Los Colores del Girasol

Capitulo 25

La luz del sol entraba de forma implacable por la ventana del apartamento de Oliver, un contraste brutal con la pesadez que sentía Luciano al abrir los ojos. Con un esfuerzo casi sobrehumano, se levantó de la cama y caminó arrastrando los pies hacia la cocina, donde Oliver ya estaba terminando de preparar café.
​—Buenos días, borrachito —dijo Oliver con una sonrisa jocosa, apoyado en la encimera.
​Luciano hizo una mueca de dolor, tratando de alcanzar la taza humeante con manos temblorosas.
​—No grites... —respondió Luciano, apretándose las sienes con fuerza—. Siento que tengo el corazón latiendo directamente en el cerebro... ¡Por Dios, esto es horrible!
​Oliver le acercó una taza más grande, observándolo con preocupación contenida.
​—¿Qué sucedió ayer? ¿Tienes idea del estado en el que estabas? No recordabas ni cómo te llamabas cuando te recogí.
​Luciano soltó un suspiro largo y se dejó caer en una silla, tratando de poner en orden las ideas dispersas de la noche anterior. Mientras hablaba, sacó su teléfono del bolsillo de su pantalón, esperando encontrar al menos un mensaje de reproche o una llamada perdida de Amalia. Pero la pantalla estaba vacía. La desbloqueó, revisó WhatsApp, las llamadas... nada. Frunció el ceño, sintiendo una punzada de extrañeza que nada tenía que ver con la resaca.
​—Qué raro... ni siquiera escribió —murmuró, más para sí mismo que para Oliver—. Ni un mensaje.
​Oliver escuchó atentamente el relato de su amigo, procesando cada detalle de la pelea. Intentando ser racional —aunque, muy en el fondo, Amalia nunca le había inspirado confianza—, decidió jugar al abogado del diablo.
​—Mira, Luciano, trata de no sacar conclusiones precipitadas todavía. Son peleas de novios, y debes tener en cuenta que Amalia está embarazada. Eso implica cambios hormonales importantes, está muy sensible, eso sin mencionar toda la presión y los nervios que conlleva la organización de la boda. Quizás solo necesita su espacio.
​—Entiendo eso, Oliver —respondió Luciano con voz apagada—, pero honestamente, esta situación me confunde. Es tan extraño... ¿sabes? Ni un mensaje de ella preguntando cómo estoy, dónde pasé la noche... No le importa dónde estoy.
​—Capaz está igual de molesta que tú y está esperando a que las aguas se calmen —concluyó Oliver con tono conciliador—. Mejor date un baño, te presto algo de ropa, y con la mente más tranquila vas y conversas con ella, ¿te parece?
​—Tienes razón, está bien... así lo haré —dijo Luciano, levantándose con dificultad para dirigirse al baño.
​En cuanto Luciano cerró la puerta, Oliver tomó su teléfono. Sabía que Camila estaba en el trabajo y que no era el momento ideal para llamar, pero era necesario. Marcó el número y, cuando escuchó la voz de ella al otro lado, su rostro se suavizó de inmediato.
​—Hola, mi amor, buenos días —dijo Oliver, con un tono lleno de ternura y afecto—. Perdona que te llame mientras estás trabajando, pero sé que estabas preocupada y quería darte un parte rápido.
​—Oliver, ¿cómo está él? ¿Cómo pasó la noche? —preguntó Camila, su voz cargada de ansiedad.
​—Está bien, cariño. Tu hermano está aquí, ya despertó. Está bastante golpeado por el alcohol, pero está a salvo. Está en la ducha ahora; le sugerí que se aseara y se despejara antes de ir a hablar con Amalia. No le des más vueltas, en cuanto esté listo lo llevaré a casa. Estará bien, te lo prometo.

