Los Colores del Girasol

Capitulo 32

Pasaron dos semanas y no había señales de mejoria en el estado de salud de Camila. En la habitación 4 de la UCI, el ambiente se había vuelto asfixiante; el sonido rítmico de los monitores ya era parte de la banda sonora de sus vidas, un recordatorio constante de que Camila seguía ahí, pero no estaba.
​Fuera de la clínica, la dinámica familiar era tensa. Don Roberto, lejos de mostrarse derrotado por la tristeza, se había transformado en una fuerza de la naturaleza. Ya no pedía favores; él exigía resultados. A diario, sin falta, llamaba al jefe de la policía. Su tono era cortante y autoritario.
​—No me hables de protocolos ni de falta de pistas —le espetó Don Roberto durante una de sus llamadas—. Tienes a mis mejores hombres moviéndose, y espero que los tuyos hagan lo mismo. Quiero que revisen hasta la última tuerca de ese vehículo y que me digas quién estuvo cerca de él antes del accidente. ¡Señor, esto no fue un infortunio, fue un atentado, y si no tienes la capacidad de resolverlo, buscaré a alguien que sí la tenga!
​Mientras el Papá de Camila y Oliver movían cielo y tierra con sus contactos, La situación era otra entre Amalia y Luciano, la relación había alcanzado un punto de no retorno. Amalia, ignorando el dolor que inundaba a la familia Mendoza Aristigueta, insistía en mantener los planes de la boda.
​Una noche, la discusión estalló en el salón principal. Amalia, con un tono que pretendía ser razonable pero que delataba su egoísmo, soltó la bomba:
​—Luciano, debemos retomar los planes. No podemos cancelar todo ahora. Los proveedores, los invitados, la logística... la gente va a empezar a hablar si seguimos postergando esto indefinidamente.
​Luciano la miró con una incredulidad que rápidamente se transformó en rabia.
​—¿Bromeas, verdad? —respondió él, con la voz baja pero cargada de advertencia—. ¿Me estás hablando de logística y proveedores cuando mi hermana está peleando por su vida?
​—Estoy pensando en nuestro futuro, Luciano —respondió ella, endureciendo la mirada—. Tenemos compromisos.
​Luciano se pasó las manos por el cabello, exasperado.
​—Bueno, chica, ¡ya va! —exclamó él, perdiendo finalmente la paciencia—. Mi hermana está grave, mi hermana está mal. Yo no tengo cabeza, ni yo ni mi familia tenemos cabeza para una boda ahora mismo. ¿Es que no lo entiendes? ¡La boda está suspendida y punto! No voy a permitir que me hables de una fiesta mientras Camila está conectada a un respirador. ¿Acaso no te importa que mi hermana esté al borde de la muerte? ¿No tienes conciencia, Amalia? ¿Qué demonios pasa contigo?
​Amalia intentó defenderse atropelladamente, argumentando el estrés de los preparativos y la presión de todos sus compromisos. Sin embargo, al ver la mirada delgada y helada con la que Luciano la observaba, sintió un golpe de realidad: se dio cuenta de que había cometido un grave error al presionarlo para efectuar la boda en la fecha señalada, quedando demasiado al descubierto.
​Al verse acorralada y notar que su egoísmo la estaba dejando en evidencia, dio un paso atrás, forzó un gesto de fragilidad y terminó pidiéndole disculpas a su prometido, asegurando que solo estaba nerviosa y desbordada por todo el estrés acumulado.
Pero el remedio resultó peor que la enfermedad. Esas disculpas forzadas e irónicas, tras semejante arrebato de insensibilidad, solo consiguieron sembrarle a Luciano muchas más dudas de las que ya tenía en su mente. A eso se le sumaba un detalle perturbador que no había podido sacarse de la cabeza: días atrás, había escuchado sin querer una conversación entre su novia y alguien más. Hablaban en murmullos y mencionaron el nombre de Camila. Si bien Luciano no terminó de escuchar el diálogo porque en ese preciso instante Oliver lo llamó por teléfono, sabía y sentía en lo más profundo de su corazón que algo andaba muy mal con Amalia.
​No fue sino hasta la tercera semana cuando ocurrió lo inesperado.
​Oliver estaba sentado al lado de la cama, como lo había hecho cada día sin falta desde que llegó. Sostenía la mano fría de Camila entre las suyas, hablándole en voz baja, cuando de pronto sintió una leve pero clara presión en sus dedos. Un pequeño apretón.
​Al principio, los médicos pensaron que se trataba de un reflejo o una reacción involuntaria propia del estado neurológico, pero no fue así. Camila estaba despertando.
​Aunque aún no abría los ojos y la sedación se iba retirando progresivamente, su cuerpo comenzaba a responder de manera constante a los estímulos externos. Movía levemente la cabeza al escuchar las voces conocidas y reaccionaba cuando apretaban su mano. La noticia corrió como pólvora por los pasillos de la clínica, llenando de una esperanza incontenible a toda la familia, mientras fuera de allí, la sombra del peligro y las sospechas de Luciano estaban a punto de alcanzar su punto de quiebre.

El rítmico sonido del monitor cardíaco parecía haberse acelerado levemente. Oliver, que no se había separado de la orilla de la cama, sintió cómo la presión en sus dedos se volvía más firme, más consciente.
​Poco a poco, los párpados de Camila comenzaron a moverse. Con una lentitud pesada, venciendo el cansancio de semanas en la penumbra del coma farmacológico, Camila por fin abrió los ojos.
​La luz tenue de la UCI le hizo entrecerrarlos por un segundo, pero al enfocar la mirada, la primera imagen que se dibujó ante ella fue el rostro de Oliver. Al reconocerlo, una oleada de emoción pura le recorrió el pecho; sus ojos se llenaron de lágrimas e intentó pronunciar su nombre, pero el tubo endotraqueal le impidió emitir cualquier sonido, dejando solo un suspiro ahogado y desgarrador.
​Oliver sintió que el corazón se le salía del pecho. Apretó la mano de Camila con extrema ternura, sin soltarla un solo segundo, mientras las lágrimas de emoción rodaban sin control por sus mejillas. En más de una ocasión, durante esas tres interminables semanas de agonía, él había temido en lo más profundo de su alma que Camila se iría de este mundo sin escucharlo pedir perdón, sin saber cuánto la amaba.
​—Tranquila, mi amor, no hables... no intentes hablar —le susurró Oliver con la voz totalmente quebrada por el llanto, inclinándose para besarle la frente con infinita devoción—. Aquí estoy, Cami... no te vayas a ningún lado, estoy contigo.
​Sin soltarle la mano con la izquierda, estiró el brazo derecho y presionó desesperadamente el botón del intercomunicador de la cabecera.
​—¡Por favor! ¡La enfermera, rápido! —exclamó Oliver con la voz ahogada por la emoción hacia el parlante—. ¡Camila despertó! ¡Abrió los ojos!
​Al otro lado del intercomunicador se escuchó el movimiento apresurado del personal médico. Mientras las puertas dobles de la UCI se abrían de golpe y el médico de guardia junto a dos enfermeras entraban a toda prisa a la habitación, Camila mantenía la mirada fija en Oliver, apretando su mano con las pocas fuerzas que tenía.
​En la mente de Camila, junto a la emoción de ver a Oliver, empezaban a emerger de forma difusa y caótica los fragmentos de aquella fatídica noche: la carretera oscura, el pedal del freno hundiéndose hasta el fondo sin responder, la desesperación al volante y el ensordecedor impacto del choque.




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