Los Colores del Girasol

Capitulo 34

Pasaron dos semanas desde que Camila salió del coma y, aunque su recuperación avanzaba a pasos agigantados, la investigación sobre el atentado estaba completamente estancada. Nadie había visto nada sospechoso, y las cámaras de seguridad del sector no captaron ningún movimiento fuera de lo normal. La frustración consumía a Don Roberto y a Luciano, sintiendo que el miserable que saboteó el vehículo se les escapaba entre las manos.
​Lo que no imaginaban era que los culpables estaban a solo dos días de abandonar el país, Amalia y Octavio ya tenían en sus manos los pasajes para huir.

​Mientras tanto, en la penumbra de la habitación de la clínica, Oliver sentía una gran inquietud, su mente no tenía paz, la pregunta retumbaba en su cabeza una y otra vez: «¿Quién querría lastimar a Camila?». Cuanto más lo pensaba, menos le hallaba sentido; Camila era pura luz, una mujer incapaz de hacerle daño a nadie. La sola idea de que el culpable siguiera libre y pudiera intentar algo de nuevo le oprimía el pecho. Recordar los días interminables en la UCI, verla indefensa, pálida y conectada a esos fríos monitores, era una pesadilla que jamás lograría borrar de su mente.
​«No permitiré que te vuelvan a lastimar, Cami», pensó apretando su mano con extrema delicadeza. «No te voy a perder».
​—Oli, ¿qué tanto me ves? —preguntó Camila, sacándolo bruscamente de sus pensamientos con la voz levemente rasposa pero llena de vida—. Mira que no estoy en mi mejor momento... debo estar horrible.
​Oliver sintió que el alma le volvía al cuerpo al escucharla. Se inclinó sobre ella, acariciándole la mejilla con el pulgar.
​—Mi amor, tú eres bella como sea —susurró, sellando sus palabras con un beso dulce y pausado en sus labios—. ¿Alguna vez te he dicho que te amo?
​Camila lo miró con los ojos iluminados, dejando escapar una pequeña risa.
​—Jamás me lo has dicho... —respondió con una sonrisa juguetona.
​—Pues te amo —afirmó Oliver mirándola fijamente a los ojos, con una devoción absoluta—. Nunca lo olvides.
​—Tú tampoco olvides lo mucho que te amo —contestó Camila, entrelazando sus dedos con los de él—. Por cierto, mi amor... ya me quiero ir a mi casa. No quiero seguir aquí, me asfixia este lugar.
​—Cielo, sé que te quieres ir —dijo Oliver, llevándose la mano de Camila a los labios para besarla con ternura—, pero el doctor quiere que estés al menos una semana más. No quiere correr ningún riesgo con tu salud.
​Camila suspiró, resignada pero consolada por la calidez de Oliver, sin sospechar que afuera, la cuenta regresiva de 48 horas para la huida de Octavio y Amalia ya había comenzado, el apartamento en el que se ocultaban Amalia estaba prácticamente vacío, las maletas abiertas sobre la cama de la habitación principal daban fe de la inminente huida. Amalia guardaba las últimas prendas con una calma renovada, solo llevaría una maleta ya compraría ropa cuando llegara a Inglaterra, dentro de todo se sentía tranquila, la angustia y el pánico de las semanas anteriores habían sido reemplazados por una sensación de absoluta impunidad: faltaban solo dos días para abordar el vuelo que los llevaría fuera del alcance de la policía y de la familia Mendoza Aristigueta.
​Esa tranquilidad, en gran medida, no era suya; se la transmitía Octavio. Él se había encargado de todo. Se había asegurado de que el sabotaje fuera impecable, ejecutado sin dejar una sola huella dactilara, sin registros en las cámaras del sector y sin un solo cabo suelto que los pudiera vincular con el coche de Camila.
​Octavio entró a la recámara llevando dos copas de vino. Observó a Amalia con una mirada cargada de una devoción densa, casi posesiva, y se acercó a ella.
​—Toma, mi vida —le dijo con voz suave, ofreciéndole una de las copas—. Necesitas relajarte. Ya todo el trabajo pesado está hecho.
​Amalia tomó la copa de manera fría y distante, sin mirarlo a los ojos. Octavio se situó detrás de ella, pasándole las manos por los hombros para acariciarle el cuello con delicadeza, intentando consentirla y hacerla sentir segura.
​—En cuarenta y ocho horas estaremos muy lejos de aquí —susurró él, inclinándose para besarle la mejilla—. Empezaremos de nuevo, tú, yo y nuestro hija. Nadie va a saber jamás lo que pasó con el auto de Camila. Te lo prometí y te cumplí.
​Amalia sintió un estremecimiento de rechazo ante el contacto. Con un movimiento brusco e instintivo, se apartó de sus brazos, dando un paso al frente para marcar distancia.
​—Octavio, por favor, ahora no es el momento —soltó Amalia con fastidio, dejando la copa sobre la mesa de noche—. Estoy cansada y no tengo cabeza para esto.
​Octavio se quedó helado en su posición. La expresión de calidez y afecto en su rostro se borró en una fracción de segundo, reemplazada por una sombra oscura y amenazante. Guardó silencio por unos interminables segundos, dando un sorbo lento a su copa antes de avanzar hacia ella con pasos pesados.
​—¿Cansada? —preguntó Octavio, con un tono de voz tan bajo y helado que hizo que a Amalia se le erizara la piel—. He arriesgado absolutamente todo por ti, Amalia. Cometí un crimen, planifiqué cada detalle para salvarte el pellejo y te estoy sacando de las garras de Luciano. ¿Y así es como me respondes?
​Amalia intentó sostenerle la mirada, pero la frialdad en los ojos de Octavio la hizo dar un paso atrás.
​—Yo solo... solo estoy nerviosa por el viaje —balbuceó ella, tratando de corregir su actitud.
​Octavio la tomó del mentón con la firmeza suficiente para impedir que desviara la vista, encarándola a escasos centímetros de su rostro.
​—Escúchame bien —le advirtió él, con una sonrisa helada que le congeló la sangre—. Te trato bien y te consiento porque te amo y porque ese hijo que llevas dentro es mío. Pero no te confundas. Recuerda que así como te ayudé, también te puedo hundir. No tientes a la suerte, mi querida Amalia.
​Le soltó el rostro con brusquedad y le dio la espalda, dirigiéndose hacia la salida del cuarto. Amalia se quedó paralizada en medio de la habitación, con la respiración contenida y el corazón latiéndole a mil por hora, dándose cuenta de que la burbuja de seguridad en la que creía estar no era más que una jaula de la que jamás podría escapar.




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