Don Roberto salió de la Unidad de Cuidados Intensivos con los ojos rojos y el rostro desencajado por el dolor. Se acercó a su esposa, la tomó con delicadeza por los hombros y, con la voz quebrada, le susurró: «Entra, Fernanda... te necesita». Ella asintió en silencio y cruzó las puertas dobles. Tras su corta pero conmovedora visita, la familia se congregó en la sala de espera, unidos en una tensa vigilia, aferrándose a la fe de que Camila superara la noche sin complicaciones.
A la mañana siguiente, Luciano y Don Roberto se dirigieron a la delegación policial para conocer los avances del caso. En la oficina del perito, el oficial revisaba el informe técnico sobre la mesa antes de mirar de frente a los dos hombres.
—Esto no fue un simple accidente —declaró el perito con gravedad—. Encontramos una manipulación intencional en el sistema de frenos. ¿Sabe si su hermana tiene enemigos?
—No que yo sepa —respondió Luciano de inmediato, sintiendo cómo una corriente helada le recorría la espalda al confirmar sus peores sospechas.
—Iniciaremos una investigación formal y les estaremos informando —concluyó el oficial, guardando la carpeta.
A todas estas, Amalia no paraba de enviar mensajes al celular de Luciano. En sus textos se leía una angustia desmedida, preguntando insistentemente si Camila había sobrevivido y pidiendo que la mantuvieran al tanto de cada detalle. Su nerviosismo era evidente, temiendo que la jugada le saliera mal.
«No te preocupes, amor, te estaré informando», le respondió Luciano con frialdad, guardando el teléfono mientras ocultaba la tormenta de sospechas que se cocinaba en su cabeza.
Al regresar a la clínica, llevaron el almuerzo para Doña Mildred Milena y Fernanda. La familia acordó turnarse para que todos pudieran descansar un poco. Tras comer algo, la abuela, Fernanda y Don Roberto se retiraron a la casa para reponer fuerzas, ya que les tocaría pasar la noche en el hospital al cuidado de Camila.
Luciano se quedó en la sala de espera y mantuvo contacto constante con Oliver. Horas más tarde, las puertas de la clínica se abrieron y Oliver apareció en el pasillo, con el rostro pálido por el viaje de emergencia desde Estados Unidos y la desesperación marcada en la mirada, listo para correr al lado de Camila.
Detrás de Oliver venía Lucía, agitada y con el rostro desencajado. Se había enterado de la tragedia gracias a una llamada rápida de Doña Mildred Milena esa misma mañana y no había dudado un segundo en salir corriendo hacia la clínica. Al ver a Luciano en medio del pasillo, se lanzó a sus brazos en un abrazo apretado y lleno de consuelo.
—¡Luciano! —dijo Lucía con la voz entrecortada, separándose apenas para mirarlo a los ojos—. ¿Cómo está Camila? Por favor, dime qué han dicho los médicos.
Luciano los miró a ambos. Oliver, visiblemente agotado por el viaje sin escalas y consumido por la angustia, permanecía a su lado en absoluto silencio. Luciano les indicó unas sillas en una zona más reservada de la sala de espera.
—Siéntense, por favor —les dijo con voz grave—. Tienen que saber exactamente qué está pasando.
Luciano les explicó con detalle el diagnóstico: el traumatismo craneoencefálico, la fractura de clavícula y la decisión médica de mantener a Camila en un coma farmacológico inducido durante las próximas cuarenta y ocho a setenta y dos horas para proteger su cerebro. Oliver se llevó las manos a la cara, ahogando un sollozo, mientras Lucía le apretaba la mano con fuerza para sostenerlo.
Pero la mirada de Luciano cambió de tinte. Se inclinó un poco hacia ellos y bajó el volumen de la voz.
—Hay algo más... Algo que nos informaron hoy en la mañana en la delegación policial.
Oliver levantó la cabeza de golpe, atento a sus palabras.
