Los Colores del Girasol

Capitulo 35

Tras colgar con Luciano, Oliver se tomó un par de minutos en el pasillo para asimilar el torbellino de rabia e incertidumbre que amenazaba con rebasarlo. Sabía que afuera la cacería contra el responsable del atentado estaba en marcha, pero al cruzar de nuevo la puerta de la habitación, dejó toda la violencia del mundo exterior en el umbral. Dentro, la única prioridad que le daba sentido a su vida reposaba sobre aquella cama de hospital.
​Oliver se acercó en silencio, jaló la silla hasta pegar las rodillas al colchón y tomó la mano de Camila entre las suyas, acariciándole los nudillos con una delicadeza infinita. Camila lo miró fijamente; en los ojos de Oliver vio una profundidad y un brillo distinto, una vulnerabilidad desarmante que presagiaba que algo importante estaba por suceder.
​—Cami... —empezó Oliver, con la voz levemente quebrada pero cargada de una firmeza absoluta—. Necesito decirte tantas cosas que me queman el pecho por dentro.
​Camila lo escuchaba en silencio. Sabía lo mucho que a Oliver le costaba abrir la puerta a sus sentimientos más íntimos, por lo que simplemente apretó su mano, dándole la pauta para continuar.
​—Quiero pedirte perdón, mi amor —dijo él, mirándola directamente a las pupilas—. Disculpadme por cada instante en el que no te traté como merecías, por las torpezas, por la ceguera y por los momentos en los que fui duro o distante. A pesar de mis errores, jamás, ni por un solo segundo, quise salir de tu vida... pero tuve que ver la muerte de cerca, tuve que sentir el terror de perderte para terminar de entender que te amo con locura. Que sin ti no soy nada.
​Camila intentó articular una respuesta, pero la voz se le atravesó en la garganta. Tantas emociones juntas no la dejaban hablar: el impacto de haber estado al borde del abismo, el recuerdo lejano del impacto y, sobre todo, la abrumadora certeza de ver cómo su familia, su abuela, sus padres, Luciano y, de manera incondicional, él, habían permanecido como rocas a su lado durante cada segundo de su agonía. Las lágrimas comenzaron a rodar en silencio por sus mejillas.
​Al verla tan conmovida, Oliver se inclinó suavemente sobre la cama. La abrazó con un cuidado casi reverencial y comenzó a llenar su rostro de besos tiernos, secando las lágrimas de sus pómulos con sus labios.
​Allí, en la intimidad de la habitación del hospital, mecidos únicamente por el leve rumor del monitor de signos vitales y tras haberle enumerado mil motivos por los cuales ella era la única dueña de su existencia, Oliver apoyó su frente contra la de ella y le hizo la propuesta que cambiaría sus vidas para siempre:
​—Déjame envejecer a tu lado, mi amor... Mi alma, mi mente y mi cuerpo te necesitan para siempre. ¿Quieres ser mi esposa? Te amo.
​Camila, con el pecho agitado por una emoción inmensa y desbordada por el amor que resplandecía en la mirada de Oliver, no necesitó palabras. Asintió efusivamente con la cabeza y, entre un sollozo de pura dicha, logró pronunciar el «sí» más firme de su vida.
​Oliver la apretó contra su pecho con una devoción absoluta, abrazándola como si no hubiera un mañana. La sola idea de lo cerca que estuvo de perderla solo provocaba que valorara mil veces más cada segundo, cada aliento y cada latido que compartían juntos.
​«¿Cómo pude ser tan imbécil todo este tiempo?», se recriminó en pensamientos, esbozando una sonrisa llena de alivio mientras sentía el aroma del cabello de Camila. «Ella es todo lo que quiero en esta vida. Todo».
​Despacio, Oliver se separó apenas unos centímetros. Mirándola con una sonrisa radiante y enamorada, metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó una pequeña caja de terciopelo negro. Con dedos temblorosos por los nervios de un hombre felizmente derrotado, la abrió frente a ella, revelando un hermoso y delicado solitario de diamante que destellaba bajo la luz tenue del cuarto.
​Camila ahogó un grito de sorpresa llevándose las manos a la boca. La belleza del anillo y la contundencia de aquel gesto le sacaron nuevas lágrimas, pero esta vez, de una felicidad pura y sanadora que borraba de golpe cualquier rastro de dolor.

La puerta de la habitación se abrió despacio y rompió la burbuja de intimidad que envolvía a la pareja. Don Roberto, Fernanda, Doña Mildred de Aristigueta y Lucía entraron con cautela, pero al notar la atmósfera que se respiraba allí dentro, sus rostros cambiaron de inmediato. La luz en los ojos de Camila y el solitario de diamante destellando en su mano izquierda hablaban por sí solos.
​—¿Qué es esto que ven mis ojos? —exclamó Doña Mildred con una enorme sonrisa iluminándole el rostro.
​Con las emociones a flor de piel, Camila les dio la feliz noticia de su compromiso. Los abrazos y las felicitaciones no se hicieron esperar. Don Roberto le apretó la mano a Oliver con un orgullo paternal evidente, mientras Doña Mildred los llenaba de bendiciones. Todos se sentían profundamente felices ante una luz tan brillante en medio de semanas tan oscuras.
​Sin embargo, entre el entusiasmo general, Fernanda observaba a su hija con una mezcla de ternura y nostalgia contenida. Sentía en el fondo de su corazón que tanto ella como Camila se debían una conversación larga y sincera. Siempre había percibido cierta distancia y un rechazo sutil pero constante de su hija, no solo hacia ella, sino también hacia Don Roberto. A pesar del dolor silencioso que esa brecha le provocaba, Fernanda decidió guardar la calma y esperar el momento oportuno para hablar con ella a solas; ahora lo único que importaba era verla sanar y sonreír.
​Por su parte, Lucía no esperó más y se acercó a la cama con los brazos abiertos. Abrazó a su amiga, cuidando de no lastimarla.
​—Amiga mía, te quiero tanto... Deseo de todo corazón que seas la mujer más feliz del mundo —le susurró con la voz quebrada por la emoción.
​Camila le devolvió el abrazo apretando sus manos con cariño.
​—Yo también te quiero a ti —le respondió Camila con una sonrisa llena de luz—. Y sé que todo se va a arreglar también para ti... Vas a ser tan feliz como lo soy yo ahora.
​—¡Jajaja! Recuerda que yo no tengo a un Oliver que me ame con locura —bromeó Lucía de forma teatral, llevándose la mano al pecho y sacándole una risa a todos en la habitación.
​Aprovechando que los demás hablaban con Oliver sobre el compromiso, Camila se inclinó hacia su amiga y le susurró al oído con complicidad:
​—Pero tienes a un Luciano... Y si no te has dado cuenta, creo que le gustas.
​Lucía se erizó por un segundo ante el comentario. En lugar de negarlo, soltó una risita pícara, le guiñó un ojo a Camila y prefirió guardar el secreto con una mirada llena de picardía.




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