Los Colores del Girasol

Capitulo 24

Mientras tanto en la casa de Doña Mildred, el almuerzo se alargó entre risas, complicidad y una calidez que llenó por completo el comedor. El ambiente era tan cómodo que las horas parecieron volar mientras recordaban los mejores momentos del fin de semana.
​—De verdad, abuela Mildred, sigo pensando que usted fue la que mejor la pasó —comentó Lucía con una risa traviesa—. Se adueñó por completo de los jardines de la finca.
​—¡Ay, es que la tranquilidad que se respira en esa casa de campo es de otro mundo, muchachos! —aseguró Doña Mildred con una sonrisa llena de afecto—. Además, estar en casa de Beatriz siempre es un bálsamo para mí. Yo quiero a Bea como a una hija. Hacía tiempo que no caminábamos tanto al aire libre y que no nos poníamos al día como antes.
​Doña Mildred suspiró con una mezcla de melancolía y cariño sincero. La conexión entre ambas familias iba mucho más allá de una simple amistad de años; Beatriz y su hija Fernanda habían sido amigas inseparables en el pasado. Y aunque la vida, las circunstancias y el tiempo las habían distanciado un poco, el amor que la matriarca sentía por la mamá de Oliver permanecía intacto.
​—Las dos se consintieron mutuamente, Abu —agregó Camila, mirando de reojo a Oliver con una sonrisa brillante que no podía ocultar—. Parecían dos adolescentes recordando viejos tiempos. Estar allá con todos ustedes fue la desconexión total que nos hacía falta.
​Oliver, sentado al lado de Camila, le dio un suave apretón por debajo de la mesa antes de mirar a la matriarca con profundo respeto y el cariño de quien la conoce desde niño.
​—Sabe que para mi mamá y para toda la familia siempre es un honor tenerla allá, abuela Mildred —dijo con total sinceridad—. Mi mamá quedó tan feliz de pasar estos días con usted que ya me escribió para preguntar cuándo se repite. Sabe que las puertas de la finca están abiertas para usted desde siempre, sobre todo por ese cariño tan grande que le tiene.
​Doña Mildred le sonrió a Oliver con sincero afecto maternal, disfrutando de ver la felicidad en los rostros de los jóvenes y la hermosa complicidad que renacía entre su nieta y Oliver, aunque por dentro ese extraño presentimiento seguía instalado en su pecho, como una sombra silenciosa que no lograba espantar.
​Cuando la tarde empezó a caer y la sobremesa parecía llegar a su fin, Camila miró el reloj de la sala y luego se giró hacia Oliver. No quería que la burbuja de paz en la que se encontraban se rompiera tan rápido.
​—Oliver... ¿por qué no te quedas también para la cena? —le pidió con voz suave, mirándolo con ojos suplicantes—. Quédate un rato más, cenamos algo ligero aquí y te vas después. Así, de paso, puedes dejar a Lucía en su casa cuando salgas y no tiene que irse sola a estas horas...por fis— y se colocó de puntitas para darle un beso en la mejilla.

—Lo que tú quieras Cami— dijo aceptando ese beso y pensando en todas las reacciones que ese beso provocaba.
​Lucía agradeció internamente el gesto de su amiga. Oliver miró a Camila, completamente rendido ante su petición; no había nada en el mundo que deseara más que seguir estirando ese tiempo a su lado.
​—Si la abuela Mildred no tiene objeción en seguir aguantándome, yo me quedo encantado —respondió Oliver con una sonrisa de caballero—. Así me aseguro de dejar a Lucía sana y salva en su apartamento.
​—¿Objeción? Para nada, muchacho. Te conozco desde que eras un niño correteando por ahí y sé el gran corazón que tienes. Esta es tu casa también —aseguró Doña Mildred, aunque sintió un leve vuelco en el corazón al recordar la corazonada que la venía persiguiendo desde hace días.
​Aceptada la propuesta, el grupo se dispuso a estirar las últimas horas de la noche en armonía, sin imaginarse que, mientras ellos planificaban una velada tranquila, Luciano ya se encontraba en un bar ahogando sus penas, y Amalia continuaba tejiendo la red que cambiaría el destino de todos.

