Los Colores del Girasol

Capitulo 22

La noche había caído por completo sobre Villa Esmeralda, envolviendo la propiedad en un silencio campestre interrumpido únicamente por el canto de los grillos. Después de una jornada maravillosa llena de risas, comida y chapuzones en la piscina, todos se habían retirado a sus respectivos espacios. Abajo, Doña Mildred ya descansaba plácidamente en su habitación de la planta baja, agradecida de no tener que lidiar con las escaleras tras el cansancio del día.
​En el piso superior, la atmósfera era distinta. Camila y Lucía se encontraban ya en la cama, con las luces de las lámparas de noche atenuadas, listas para descansar. Sin embargo, el sueño no llegaba con facilidad. Camila, que había estado observando a su amiga de reojo durante las últimas horas, no pudo contenerse más; la preocupación por lo ocurrido la noche anterior en la cena aún le daba vueltas en la cabeza.
​Se giró de lado en la cama, apoyando el rostro en su mano, y miró a Lucía.
​—Lu... antes de que nos quedemos dormidas —llamó con voz muy suave, cuidando de no romper la paz del cuarto—. No he querido presionarte frente a los padres de Oliver, pero me preocupa mucho cómo estás manejando todo esto por dentro. Ayer en la cena hiciste un esfuerzo sobrehumano para no desmoronarte tras el brindis de Luciano. ¿Cómo te sientes realmente?
​Al escuchar la genuina preocupación de su amiga en la intimidad de la habitación, las barreras de Lucía finalmente cedieron. Miró el techo de madera noble por un instante, soltó un largo suspiro y se sinceró como no lo había hecho en todo el fin de semana.
​—Me duele, Cami... me duele en lo más profundo del alma —confesó Lucía, con la voz quebrada pero manteniendo una madurez impresionante—. Cuando Luciano anunció que la boda es en un mes y que la bebé se llamará Sara Sofía, sentí un dolor inmenso en el corazón. Verlo ahí, rodeado de todos, construyendo un futuro sobre una base de mentiras con Amalia, mientras yo tengo que obligarme a sonreír y actuar como la invitada perfecta... es desgarrador.
​Lucía se acomodó de lado para mirar de frente a Camila, dejando salir todo lo que había guardado.
​—Y lo que más me descoloca es lo que pasó justo después, cuando Amalia fue al baño. Luciano se acercó a reclamarme por mi frialdad y por la atención que su papá me prestó con lo del café. Le respondí de forma ingeniosa para dejarlo sobrepensando, pero en sus ojos vi un toque de celos posesivos que él mismo ni siquiera entiende. Me da rabia y a la vez me da pena. Sé que la abuela tiene razón y que debo dejar que el tiempo y las acciones de Amalia le abran los ojos, pero tener que ver el error que está a punto de cometer me carcome por dentro.
​Camila la escuchó con el corazón encogido, sintiendo una profunda admiración por la dignidad con la que Lucía estaba afrontando la situación. Se estiró en la cama y la estrechó en un abrazo fuerte y protector.
​—Eres la mujer más fuerte que conozco, Lu —le susurró Camila con firmeza—. No estás sola en esto. Vamos a regresar a la ciudad y vamos a mantenernos firmes, tal como dijo la abuela. Deja que él sobrepiense todo lo que quiera; sus dudas ya empezaron.

Justo en ese instante, cuando el silencio campestre volvía a reinar en la habitación, el suave sonido de unos nudillos golpeando la madera de la puerta las hizo sobresaltarse. Ambas se miraron fijamente en la penumbra.
​Lucía cambió su expresión melancólica por una sonrisa pícara. En un tono completamente jocoso y divertido, le susurró:
​—Aprovecha la noche, amiga. Anda, ve.
​Camila sintió que las mejillas se le encendían, pero el corazón le dio un vuelco de emoción. Sin pensarlo dos veces, se destapó, se puso de pie rápidamente y abrió la puerta.
​Allí estaba Oliver. La tenue luz de las guirnaldas del pasillo iluminaba su rostro, mostrando una sonrisa cálida y decidida que a Camila le cortó la respiración. Sin emitir una sola palabra para no romper el silencio de la casa, Oliver la tomó con firmeza y delicadeza por la mano y, con un suave tirón, la sacó de la habitación, cerrando la puerta detrás de ellos ante la mirada cómplice y divertida de Lucía.

El guio a Camila en silencio por el pasillo de madera, manteniendo sus dedos entrelazados con firmeza. La llevó hacia el balcón techado del piso superior, un rincón que parecía suspendido en el tiempo. Las guirnaldas de luces tenues parpadeaban suavemente bajo las vigas a la vista, proyectando destellos dorados que competían con la luz de las estrellas, mientras el aroma de la vegetación frondosa de Villa Esmeralda los envolvía por completo.
​Al llegar al barandal, Oliver se giró hacia ella. Sin decir una palabra, la tomó por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo, rompiendo cualquier distancia. Camila apoyó las manos en su pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón. El aire de la noche era fresco, pero entre ellos la temperatura subió de inmediato.
​Oliver se inclinó y la besó. Fue un beso lento, cargado de la paciencia de quien ha esperado demasiado tiempo, un beso que comenzó suave y se transformó en una caricia profunda y necesitada. Sus manos subieron a las mejillas de Camila, delineando su rostro con una adoración que la hizo temblar.
​—No te imaginas cuánto deseaba tenerte así, a solas, lejos de todo —le susurró Oliver contra los labios, intercalando sus palabras con besos cortos y dulces en las comisuras de su boca, en la frente, en el cuello—. Te amo, Camila. Te amo desde hace tanto tiempo que ya ni recuerdo cuándo empezó. Ver de cerca tus tormentas familiares y no poder protegerte del todo me estaba volviendo loco. Eres todo lo que quiero.
​Camila sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero esta vez no eran de tristeza, sino del alivio inmenso de sentirse completamente amada y segura. Sin embargo, el peso del pasado seguía ahí, y supo que si quería entregarse por completo a este amor, tenía que ser completamente honesta.
​Se separó un centímetro, buscando sus ojos claros bajo la luz de las guirnaldas, y tomó aire.




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