Los Colores del Girasol

Capitulo 30.

El silencio que quedó en la sala de espera pesaba más que el aire. Doña Mildred cerró los ojos y apretó el bastón, murmurando una oración en silencio. Luciano, sintiendo las manos frías y temblorosas, sacó el teléfono del bolsillo. Sabía que no podía postergarlo más: tenía que darles la noticia a sus padres antes de que se enteraran por alguien más o llegaran sin saber nada. Marcó el número de la casa y se alejó un par de pasos hacia el ventanal del pasillo.
​Al segundo repique, la voz pausada de Don Roberto resonó al otro lado de la línea:
​—¿Luciano? Hijo, ¿Porque llamas a esta hora?
​—Papá... escúchame —dijo Luciano, haciendo un esfuerzo sobrehumano para tragarse el nudo que le cerraba la garganta y mantener la voz lo más serena posible—. Necesito que estés tranquilo y me escuches con atención, por favor. ¿Está mamá contigo?
​El tono de su hijo encendió las alarmas de Don Roberto al instante. Al fondo de la llamada, se escuchaba la voz de Fernanda preguntando quién era.
​—Sí, aquí está a mi lado. Luciano, me estás preocupando, ¿qué pasa? —preguntó Roberto, su voz endureciéndose por la repentina tensión.
​—Estoy en la clínica con la abuela... Papá, Camila tuvo un accidente.
​Un silencio pesado y cortante inundó la llamada. Se escuchó el murmullo ahogado de Fernanda al ver la cara de su esposo, adivinando que algo andaba mal.
​—¿Qué...? ¿Cómo que un accidente? ¡Luciano, por Dios, dime qué le pasó a tu hermana! —escuchó a su madre gritar de fondo, quitándole el teléfono a Roberto con desesperación.
​—¡Mamá, papá, escúchenme los dos! —pidió Luciano, alzando un poco la voz para hacerse oír sobre el llanto de su madre—. Iba manejando y chocó. Ya estamos aquí con ella. Acaba de salir el médico a darnos el parte. Tiene la clavícula rota, pero... recibió un golpe muy fuerte en la cabeza. El cerebro se le inflamó por el impacto.
​—¡Vamos para allá! ¡Nos vamos ya mismo! —se escuchó a Fernanda al otro lado, rompiendo a llorar en un ataque de pánico mientras Don Roberto intentaba sostenerla y tomar el control de la llamada.
​—Dame el teléfono, Fernanda... Luciano, hijo, dinos la verdad, ¿cómo está ella? —intervino Don Roberto buscando ser el pilar de su esposa.
​—Los doctores decidieron inducirle un coma para protegerla y dejar que el cerebro se desinflame, papá. Está sedada, no está sufriendo, pero la van a pasar a la Unidad de Cuidados Intensivos. Necesito que calmes a mamá, pidan un taxi y vengan con cuidado. Por favor, no manejes así.
​—Tranquilo, hijo... ya vamos para allá —alcanzó a decir Don Roberto antes de colgar para atender a su esposa.
​Luciano cortó la llamada y apoyó la frente contra el vidrio helado de la ventana. Respiró hondo, tratando de asimilar el peso de todo lo que estaba ocurriendo: sostener a sus padres al llegar, cuidar de su abuela y, además, buscar el momento para marcarle a Oliver, a kilómetros de distancia, y darle la noticia que le rompería el corazón.

A miles de kilómetros de allí, Oliver se encontraba en la habitación del hotel revisando unos informes de trabajo sobre su escritorio. Al ver el nombre de Luciano iluminar la pantalla a esa hora de la madrugada, un presagio sombrío le apretó el estómago. Contestó al segundo repique.

​—Luciano ¿Que paso? ¿Todo bien? —preguntó Oliver sin rodeos, levantándose del escritorio.

​—Oliver... —Luciano hizo una pausa, luchando por encontrar las palabras adecuadas—. Tienes que escucharme con calma, hermano. Ocurrió un accidente.

​— ¿Accidente? ¿Paso algo con Amalia y la bebé?—la voz de Oliver se alteró de inmediato, el pánico apoderándose de cada fibra de su cuerpo.

​—No...Oliver es Camila, tuvo un accidente en el auto hace unas horas... Su carro falló en una bajada. Chocó y volcó —explicó Luciano rápidamente, intentando no perder el control—. Estamos en el Hospital Central. Sufrió un impacto muy fuerte en la cabeza y una fractura de clavícula. Los médicos acaban de ponerla en un coma farmacológico inducido para controlar la inflamación en su cerebro.

