Los Colores del Girasol

Capitulo 26

El final de la tarde tiñó el cielo de tonos rojizos cuando el auto de Oliver se estacionó frente al edificio donde trabajaba Camila. Ella salió cansada, con la mente todavía dándole vueltas a la extraña visita de la mañana. Al ver a Oliver esperándola con una sonrisa cálida, apoyado en la puerta del vehículo, sintió que el peso del día se aligeraba un poco. Subió al auto y, tras un beso suave de bienvenida, decidieron ir directo al apartamento de él para poder hablar con total tranquilidad, lejos de todo, especialmente de Doña Mildred, quien por nada del mundo de puede enterar de lo que está sucediendo.

​Una vez entraron al apartamento de Oliver, el ambiente se sintió privado. Él preparó algo de tomar y ambos se acomodaron en el sofá de la sala, con las piernas entrelazadas, buscando el calor del otro tras las horas de tensión.

​—No te imaginas el día que he tenido, Cami —comenzó Oliver, soltando un suspiro pesado mientras le pasaba una mano por el cabello—. Estar con Luciano esta mañana fue difícil. Ver a un amigo tan destrozado, tan confundido por alguien que se supone que lo ama, te deja un mal sabor de boca.

​Camila se recostó contra su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.

​—Me imagino. Por teléfono te escuchabas muy preocupado. ¿Qué te dijo cuando se le pasó la resaca?

​—Lo mismo de anoche, pero con más claridad —respondió Oliver, frunciendo el ceño—. Amalia cruzó una línea horrible. Insultó a tu abuela, se puso violenta y empezó a soltar veneno sobre Lucía sin ninguna prueba. Honestamente, Cami... yo no confío en Amalia. Nunca me ha dado buena espina, pero ahora estoy convencido de que es una mala persona. Definitivamente no es de fiar. Hay algo en sus ojos, en su forma de actuar, que me dice que oculta cosas muy oscuras. No entiendo cómo Luciano sigue cegado con ella, igual no le dije lo que pienso de ella porque se que lo lastimara...

​Camila se incorporó un poco, apartándose sutilmente del pecho de Oliver para mirarlo fijamente a los ojos, con el ceño fruncido por la sorpresa y la confusión.

​—Espera un momento, Oliver... —interrumpió Camila, deteniéndolo con una mano en su brazo—. Eso no fue lo que Amalia me contó esta mañana en la oficina.

​Oliver arqueó las cejas, visiblemente extrañado.

​—¿Cómo que no? ¿Qué te dijo entonces?

​—Ella apareció en mi trabajo hecha un mar de lágrimas, destrozada —explicó Camila, gesticulando con las manos mientras recordaba la escena—. Me pintó una historia completamente diferente. Me dijo que Luciano se había ido ayer después de una discusión horrible, que la había dejado sola y que estaba desesperada. Lloraba tanto que me habló del embarazo, de que las emociones fuertes le hacían daño a la bebé... Jamás mencionó haber insultado a mi abuela ni haber atacado a Lucía. Al contrario, se puso en el papel de la víctima desamparada. Me dio tanta compasión verla así que la abracé y le conté que Luciano estaba contigo para que se calmara.

​Oliver negó con la cabeza, con la desconfianza y la indignación grabadas en el rostro.

​—No me gusta nada esto, Cami. Imagina que no llamo a tu hermano en toda la noche. Te lo estoy diciendo, esa mujer es una manipuladora profesional. ¿Y qué más te dijo después de que la consolaste?

​—Se puso muy sentimental. Me tomó las manos y me dijo que sabía que no éramos unidas, pero que quería cambiar las cosas por amor a Luciano. Dijo que se sentía muy sola porque no tiene hermanos y que quería ser parte de la familia. Y mira, Oliver... sus palabras sonaron hermosas, de verdad, cualquiera le hubiera creído... pero en el fondo de mi corazón, sentía que algo no estaba bien. Había algo forzado en su actitud, como si estuviera actuando. No sé cómo explicarlo, pero no salgo del asombro de esa visita y no me terminé de convencer de sus buenas intenciones.

​—Es que tienes toda la razón en desconfiar —sentenció Oliver, tomándola de las manos con firmeza—. Te mintió en la cara para dar lástima. Eso fue una manipulación barata; omitió toda la suciedad que hizo ayer para que te pusieras de su lado. Una mujer como ella no cambia de opinión de la noche a la mañana. Quédate alerta, mi amor, por favor. No dejes que se te acerque tanto...se que ella no te quiere.

Esta última frase quedó retumbando en la cabeza de Camila, ella sabía que no la quería y además la envidiaba.

​La conversación se extendió por largo rato, desmenuzando cada actitud de Amalia, el contraste tan cínico entre las dos versiones de la historia, la preocupación por el futuro de Luciano y el bienestar de la abuela Mildred. Hablaron de todo lo que venía para ellos como pareja, buscando soluciones y apoyándose mutuamente en medio de la tormenta familiar que se avecinaba.

​Poco a poco, las palabras empezaron a sobrar. El peso de la preocupación mutua dio paso a una necesidad imperiosa de refugiarse en el otro, de recordar que, a pesar de todo el caos exterior, ellos se tenían el uno al otro.

​Oliver la miró con una ternura infinita, agradeciendo internamente tener a una mujer tan perceptiva y noble a su lado. Se inclinó despacio y la besó. Fue un beso tierno al principio, un roce suave que buscaba consolarla y transmitirle paz. Sin embargo, la cercanía, el aroma de su piel y la intensidad de los días compartidos hicieron que la chispa se encendiera con fuerza. La excitación les ganó a ambos en un abrir y cerrar de ojos. El beso se volvió profundo, urgente, cargado de un deseo que había estado contenido.




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