Amalia sentía que las paredes de la casa se le venían encima. Desesperada al verse acorralada y completamente descubierta por Luciano, decidió ignorar las tajantes órdenes de Octavio y no esperó más: sacó el teléfono y lo llamó.
Al otro lado de la línea, la respuesta fue hostil y la conversación subió de tono rápidamente. Aunque intentaban no dar detalles explícitos que los delataran en el atentado, la discusión entre ambos se volvió tensa y agitada. Pero la suerte de Amalia estaba echada.
En medio de la acalorada pelea, fuera de sí y buscando herir la frialdad con la que Octavio la trataba, Amalia soltó la frase que lo cambiaría todo:
—¡Y deja de actuar como si esto no te importara, porque tú sabes muy bien que este embarazo no es de Luciano!
Para su desgracia, en ese preciso instante, Luciano había salido en silencio de la habitación principal. La escuchó fuerte y claro.
Luciano se quedó completamente inmóvil en el pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clava en la espalda de Amalia, sintiendo cómo una mezcla de asco y desprecio le helaba la sangre. Cuando Amalia finalmente terminó de hablar y se dio la vuelta, el impacto de ver a su prometido parado justo detrás de ella la dejó helada. La sorpresa y el pavor se reflejaron de inmediato en sus ojos, mientras un temblor incontrolable se apoderaba de sus manos.
Amalia se puso extremadamente nerviosa, intentando esconder el teléfono tras su espalda. Luciano, sin perder la calma pero con una frialdad fulminante, dio un paso adelante y le quitó el celular de la mano con brusquedad. Se llevó el aparato al oído y, con voz firme y gélida, le habló directamente al hombre en la otra línea:
—Espero que te ocupes de ella y de tu hijo.
Sin esperar respuesta, Luciano cortó la llamada de golpe y le devolvió la mirada a Amalia, quien ya comenzaba a hiperventilar.
—Tienes un día para irte de mi casa —le dijo Luciano en un tono seco, sin un solo atisbo de duda—. Hoy dormiré en casa de mi abuela y, por tu bien, espero no cruzarme contigo cuando venga mañana.
Al escuchar la sentencia, la desesperación de Amalia se desbordó. Comenzó a rogarle entre sollozos desenfrenados, intentando acercarse a él, tomándole las manos para inventar cualquier excusa, pero Luciano sintió un profundo asco. Le resultaba repulsivo haber estado tan ciego durante tanto tiempo, sin darse cuenta de la clase de mujer manipuladora y falsa con la que pretendía compartir su vida.
—De nada te sirve llorar, no creo en tus lágrimas de cocodrilo —le soltó Luciano con desprecio, zafándose de su agarre sin mirarla a los ojos—. Ya lo sabes: no te quiero ver aquí mañana.
Sin darle más explicaciones, Luciano dio la vuelta, tomó sus llaves y salió de la casa, cerrando la puerta con fuerza a sus espaldas y dejándola sumida en el silencio.
Amalia se quedó completamente sola en medio de la sala. El llanto desgarrador se transformó en cuestión de segundos en una rabia ciega y descontrolada. Se limpió las lágrimas con agresividad y volvió a tomar el teléfono. Si su mundo se estaba cayendo a pedazos, no se iba a hundir sola. Marcó de nuevo el número de Octavio, decidida a exigirle lo que le correspondía: él se tenía que hacer cargo de ella y del bebé, costara lo que costara.
Octavio escuchó los reclamos histéricos de Amalia al otro lado de la línea, sintiendo cómo el suelo se le movía bajo los pies. La revelación de que Luciano ya sabía la verdad sobre la paternidad del bebé cambiaba todo el juego. Sin embargo, a diferencia de la frialdad que solía aparentar, la noticia tocó una fibra distinta en él: en el fondo, Octavio estaba profundamente enamorado de Amalia y la idea de tenerla solo para él, junto al hijo que esperaba, comenzó a abrirse paso entre el pánico.
—Cálmate, Amalia, recuerda tu estado —dijo Octavio, bajando el tono de voz para infundir una falsa serenidad—. Recoge tus cosas. Voy por ti ahora mismo.