—El perito revisó el vehículo —continuó Luciano, midiendo cada palabra—. No fue un fallo mecánico casual. El sistema de frenos fue manipulado intencionalmente. El auto de Camila fue saboteado y la policía ya abrió una investigación por intento de homicidio.
Un silencio pesado y helado cayó sobre ellos. La sorpresa y el horror se reflejaron al instante en los rostros de Lucía y Oliver, dejándolos completamente atónitos.
—¡¿Qué?! —exclamó Lucía llevándose la mano a la boca, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Quién sabotearía el auto de Camila? ¡Y lo más importante, ¿por qué?!
—Camila no tiene enemigos, es imposible que alguien quiera hacerle algo así... —agregó Oliver con la voz temblando de rabia e incredulidad—. Luciano, esto no tiene sentido... ¿Quién demonios querría matarla?
— Eso es precisamente lo que quiero saber ¿Quién?
Oliver se levantó de la silla casi de golpe, impulsado por una urgencia que no le cabía en el pecho.
—Tengo que verla, Luciano... Por favor, necesito pasar a la UCI ahora mismo —pidió Oliver con la voz entrecortada por la desesperación.
Luciano asintió en silencio, entendiendo que nada ni nadie podría detenerlo. Tras hablar con el personal médico de guardia y explicar que venía llegando de un viaje internacional de emergencia, la enfermera le permitió el ingreso.
Se colocó la bata estéril, el tapabocas y las protecciones con manos torpes y temblorosas. Al cruzar las puertas dobles de la Unidad de Cuidados Intensivos, el frío del lugar y el pitido rítmico del monitor cardíaco le oprimieron el corazón. Avanzó lentamente hacia la cama cuatro.
Al ver a Camila tan frágil, conectada al respirador artificial, con la venda en su cabeza y el rostro marcado por el accidente, la armadura de Oliver se desmoronó por completo. Se acercó a la orilla de la cama y, con una ternura infinita, tomó su mano fría entre las suyas.
Las lágrimas corrieron sin freno por su rostro, mojándole el tapabocas mientras se inclinaba hacia ella.
—Yo no suelo arrepentirme de nada, pero esta vez debo decirte, mi amor, que me arrepiento profundamente de no valorar todo el amor que me diste en su momento, de tratarte como si no me importaras... —dijo Oliver con la voz totalmente quebrada por el dolor—. Yo te amo y siempre te amé... En su momento fui lo suficientemente estúpido como para lastimarte, pero ya no lo soy, Camila... Necesito que luches. Lucha por ti... por mí... por todos los que te amamos... No me dejes solo... Yo necesito tu amor... Te necesito a ti en mi vida.
Oliver apretó su mano suavemente, buscando en ese gesto estático alguna respuesta, algún ligero movimiento de sus dedos, mientras la emoción le ahogaba las palabras en la garganta.
—Te prometí que esta vez todo sería distinto, pero para que veas que cumplo mis promesas, necesito que despiertes, mi amor... Por favor... no me dejes solo... Aquí me quedaré el tiempo que sea necesario para velar tus sueños... Te amo, Cami, vuelve a mí...tenemos que casarnos y tener hijos...
Aferrado a la mano de Camila, apoyó la frente sobre el borde del colchón y rompió a llorar en silencio. El tiempo pareció detenerse en esa pequeña habitación de la UCI; los minutos se convirtieron en horas y Oliver no se movió de su lado, velando su sueño inducido y dándole el calor de su presencia, temiendo que si la soltaba, ella se alejaría para siempre.
Afuera, en el pasillo, las horas habían pasado sin que se dieran cuenta. La tarde comenzaba a caer cuando las puertas del ascensor se abrieron y aparecieron de regreso Fernanda, Don Roberto y Doña Mildred Milena, listos para relevar a Luciano y asumir la guardia nocturna.
Al ver a Lucía allí y notar la ausencia de Oliver, la abuela entendió de inmediato dónde se encontraba el muchacho.
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Editado: 10.08.2026