Los Colores del Girasol

Capitulo 28

Deslizándose como un fantasma entre los arbustos del jardín, Octavio ingresó sigilosamente a la propiedad. Con movimientos ágiles y estudiados, se arrastró debajo del auto de Camila. Apoyado sobre su espalda, iluminó la parte inferior del vehículo con una linterna diminuta y sacó sus herramientas. Con fría precisión, se encargó de aflojar y quitar ciertas piezas clave del sistema de frenos y dirección; la idea era impecable: no debía quedar rastro de intervención humana, sino que debía parecer un simple y lamentable accidente mecánico.
​Tan pronto terminó el "trabajito", se limpió las manos llenas de grasa, salió del escondite sin hacer el menor ruido y se alejó en la oscuridad. Ya a salvo en su auto, sacó el teléfono para comunicarse con Amalia. Sabía perfectamente que no podía escribir nada comprometedor por si alguien revisaba el celular, así que redactó un mensaje en clave:
​"Ya se hizo el envío, mañana deberá estar recibiendo el paquete."
​En ese mismo instante, a varios kilómetros de allí, Amalia se encontraba recostada en la cama de su habitación leyendo un libro. Al ver que la pantalla del celular se iluminaba sobre la mesita de noche, lo tomó de inmediato. Leyó el texto y una mueca de satisfacción macabra transformó sus facciones; no pudo evitar sonreír ampliamente mientras el corazón le latía con fuerza. "Al fin me desharé de Camila", pensó para sus adentros, saboreando por anticipado su inminente victoria.
​Estaba tan sumergida en sus oscuros planes y en el gozo de su maquiavélico triunfo que cometió un error fatal: no se dio cuenta de que Luciano, desde la puerta del baño y en completo silencio, la observaba atentamente, fijándose en la extraña y fría sonrisa que iluminaba el rostro de su prometida

Luciano dio un par de pasos hacia la cama, con la mirada clavada en ella y los brazos cruzados sobre el pecho. La tensión en la habitación se cortaba con un cuchillo.
​—¿Quién escribe a estas horas? —preguntó Luciano directamente, rompiendo el silencio—. Y sobre todo... ¿de qué te sonríes así?
​Amalia dio un ligero brinco en la cama, sorprendida, pero recuperó la compostura en cuestión de segundos. Guardó el teléfono debajo de la almohada con disimulo y dibujó una expresión dulce.
​—No es nada, amor —dijo sonriendo con soltura—. Solo que pedí unas cosas para la bebé y me están informando que el paquete viene en camino.
​Luciano entornó los ojos, sin terminar de convencerse. La respuesta había sido demasiado rápida.
​—Mmmmm, ¿pero a esta hora? —preguntó, alzando una ceja.
​—Amor, yo qué sé —respondió ella en tono juguetón, alzando levemente los hombros—. Solo fue un mensaje automático y ya... tranquilo.
​—Estoy tranquilo, solo me parece extraño —le informó Luciano, manteniendo la voz firme y seria.
​Sintiendo la presión, Amalia optó por cambiar el tema sutilmente para no acorralarse sola.
​—Mejor dime si pudiste terminar de revisar los papeles de la oficina, porque te veías agotado —comentó con voz suave, buscando distraerlo.
​Sin embargo, Luciano no dejaba de pensar en la sonrisa tan extraña y ajena que acababa de ver en su prometida. Algo en su instinto le decía que no era un simple paquete de ropa de bebé, y se prometió a sí mismo que ya averiguaría qué pasaba en realidad.
​Por lo pronto, no quiso alargar la discusión. Se acercó a ella en la cama, se inclinó, le dio un beso en la frente y dijo:
​—Mejor descansemos, no te hace bien trasnocharte. Debemos aprovechar porque cuando tengamos a la bebé no podremos dormir tanto.
​—Sí, lo sé —dijo Amalia suspirando, acomodándose bajo las cobijas—. Hasta mañana, mi vida.
​Luciano apagó la luz de la mesa de noche. En la penumbra, ambos cerraron los ojos: Amalia contando las horas para la tragedia de la mañana, y Luciano con la semilla de la duda sembrada en el pecho.

En la penumbra, ambos cerraron los ojos: Amalia contando las horas para la tragedia de la mañana, y Luciano con la semilla de la duda sembrada en el pecho.
​A la mañana siguiente, el sol brillaba con fuerza cuando Camila despertó. Se arregló con calma para ir al trabajo, disfrutando de la tranquilidad de la casa, y bajó a desayunar con su abuelita Mildred antes de salir. Al despedirse, caminó hacia su vehículo estacionado en la entrada y se subió, acomodando su bolso en el asiento del copiloto.
​Sin embargo, cuando estaba a punto de girar la llave para encender el motor —completamente ajena al sabotaje que escondía la parte baja del auto—, el claxon de otro vehículo la hizo detenerse. Era Lucía, quien acababa de estacionarse justo detrás. Se bajó con una gran sonrisa y se acercó a la ventana de Camila, dispuesta a conversar y ofreciéndose a llevarla al trabajo, pues tenía ganas de ponerse al día. Camila, que en realidad no tenía muchas ganas de manejar esa mañana, suspiró con alivio y no lo pensó dos veces.
​—Amiga mía, con gusto acepto tu propuesta —respondió Camila entre risas, bajándose de su coche y cerrando la puerta—. ¡Qué rico tener chófer, en este caso chófera! Jajajaja.
​—Aprovecha, Cami, que esto no se ve todos los días —respondió Lucía soltando una carcajada mientras le abría la puerta de su auto—. Además... hay chismesito del bueno.
​—¡No se diga más, mi hermana del alma! Vamos —dijo Camila entusiasmada, montándose de inmediato en el asiento del copiloto de Lucía.
​En cuanto Lucía puso el auto en marcha hacia la avenida principal, miró de reojo a su amiga con complicidad.
​—¿Sabes que ayer fui a una Speed Date? —preguntó Lucía.
​—¿En serio? ¿Y qué tal? ¿Sí funciona? —inquirió Camila, acomodándose en el asiento, sorprendida por la revelación.
​—No sé si funciona, lo que sí sé es que es súper divertido.
​Y así siguieron conversando alegremente a lo largo de todo el trayecto. Entre risas, anécdotas cómicas de las citas rápidas y confesiones sinceras, la charla tomó un tono más dulce cuando Camila terminó confesando, con un suspiro en la mirada, lo muchísimo que ya extrañaba a Oliver a pesar de que apenas llevaba unas pocas horas de haber tomado el avión.
​El viaje transcurrió entre risas y sin ningún contratiempo. Minutos más tarde, llegaron al estacionamiento de la empresa, sanas y salvas.
​—Quedamos para almorzar juntas hoy, ¿sale? —dijo Lucía apagando el motor.
​—Por supuesto, nos vemos a mediodía —respondió Camila dándole un abrazo cariñoso antes de bajar del auto.
​Ambas caminaron hacia la entrada de la oficina para comenzar su jornada. Sin saberlo, el destino —y la oportuna llegada de Lucía— le acababa de salvar la vida a Camila por puro azar. Pero el peligro no había desaparecido: el vehículo saboteado por Octavio seguía allí, esperándola en casa de Doña Mildred como una trampa de tiempo a punto de estallar.




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