Amalia soltó un suspiro ahogado, mezcla de alivio y rabia, mientras Octavio ajustaba los detalles en su cabeza. Sabía que el margen de error se había reducido a cero y aunque estaba convencido de que no había dejado una sola huella ni rastro físico en el sabotaje al auto de Camila, el cerco sobre ellos se cerraba a pasos agigantados. Con Luciano habiendo descubierto la maraña de mentiras en su propio hogar, el aire en el país se había vuelto irrespirable.
Al cabo de media hora, el auto de Octavio se detuvo frente a la residencia. Amalia bajó las escaleras a toda prisa con una sola maleta, con el rostro desencajado por el llanto y la indignación. En cuanto subió al vehículo, rompió a llorar de nuevo, descargando todo el odio acumulado.
—Luciano me echó como a un perro, Octavio... —dijo entre sollozos furiosos—. Me dejó sin nada, me humilló... ¡Ese imbécil me dijo que me fuera!
Octavio le tomó la mano con firmeza y la miró a los ojos, mostrando una faceta protectora que pocas veces dejaba ver.
—Escúchame bien, Amalia —le dijo con seriedad—. Ya no hay vuelta atrás. Luciano no importa, ni tampoco su familia. Lo importante es que tú y mi hijo están conmigo.
Aceleró el motor y se alejaron rápidamente por la avenida oscura. Mientras conducía, Octavio comenzó a trazar el plan en voz alta, calculando frío cada movimiento.
—Nos vamos a ir del país —sentenció, mirando por el retrovisor—. Mañana mismo empezaré a programar el viaje y la compra de los pasajes, también liquidare mis propiedades lo más pronto posible, estar aquí es un peligro; si la policía presiona, corremos el riesgo de terminar en la cárcel. Yo me aseguré de no dejar rastros, pero no podemos jugárnosla. Nos iremos lejos, comenzaremos de nuevo en otro lugar con nuestro hijo.
Amalia miró las luces de la ciudad perdiéndose a lo lejos a través de la ventanilla. La idea de huir la aterraba, pero estar al lado de Octavio, el verdadero padre de su hijo y el único hombre que le ofrecía una salida, parecía la única opción que le quedaba para no terminar tras las rejas.
A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba cuando Luciano llegó a la casa de Doña Mildred Milena. Tras una noche en vela repasando cada mentira y cada gesto falso de Amalia, su rostro reflejaba el cansancio de una batalla interna, pero su mirada denotaba una determinación absoluta.
En la mesa del desayuno se encontraban su abuela, Lucia, Don Roberto y Oliver, quien acababa de llegar de la clínica tras ser relevado por Doña Fernanda. Al ver entrar a Luciano con una maleta pequeña en la mano y la cara demacrada, todos guardaron silencio.
—Luciano, hijo... ¿qué pasó? —preguntó Doña Mildred levantándose de inmediato—. ¿Por qué traes equipaje?
Luciano suspiró profundo, mirando a su familia y a Oliver. Se quitó la chaqueta, la dejó sobre una silla y soltó la noticia sin anestesia.
—El compromiso con Amalia se acabó —declaró con voz firme pero dolida—. La boda está cancelada definitivamente y le pedí que se fuera de mi casa.
Oliver y Don Roberto se miraron atónitos, mientras Doña Mildred entrelazaba las manos.
—¿De qué estás hablando, Luciano? —inquirió Don Roberto dando un paso al frente—. ¿Ocurrió algo grave?
—Anoche la descubrí —confesó Luciano, mirando fijamente a sus padres—. Escuché una llamada entre ella y el verdadero padre del hijo que espera. Ese bebé que me atribuyó durante meses... no es mío.
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. La indignación y el asombro se dibujaron en los rostros de todos los presentes.
—¡Dios mío! —exclamó Lucía llevándose las manos a la boca.
—Esa mujer es una víbora... —musitó Doña Mildred Milena con rabia contenida—. Yo siempre sentí que había algo retorcido en ella.
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Editado: 10.08.2026