Los Colores del Girasol

Capitulo 29. El Accidente

​El pánico se apoderó de Camila cuando vio que un vehículo familiar se cruzaba en la intersección. En un acto desesperado de puro instinto por evitar una tragedia mayor y no arrollar al otro auto, giró el volante con todas sus fuerzas. El vehículo saboteado derrapó violentamente, perdió el equilibrio al impactar de lleno contra la base de un poste de luz y volcó en medio de la vía, dando una vuelta de campana antes de quedar de costado sobre el pavimento.
​El impacto fue devastador. El cuerpo de Camila se sacudió con fuerza y su cabeza golpeó brutalmente contra el cristal lateral, dejándola completamente inconsciente y sangrando por la frente.
​—¡Auxilio! ¡Un accidente! —comenzaron a gritar los testigos de los locales cercanos.
​En cuestión de segundos, varias personas corrieron hacia el vehículo volcado para intentar sacar a la joven. La desesperación se multiplicó cuando un hilo de humo denso y llamas comenzaron a brotar del motor deformado. Entre tres hombres forzaron la puerta del copiloto, logrando desabrochar el cinturón de seguridad y arrastrar con cuidado el cuerpo inerte de Camila lejos del auto, justo antes de que el fuego se expandiera por la carrocería.
​El sonido ensordecedor de las sirenas cortó el aire de la noche. En cuestión de minutos, la ambulancia y los paramédicos llegaron al lugar, desplegando todo el equipo de emergencia para estabilizar a Camila, quien yacía inmóvil en la acera mientras los bomberos sofocaban las llamas.

En la casa de Doña Mildred, la quietud de la noche comenzaba a volverse pesada. La abuela miraba el reloj de la pared una y otra vez: ya habían pasado más de dos horas desde que Camila había salido. El supermercado estaba relativamente cerca, a pocos minutos en auto, y no había razón alguna para que su nieta se demorara tanto. Un desasosiego opresivo empezó a instalarse en su pecho.

​Doña Mildred caminaba de la cocina a la sala, asomándose a la ventana cada vez que escuchaba el motor de algún vehículo pasar por la calle, con la esperanza de ver los faros del carro de Camila. Nada.

​De pronto, en medio del silencio nocturno, a lo lejos se escuchó el ulular distante y desgarrador de varias sirenas de emergencia que cortaban el aire. Un escalofrío helado le recorrió la espalda a la anciana y sintió cómo se le erizaba la piel por completo. Se llevó una mano al pecho, apretando el rosario que llevaba en el cuello, y cerró los ojos con angustia.

"Dios mío, cuida y guarda a mi muchachita...", pensó en un ruego desesperado, sintiendo una opresión en el corazón que ningún instinto de abuela suele ignorar.

​Justo en ese milisegundo de plegaria, el estridente repique del teléfono fijo rompió el silencio de la casa, haciéndola dar un brinco. Doña Mildred corrió hacia la mesa auxiliar, con las manos temblorosas, y descolgó el auricular.

​—¿Aló? —alcanzó a decir con la voz entrecortada.

​—Buenas noches. ¿Hablo con la señora Mildred de Aristigueta? —preguntó una voz masculina, grave y formal, al otro lado de la línea.

​—Sí, sí, ella habla. ¿Quién es?

​—Le habla el oficial Vargas, de la policía de tránsito. Sra. Mildred, necesitamos verificar si usted es familiar de la joven Camila Mendoza.

​Al escuchar el nombre de su nieta en boca de un oficial de policía, a Doña Mildred se le fue todo el aire de los pulmones. El suelo pareció moverse bajo sus pies.

​—¡Sí! ¡Soy su abuela! ¡Es mi nieta! —exclamó con la voz quebrándose en pánico—. Por favor, oficial, dígame qué pasa. ¿Dónde está Camila? ¿Le pasó algo a mi niña?

​—Señora, mantenga la calma, por favor —pidió el oficial, tratando de moderar su tono—. Tuvimos un reporte de un accidente automovilístico hace unos momentos en la bajada de la avenida principal. El vehículo de la señorita Camila sufrió una falla y chocó.

