Los Colores del Girasol

Capitulo 27

A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a despuntar cuando el auto de Oliver se detuvo frente a la casa de Doña Mildred. Cumpliendo su promesa, Oliver había llevado a Camila bien temprano para que ella pudiera cambiarse, arreglarse con calma y así después poder dejarla directamente en su oficina.
​Al abrir la puerta, el delicioso aroma a hogar los recibió de inmediato. Doña Mildred ya los esperaba con el desayuno recién hecho y un café caliente recién colado, cuya fragancia inundaba toda la cocina.
​—Buenos días, mis muchachos —saludó la abuela con una sonrisa de oreja a oreja, feliz de verlos juntos—. Sabía que llegarían temprano, así que les preparé algo para que no se vayan con el estómago vacío.
​Mientras Camila subía corriendo a su habitación para cambiarse de ropa y retocar su maquillaje, Oliver se quedó en el comedor conversando amenamente con la matriarca. Hablaron de cosas triviales, del clima y del trabajo, disfrutando de la paz matutina que tanto necesitaban después de tantas tensiones. Cuando Camila bajó, ya lista y radiante con su atuendo de oficina, se sentó con ellos unos minutos para terminar de tomar el desayuno en familia.
​Al terminar, llegó el momento de marcharse. Los tres se dirigieron a la puerta; Camila y Oliver se despidieron de Doña Mildred con un beso en la mejilla y la bendición de la abuela, quien los vio caminar hacia el auto tomados de la mano.
​Oliver se sentía el hombre más afortunado del mundo. Mientras encendía el motor y salía a la calle, miraba de reojo a Camila y una oleada de felicidad pura lo invadía. El plan en su cabeza ya estaba trazado: la dejaría en la entrada de su trabajo y, en cuanto se despidiera de ella, iría directo a la floristería para encargar un enorme ramo de sus flores favoritas y mandárselas de sorpresa a la oficina. Quería que supiera, desde temprano, lo mucho que la amaba.
​Camila sonreía, mirando por la ventana el movimiento de la ciudad que despertaba.

El trayecto hacia la oficina se pasó volando entre risas y planes improvisados para el fin de semana. Oliver detuvo el auto justo frente a la entrada principal del edificio, apagando el motor por un instante para no apresurar la despedida.
​Camila se giró en el asiento con una sonrisa brillante y, antes de abrir la puerta, se acercó a él. Se despidieron con un tierno beso, largo y pausado, que parecía congelar el tiempo en medio del ajetreo de la mañana.
​—Te amo, Oli —susurró ella al separarse, mirándolo a los ojos con una ternura infinita.
​Oliver la rodeó con sus brazos, apegándola a su pecho en un abrazo cálido y protector, como si una parte de su instinto se negara a soltarla. Le dio un beso suave en la frente antes de responderle con la voz impregnada de un sentimiento profundo:
​—Yo también te amo locamente, Cami... Eres el amor de mi vida.
​Camila se sonrojó de inmediato, sintiendo ese característico cosquilleo en el estómago que Oliver siempre lograba provocar en ella. Le dedicó una última mirada cargada de afecto, tomó sus cosas y bajó del vehículo. Caminó hacia la entrada con paso firme, lista para comenzar su jornada laboral, mientras Oliver la observaba alejarse con una sonrisa boba en el rostro, contando los minutos para darle la sorpresa de las flores.
​Sin embargo, el peligro seguía latente. A solo unos metros de ahí, agazapado en el flujo vehicular, el plan de Octavio ya estaba en marcha.

Los días se convirtieron en una rutina perfecta para Oliver y Camila. Esa semana transcurrió sin mayor novedad en apariencia, y las hojas del calendario se fueron rápidamente. Entre cafés por la mañana, almuerzos compartidos y mensajes a mitad del día, la recién iniciada relación se fortalecía más con cada hora que pasaba. El amor que se tenían crecía sobre bases firmes, blindándolos —sin saberlo— de la tormenta que se formaba a la distancia.
​Últimamente, Oliver se había tomado muy en serio su papel de protector; la llevaba al trabajo por las mañanas y la buscaba puntualmente al terminar su jornada. Cada trayecto era una excusa para estar juntos, para reír y para demostrarse lo mucho que se amaban.
​Sin embargo, esta constante cercanía afectó por completo los planes de Octavio. Desde la penumbra de su auto, estacionado a una distancia prudente, Octavio apretaba los puños sobre el volante cada vez que veía el vehículo de Oliver detenerse frente a la oficina. El maldito infeliz no se le despegaba ni un segundo. Octavio no contaba con la presencia tan activa de Oliver en la rutina de Camila; gracias a él, todo se había atrasado y sus meticulosos planes de sabotaje se habían visto frenados una y otra vez. No podía arriesgarse a actuar con un testigo a bordo.
​Pero Octavio era un depredador paciente. Sabía esperar. Sabía que la perfecta sincronía de la pareja no duraría para siempre y solo buscaba la oportunidad exacta, un mínimo descuido, una tarde en la que Oliver se retrasara o Camila tuviera que moverse sola. Una oportunidad que, para desgracia de los enamorados, se le daría muy pronto.

La oportunidad dorada llegó de la forma más inesperada, gracias a la misma red de hilos que Amalia manejaba a la perfección.
​Una tarde, mientras Luciano revisaba distraídamente unos papeles en la sala, comentó sin darle importancia que Oliver tendría que viajar de urgencia por motivos de negocios y estaría fuera de la ciudad durante unos días. Amalia, que en ese momento limaba sus uñas en el sofá, fingió desinterés, pero su mente calculadora registró el dato de inmediato. En cuanto Luciano entró a la ducha, ella se escabulló al balcón y marcó el número de su amante.
​Al otro lado de la línea, en la penumbra de su coche, Octavio vio encenderse la pantalla.
​—Dime —respondió con su habitual tono seco.
​—Es el momento, ella estará sola toda esta semana —le informó Amalia en un susurro cargado de veneno, con la mirada fija por si Luciano salía—. Oliver viaja hoy mismo. No habrá nadie que la cuide ni que la lleve a ninguna parte. Es tu oportunidad.
​Aquellas palabras alegraron profundamente a Octavio, quien ya estaba harto y cansado de pasarse la mayor parte del día sentado en su vehículo, consumiendo cigarrillos y viendo cómo el maldito novio de Camila arruinaba cada uno de sus intentos de acercamiento. El encierro y la espera forzada lo tenían de mal humor, pero la noticia le devolvió la fría sonrisa al rostro.
​—Por fin una buena noticia —respondió Octavio, enderezándose en el asiento y encendiendo el motor—. Ya me estaba aburriendo de jugar al espectador. Despreocúpate, Amalia. Si va a estar sola, el terreno está limpio. Esta misma noche me encargo de dejarle el camino listo para su "accidente".
​Amalia sonrió con malicia antes de colgar:
​—Que parezca una falla de su propio carro, Octavio. No dejes cabos sueltos.
​Al cortar la comunicación, Octavio guardó el teléfono y miró hacia el edificio de oficinas. La paciencia había rendido sus frutos. Sin Oliver como escudo protector, Camila estaba completamente indefensa, y él ya sabía exactamente qué herramientas iba a usar esa misma madrugada en el estacionamiento de su casa para asegurar que su viaje del día siguiente fuera el último.




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