Arlik permanecía de pie entre las ruinas del pueblo, su armadura blanca manchada de cenizas. Observaba el horizonte vacío, donde antes se alzaba la figura de Julio, llevado como prisionero. Las voces del pueblo se habían callado, pero en su mente resonaban aún los gritos, las promesas y los silencios que dejó la batalla.
Los pocos sobrevivientes se habían marchado rumbo a la Ciudad Celeste con la esperanza de hallar refugio. Arlik, en cambio, se quedó entre las sombras humeantes, buscando algún indicio del antídoto. Pero fue en vano. El único frasco que encontró estaba roto, derramado sobre las piedras ennegrecidas. Su corazón latió con fuerza ante la impotencia. Sabía que cada segundo que pasaba, las posibilidades de salvar a Pedro se reducían.
El sonido repentino de un caballo frenando la sacó de sus pensamientos.
—Oye, elfa… ¿de dónde eres? —preguntó un caballero con armadura celeste desde su montura.
—¿Qué te importa? —replicó Arlik, levantando la espada y poniéndose en guardia, su mirada fija en el desconocido.
—No hay necesidad de ser grosera —dijo el caballero, levantando una mano en señal de paz—. Me ordenaron llevar un antídoto de venolisk al pueblo de la Rosa. ¿Sabes dónde está?
—¿Qué…? ¿Julio les pidió eso? —preguntó Arlik, con el rostro sorprendido. La mención de Julio la hizo dudar por un momento, pero se recompuso rápidamente.
—Desconozco esa información. Solo sé que debo llevar esto lo más rápido posible y, por las prisas… olvidé el mapa —respondió mientras se tocaba la cabeza, avergonzado.
—¿Qué tan idiota hay que ser para olvidar algo así? —soltó Arlik con una risa sarcástica, cruzando los brazos—. Vamos, conozco un atajo.
Sin perder más tiempo, ambos montaron y partieron en dirección al pueblo de la Rosa, el eco de sus caballos resonando en las ruinas del pueblo como el último suspiro de una batalla perdida.
Mientras tanto, en el pueblo de la Rosa, Alzohur se mantenía a lado de Pedro cada instante posible. Solo se alejaba para enfrentar a los monstruos que amenazaban la seguridad del pueblo o para entrenar a los soldados locales.
Pedro, aún postrado, dormía profundamente, su cuerpo débil aferrándose a la vida. Los rastros de sangre y sudor en su rostro eran el reflejo de su lucha por seguir vivo.
—Mi señor —dijo Almor, un elfo anciano de mirada severa, rompiendo el silencio—, entiendo su preocupación, pero el pueblo empieza a disgustarse con su actitud hacia los humanos.
Alzohur permaneció en silencio, con la mirada fija en Pedro, sin mostrar signos de haberse inmerso en la conversación.
—No me importa lo que piensen —respondió Alzohur, su voz fría como el acero—. Me convertí en líder para protegerlos. Pero si esa es su forma de ser… entonces no merecen mi ayuda.
Almor frunció el ceño, pero se mantuvo firme.
—No diga eso, señor. Su padre lo preparó desde su nacimiento para guiar a nuestro pueblo. No puede dejar que todo cambie por estos humanos —insistió Almor.
El tono de Alzohur se tornó más sombrío mientras sus ojos brillaban con una furia contenida.
—¿Y acaso olvidaste que maté a mi padre para protegerlos a todos? ¿Así me lo pagan? —Alzohur se giró con furia contenida, su voz llena de amargura—. Tú y yo sabemos lo que él hizo… y que solo regresé porque tú me lo suplicaste. A pesar de todo, seguimos malditos. Y sin mí, todos aquí morirán.
Almor bajó la cabeza, con el peso de las palabras de Alzohur clavándose en su pecho.
—Tiene razón… le pido disculpas, mi señor. Hablaré con los demás. Pero le ruego algo: perdónese usted también. Sabemos que se culpa por lo ocurrido con su padre… y con los niños. Pero no fue su culpa no estar ahí.
Alzohur desvió la mirada, mirando a Pedro sin decir palabra. Finalmente, asintió levemente.
—Haz lo que debas, Almor. —La decisión estaba tomada. La responsabilidad de ser líder no podía perderse en la rabia.
Sin esperar respuesta, Almor se marchó, dejando solo a Alzohur frente a la silenciosa figura de Pedro, cuya respiración era cada vez más débil.
Fin del capítulo 18.