo a un Don Roberto demasiado observador; Camila mantenía su mano cerca de la de Oliver buscando apoyo; Lucía sostenía la cabeza en alto con dignidad; y Amalia, sentada al lado de un Luciano silencioso, miraba su plato con el terror de saber que su perfecto plan pendía de un finísimo hilo que Lucía podía cortar en cualquier momento.
El tintineo de los cubiertos contra la porcelana apenas lograba disimular la electricidad que corría por el comedor. Una vez que sirvieron el plato principal, Don Roberto, testarudo y acostumbrado a ser el centro de atención, no pudo dejar el tema en paz. Fascinado por el misterio de su propia memoria, insistió en retomar la conversación mientras cortaba su carne.
—Es que sigo pensando en ese día en el GastroCaffe, Lucía —comentó Don Roberto, mirándola fijamente desde su extremo de la mesa—. Juraría que no estabas sola. Estaba seguro de haber visto a alguien más de nuestro entorno por ahí...
Amalia sintió un frío helado recorrerle la espina dorsal. Dejó caer el tenedor sobre el plato con un ruido seco, al límite de la desesperación y con el corazón latiéndole en la gata. Sabía que un paso en falso de Don Roberto y su secreto quedaría expuesto ante toda la familia.
Lucía, saboreando el pánico de su rival pero manteniendo una compostura envidiable, la miró de reojo antes de responderle al hombre con una educación impecable y una sonrisa ensayada.
—Es un lugar muy concurrido, Don Roberto —respondió Lucía con voz aterciopelada y serena—. A veces uno cree ver caras conocidas en la multitud, pero el juego de las luces y las sombras engaña. Aunque, como usted dice, es un sitio ideal para encontrarse con personas... inesperadas.
Luciano, sentado al lado de Amalia, ni siquiera prestaba atención al menú. Sus ojos iban y venían de su padre a Lucía, apretando los cubiertos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un sentimiento agrio, punzante y completamente desconocido lo estaba carcomiendo por dentro: eran celos. Celos puros y duros de ver a su propio padre embelesado con la mujer que, hasta hacía poco, él consideraba solo "una amiga de la familia".
Amalia, atrapada entre el pánico a ser descubierta y los evidentes celos de Luciano hacia Lucía, supo que tenía que desviar la atención de inmediato antes de que el barco se hundiera. Con una agilidad felina y una sonrisa ponzoñosa, decidió atacar al eslabón que creía más débil y lanzó una indirecta muy sutil pero cargada de veneno hacia su cuñada.
—Bueno, hablando de sorpresas y de personas que se encuentran... —soltó Amalia, mirando fijamente a Camila y luego a Oliver—. No sé si es idea mía, pero desde que llegaron los veo muy... coordinados. Es curioso cómo el destino vuelve a unir a la gente, ¿verdad, suegros? Una pensaría que después de diez años las cosas cambian, pero parece que hay romances "secretos" que simplemente se niegan a morir en la oficina.
Amalia se recostó en su silla, destilando suficiencia. Como la relación entre Camila y Oliver había sido un secreto absoluto en su momento y nadie supo nunca lo que realmente pasó entre ellos hace una década, ella esperaba sembrar la duda y generar un cuestionamiento incómodo.
Lo que la novia no midió fue que los padres de Camila, a pesar de no saber nada del pasado, siempre habían notado una atracción latente entre los dos. Además, como conocen a Oliver desde que era un niño y le tienen un aprecio enorme, la sola idea de que finalmente tuvieran una relación les resultaba más que agradable.
Doña Fernanda dejó su copa de vino en la mesa y miró a los jóvenes con una sonrisa genuina y radiante.
—Ay, por favor, Amalia, de secreto nada —comentó Doña Fernanda con amabilidad—. Al contrario... ¡ya era hora! Teníamos muchísimo tiempo preguntándonos cuándo se darían cuenta estos dos de que harían una pareja espléndida. Conocemos a Oliver de toda la vida y sería una alegría inmensa para la familia.
Don Roberto, sin embargo, adoptó una postura mucho más distante. La tensión histórica con su hija pesaba demasiado en el aire. Se limitó a asentir con parsimonia, observando a Oliver con respeto masculino, pero manteniendo esa barrera fría que siempre lo alejaba de Camila.
—Fernanda tiene razón en cuanto a Oliver, es un buen muchcho —añadió Don Roberto con tono seco y formal, dirigiendo una mirada breve e indescifrable a su hija—. Aunque ya están bastante grandecitos para andar con misterios. Si decidieron dar el paso, espero que lo manejen con la seriedad que corresponde.
A pesar de la distancia de Don Roberto, la aprobación general de la idea desarmó el ataque de Amalia por completo. A la novia el tiro le había salido por la culata. La intervención de los padres causó una gracia tremenda tanto en Oliver como en Camila, quienes se miraron cómplices, compartiendo una risa bajita y genuina que terminó por disipar la incomodidad. Por debajo de la mesa, Oliver buscó la mano de Camila y le dio un suave apretón de apoyo, mientras Amalia tragaba saliva, frustrada al ver que su veneno no había surtido efecto.
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Editado: 19.07.2026