​La noche ya se había adueñado por completo de la ciudad cuando el auto de Oliver avanzaba con suavidad por las avenidas iluminadas. El silencio cómodo dentro del vehículo fue interrumpido por Lucía, quien, mirando de reojo el perfil tranquilo de Oliver, decidió romper el hielo. Habían pasado una cena maravillosa, pero como la buena amiga que era, necesitaba poner un punto en claro.
​—Se les nota la felicidad en la cara a ti y a Camila —comenzó Lucía, con una sonrisa sincera pero con un tono que poco a poco se volvió serio—. De verdad me alegra muchísimo ver que las cosas se arreglaron entre ustedes en este viaje. Pero, Oliver... te lo pido por favor: no la vuelvas a lastimar.
​Oliver mantuvo la vista en el camino, escuchándola con total atención. Lucía suspiró, dejando salir un recuerdo que todavía le causaba indignación.
​—Camila es mi mejor amiga, mi hermana de vida, y lo que menos quiero en este mundo es volver a verla llorar por ti. No te imaginas cómo me sentí, la rabia y la impotencia que tuve, el día que ella me llamó destrozada para contarme que te había visto besando a otra en la ventana. Eres alguien a quien aprecio mucho, Oliver, de verdad... pero si la vuelves a lastimar, créeme que te las verás conmigo.
​Oliver asintió despacio, asumiendo cada palabra con la madurez de quien reconoce sus errores del pasado. Lejos de molestarse, sintió un profundo respeto por la lealtad de Lucía.
​—Te doy mi palabra de que eso jamás va a volver a ocurrir, Lucía —respondió él con voz firme y cargada de emoción—. Lo que siento por Camila va más allá de todo. Perderla fue el peor error de mi vida y estos años sin ella fueron un infierno. La amo como no pensé que se pudiera amar a nadie, y mi único objetivo ahora es hacerla feliz y protegerla de todo, incluso de mis propios errores pasados.
​Lucía lo miró fijamente y, al notar la absoluta sinceridad en sus ojos, se relajó en el asiento. Unos minutos después, Oliver estacionó frente al edificio de Lucía. Se despidieron con un abrazo afectuoso y ella bajó del auto, agradecida por el gesto.
​Oliver encendió el motor de nuevo y se dispuso a tomar la ruta hacia su propia casa. Sin embargo, apenas había avanzado unas pocas cuadras cuando su teléfono celular comenzó a sonar con insistencia en el tablero. Al mirar la pantalla, vio que se trataba de Luciano.
​Al contestar, la voz de Luciano inundó el auto, pero no era el tono calmado de siempre. Luciano estaba completamente quebrado, arrastrando las palabras y dejando escuchar el tintineo de los hielos contra el cristal de un vaso en el fondo. El alcohol ya estaba haciendo estragos en él, y su frustración explotó por completo.
​—¡No puedo más, hermano! ¡No sé con quién demonios me voy a casar! —gritó Luciano, destilando una furia y un dolor amargos—. Amalia ha cambiado mucho... me insultó, le faltó el respeto a mi abuela, me dijo que soy un blandengue... ¡y encima se atrevió a inventar porquerías sobre mi papá y Lucía!
​Oliver se tensó de inmediato, apretando el volante con fuerza. La gravedad de lo que Luciano estaba contando y el estado en el que se encontraba lo pusieron en alerta máxima.
​—Luciano, bájale dos rayas al alcohol y escúchame. Estás tomado y no estás bien —le ordenó Oliver con voz calmada pero autoritaria—. Mándame tu ubicación exacta ahora mismo. Voy a buscarte.
​—Estoy en el bar del centro, el de siempre... —alcanzó a decir Luciano antes de soltar un bufido de pura impotencia.
​—No te muevas de ahí, no manejes. En quince minutos estoy contigo —sentenció Oliver antes de colgar.
​Sabiendo que la situación era delicada y que la familia debía estar al tanto, Oliver no quiso actuar a espaldas de nadie. Antes de desviar el auto hacia el bar, marcó rápidamente el número de Camila. En cuanto ella respondió con voz dulce, Oliver le resumió la situación con calma para no alarmarla de más, pero siendo muy claro: Luciano estaba borracho, destrozado por una fuerte pelea con Amalia, y él iba en camino a rescatarlo antes de que cometiera una locura.




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