​—¡No! ¡Dios mío, no! —gritó Doña Mildred, rompiendo en un llanto desgarrador. Las lágrimas le nublaron la vista instantáneamente y tuvo que apoyarse con fuerza de la mesa para no caerse al piso—. ¡Mi muchachita! ¡¿Cómo está ella?! ¡Dígame la verdad, por favor!

​—La joven estaba inconsciente cuando los paramédicos la rescataron, sufrió un golpe fuerte en la cabeza, pero va con vida —informó el policía con rapidez para tranquilizarla—. En este momento la ambulancia la está trasladando de urgencia al Hospital Central. Necesitamos que un familiar se presente lo antes posible.

​—¡Voy para allá! ¡Voy de inmediato! —sollozó la anciana, temblando descontroladamente.

​Colgó el teléfono torpemente, cayendo de rodillas al lado de la mesa mientras ahogaba un grito de dolor y desesperación. Sola en la casa, entre lágrimas y súplicas al cielo, intentó torpemente marcar el número de Luciano para avisarle.

Las sirenas de la ambulancia rasgaron el silencio de la noche al frenar de golpe en la entrada de urgencias del Hospital Central. Los paramédicos bajaron la camilla a toda prisa, mientras un equipo de médicos y enfermeras ya los esperaba en las puertas automáticas.
​—¡Femenina, 28 años, víctima de volcadura de vehículo tras colisión! —gritó el paramédico mientras corrían por el pasillo—. Entró en paro durante el traslado, pero logramos estabilizarla. Presenta traumatismo craneoencefálico severo con pérdida de conocimiento y probable fractura de clavícula derecha.
​Camila venía muy malherida. Su rostro, habitualmente lleno de vida, estaba pálido y cubierto de hematomas, con un hilo de sangre seca que le bajaba desde la sien. La camilla se adentró a toda velocidad en el área de trauma shock, donde los médicos comenzaron a cortarle la ropa, monitorear sus signos vitales y canalizar vías de emergencia.
​—¡Está descompensándose! —ordenó el médico de guardia—. Llévenla de inmediato a tomografía para descartar edema cerebral y preparen el quirófano si esa clavícula comprometió algún vaso. ¡Sigue completamente inconsciente!
​Mientras tanto, en la casa de la abuela, Doña Mildred Milena logró comunicarse con Luciano para avisarle. Al escuchar la trágica noticia sobre el choque y el estado de su hermana, Luciano quedó completamente en shock. La voz de su abuela comenzó a sonar distante en el auricular:
​—¡Luciano! ¡Luciano, por Dios, contéstame! ¡Luciano! —repetía la anciana una y otra vez, tratando de hacerlo reaccionar a través del teléfono.
​La voz angustiada de Doña Mildred lo sacó finalmente del estado de conmoción. Luciano tragó grueso y reaccionó, apretando el teléfono con fuerza.
​—Voy a buscarte, abuela, llego en 15 minutos —y agregó, intentando mantener la firmeza para no derrumbarla más—: Abuela, todo estará bien, Cami estará bien.
​Al colgar, Luciano se giró bruscamente hacia la salida. Amalia, que había escuchado los gritos desde la habitación y se había acercado a la sala, vio la cara de Luciano y supo de inmediato lo que había sucedido. Una chispa de triunfo cruzó por sus ojos, pero rápidamente compuso el rostro y trató de disimular su satisfacción.
​—Amor, ¿qué sucede? ¿Por qué tienes esa cara? —preguntó fingiendo angustia.
​—Camila tuvo un accidente —le informó Luciano con la mirada ensombrecida y la respiración agitada.
​—Pe... pe... ¡¿pero qué pasó?! —exclamó ella, pretendiendo estar en shock.
​—Amalia, no tengo tiempo para explicar, debo ir a la clínica —dijo Luciano tomando las llaves del auto de la mesa.
​—Te acompaño —se ofreció ella, dando un paso al frente para aparentar apoyo.
​—No, Amalia, no en tu estado. Por favor, está pendiente del teléfono y avísale a mis padres —y sin más explicaciones, le dio la espalda y salió a toda prisa de la casa, dejando a Amalia sola en la entrada.
​En cuanto escuchó el motor del auto alejarse a toda velocidad, la falsa expresión de zozobra de Amalia desapareció por completo, dejando al descubierto una sonrisa calculadora.




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