​Mientras tanto, en el apartamento de Amalia se respiraba una atmósfera viciada, cargada de una electricidad oscura. Ella seguía caminando de un lado a otro, con el teléfono pegado a la oreja. Octavio, al otro lado de la línea, escuchaba sus quejas con esa calma exasperante que solía desquiciarla.
​—Necesito resultados, Octavio —siseó ella, bajando el tono al recordar que, aunque estaba sola, las paredes de ese edificio eran demasiado delgadas—. Esa mosquita muerta de Camila es una amenaza. Está protegiendo a Lucía, está interfiriendo en mis planes, y no voy a permitir que me eche a perder todo lo que he trabajado.
​—Amalia, cálmate. La impulsividad es tu mayor defecto —respondió él con una voz seductora, pero gélida—. Lo más sensato, y créeme, lo único que funcionará para no levantar sospechas de ningún tipo, es que cambies de estrategia. Aprovecha este momento de debilidad por la pelea con Luciano para acercarte a ella.
​—¿Acercarme? ¿Estás loco? ¡La detesto! —exclamó ella, sintiendo una náusea real ante la idea de fingir amistad con su cuñada—. No pienso humillarme así.
​—Hazte la víctima, Amalia —insistió él, sin ceder un milímetro—. Di que estás confundida, que Luciano te hizo daño, que te sientes sola con el embarazo... Camila es blanda, tiene buen corazón. Si te ve vulnerable, bajará la guardia. Y cuando esté lo suficientemente cerca, será mucho más fácil para mí actuar.
​Octavio cerró los ojos por un instante. Recordaba perfectamente la primera vez que la vio; su belleza lo había dejado deslumbrado, casi sin aliento. Se había enamorado de ese rostro perfecto y esa ambición desmedida. Pero con el tiempo, esa fascinación se había transformado en algo más complejo. Él sabía, mejor que nadie, que Amalia era capaz de todo. No comprendía, y tal vez nunca lo entendería, por qué se había empeñado tanto en Luciano cuando ella era un ser de una naturaleza tan diferente, tan depredadora.
​—¿Y si no funciona? —preguntó ella, dudosa, mordiéndose el labio inferior.
​—Funcionará si actúas bien. No seas estúpida, es el único camino —la cortó él con autoridad—. Si quieres deshacerte de ella sin que Luciano sospeche absolutamente nada, esa es la única forma.
​Amalia apretó los puños, cerrando los ojos con fuerza. El odio que sentía por Camila era tan visceral que le quemaba la garganta, pero sabía que Octavio tenía razón. Él era el único que conocía sus secretos, el único que sabía del bebé, el único que la veía tal cual era y, aun así, estaba dispuesto a ensuciarse las manos. Tras un largo silencio, exhaló profundamente y cedió.
​—Está bien... lo haré —dijo con voz gélida—. Me acercaré a ella. Me haré la víctima. Pero más te vale que todo salga perfecto.
​—Así me gusta. Confía en mí —respondió él con una sonrisa que ella podía adivinar a través del teléfono—. Tú solo abre la puerta, yo me encargo del resto.
​Amalia sintió un escalofrío recorrer su espalda. A pesar de que ella misma había pedido el favor, el miedo de no saber los detalles la invadió.
​—Octavio... —dijo ella, con una nota de incertidumbre—, ¿qué tienes pensado hacer exactamente con ella? Dime cuál es el plan.
​Hubo una pausa breve, cargada de un silencio pesado que hizo que el corazón de Amalia latiera con más fuerza. Octavio soltó una carcajada baja, una risa que no llegó a sus ojos.
​—Amalia, mi amor... —respondió él con una dulzura cruel—, para tu seguridad y para que tu actuación sea impecable, lo mejor es que no lo sepas. Entre menos sepas, menos podrás arruinarlo y sin esperar respuesta, colgó. Amalia se quedó mirando el aparato, sintiendo por primera vez que el control de la situación se le estaba escapando de las manos, decidió arreglarse y hacerle una visita a su querida cuñada.




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