Los Cortez y el libro de las hadas

Capitulo 23: El Deseo De Pedro

En el pueblo de la Rosa todo parecía en calma, aunque las bestias continuaban atacando con frecuencia. Aún no representaban un peligro real, pero todos sabían que solo era cuestión de tiempo.

Mientras tanto, en el patio de entrenamiento, Pedro luchaba por blandir la espada con torpeza. Finalmente, la dejó caer al suelo con frustración.

—¡No puedo! —gritó, golpeando la tierra con el puño.

Alzohur se acercó, colocándole una mano en el hombro.

—Tranquilo, Pedro. Estamos buscando una forma de que recuperes tu mano.

Pedro lo miró con los ojos enrojecidos.

—¡No hay tiempo! Mi hermano está en peligro. Siempre hemos estado juntos, siempre nos protegimos uno al otro. No puedo quedarme aquí sin hacer nada.

Alzohur respiró hondo.

—Tu hermano es más fuerte de lo que piensas. Con el poder que le otorgó el Viajero del Velo, puede defenderse.

Pedro lo tomó de las manos con desesperación.

—Entonces yo también necesito ese poder. No quiero que él luche solo… ayúdame a conseguirlo.

Alzohur bajó la mirada, inseguro.

—Haré lo posible por replicar ese poder en sus armas… pero, Pedro, antes debes entrenar tu magia. Sin eso, cualquier fuerza que recibas será un peso que te destruya.

Esa noche, Pedro no encontraba paz. Daba vueltas en su cama, con el rostro empapado en sudor. El recuerdo del Viajero del Velo no lo dejaba. Era como si lo llamara en silencio, hasta que, finalmente, lo invocó en sus sueños.

De pronto, se encontró en un bosque iluminado por la luna. Los árboles formaban un camino angosto y el viento soplaba con fuerza, arrastrando hojas secas en un murmullo inquietante. Frente a él, inmóvil, estaba el Viajero del Velo, escribiendo en su libro con indiferencia.

—Dime… ¿qué es lo que quieres? —preguntó el Viajero, sin levantar la vista.

Pedro se arrodilló frente a él.

—Te lo ruego, dame el mismo poder que le diste a mi hermano. Necesito ir a ayudarlo.

El Viajero lo miró por un instante, aunque su pluma no se detuvo.

—No puedo. Ya hice demasiado al otorgárselo a él. Dártelo también a ti sería declarar la guerra contra la naturaleza misma.

Pedro apretó los dientes.

—Por favor… ¡mi hermano podría morir!

—Así como tú pudiste haber muerto —replicó el Viajero, cerrando de golpe su libro—. Y mírate: sigues vivo, pero rogando por poder.

—¿Cómo puedes decir eso? —gritó Pedro, con furia—. ¿Crees que mi hermano está a salvo? ¡Ese poder también puede corromperlo!

El Viajero finalmente lo miró a los ojos, con frialdad.

—Claro que puede corromperlo. Pero confío en que lo dominará a través de sus fantasmas. Y si no lo logra… estaré yo para matarlo.

Pedro se quedó helado.

El Viajero continuó con voz grave:

—Tu hermano te ha protegido tanto, que desconoces el verdadero dolor de los mundos. Pero tú lo conocerás… tarde o temprano. Y solo después, ese dolor te dará el poder que anhelas. Hasta entonces, espera y confía. O… renuncia a tu humanidad.

El bosque comenzó a desvanecerse junto con la silueta del Viajero. Pedro gritó con rabia:

—¡Y te vas, maldito cobarde! No pienso quedarme con los brazos cruzados. ¡Me volveré fuerte, iré por mi hermano, y si tengo que destruir este mundo para protegerlo… lo haré sin dudarlo!

El eco de sus palabras quedó flotando en la nada, mientras el sueño se rompía en sombras.

Fin del capitulo 23.




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