​Un silencio sepulcral se apoderó de la línea desde Estados Unidos. Del otro lado, el mundo de Oliver se derrumbó en un instante; sintió cómo el aire se le escapaba por completo de los pulmones.

​—No... no, no, esto no puede ser —alcanzó a balbucear Oliver, sintiendo la cabeza ligera por el pánico—. Estaba hablando con ella hace solo unas horas, Luciano... ¡Hablé con ella temprano, iba con Lucía!

​—Oliver, no te mentire, la situación es crítica, las próximas setenta y dos horas son determinantes. Ella está delicada... los médicos están haciendo todo lo posible en la UCI.

​—Voy a cancelar todas mis reuniones —sentenció Oliver de inmediato sin dudarlo un segundo—. Trataré de conseguir un vuelo para mañana. Estaré allá lo antes posible, Luciano. Cuídala, por lo que más quieras.

​—Aquí voy a estar, no me voy a mover de su lado. Te mantengo al tanto de cualquier cambio —respondió Luciano antes de colgar.

Al guardar el celular en el bolsillo, Luciano apretó los puños. Las palabras de Oliver resonaron en su cabeza: “Hablé con ella mientras iba con Lucía...”. Camila no había usado su carro en todo el día.

Las puertas automáticas de urgencias se abrieron de par en par y los pasos apresurados de Don Roberto y Fernanda resonaron en el pasillo. La angustia se le marcaba a Fernanda en el rostro, con los ojos hinchados de tanto llorar durante el trayecto, mientras que Don Roberto caminaba unos pasos más atrás, aparentando una calma estoica. Sin embargo, por dentro estaba completamente roto. La relación con su hija Camila siempre había sido distante y fría, un muro invisible que ella misma había levantado con el tiempo; pero en ese momento, el peso de esa distancia aplastaba el alma de Don Roberto con un remordimiento feroz. Además, al mirar a su esposa, sabía con dolorosa certeza que Fernanda no soportaría jamás la pérdida de ninguno de sus hijos.
​Luciano, al ver entrar a sus padres, no dudó un segundo: avanzó hacia ellos y los envolvió en un abrazo apretado. Los tres permanecieron fundidos en ese silencio doloroso durante varios minutos, buscando refugio y fuerza el uno en el otro en medio de la pesadilla.
​Poco después, tanto Luciano como Doña Mildred Milena se encargaron de ponerlos al tanto del informe médico: la fractura de clavícula, el traumatismo craneoencefálico, el edema cerebral y la decisión crítica de mantener a Camila en un coma farmacológico inducido en la UCI durante las próximas cuarenta y ocho a setenta y dos horas.
​Doña Mildred no se había movido de la sala de espera, entre sus manos arrugadas apretaba con fuerza el rosario que la misma Camila le había regalado tiempo atrás, pasando cada cuenta con devoción mientras sus labios murmuraban súplicas al cielo por la vida de su nieta.
​Al escuchar la gravedad del diagnóstico, a Fernanda se le quebraron las piernas. Se soltó del abrazo de Luciano y caminó lentamente hacia la matriarca de la familia.
​—Mamá... —dijo Fernanda con la voz hecha un hilo de sollozo, mientras se acercaba a Doña Mildred Milena y se arrodillaba frente a ella, buscando refugio en su regazo.
​Doña Mildred Milena interrumpió sus oraciones, guardó el rosario entre las manos de su hija y le acarició la cabeza con la dulzura y firmeza que solo una madre puede transmitir en los peores momentos.
​—Llora, mi niña, llora todo lo que necesites —le dijo la con serenidad maternal, aunque sus propios ojos brillaban por las lágrimas—. Pero no pierdas la fe. Camila es una muchacha fuerte, recuerda que los milagros ocurren hija.
​A pocos metros, Don Roberto permanecía de pie, en silencio, apoyado contra la pared. La miraba a la distancia, sintiendo que el pecho le quemaba. Saber que su hija está entre la vida y la muerte, consciente de lo lejos que habían estado emocionalmente, era un castigo mil veces peor que cualquier reclamo.
​En ese momento, una enfermera se asomó por la puerta doble de la UCI.
​—Familiares de la paciente Camila Mendoza... Ya la tenemos instalada en la cama cuatro. Puede pasar una sola persona por unos minutos.




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