Los Cortez y el libro de las hadas

Capitulo 31: Al Borde

La batalla entre Eduart de la Espada y Ricat se desplazó violentamente hacia el pasillo. El choque de acero, gritos y magia sacudía las catacumbas.

Entre el caos, el Tuerto vio su oportunidad.

El arma de Julio yacía en el suelo, a pocos pasos de su cuerpo inconsciente.

Si esto funciona, no necesitaré de Julio, pensó mientras apuntaba directamente a su cabeza.

Presionó el gatillo.

Nada.

—Maldita sea… —gruñó entre dientes—. Todavía necesitaré a este bastardo.

Guardó su rifle, tomó el arma de Julio y lo arrastró de los pies, internándose en uno de los huecos abiertos en la pared tras la batalla.

En otra zona de las catacumbas, Xina y Romburo se refugiaban en una habitación tras haber enfrentado a varios ghouls y esqueletos. El aire olía a óxido y muerte.

Romburo respiraba con dificultad; su energía estaba casi agotada.

—Bebe esto —dijo Xina, lanzándole un pequeño frasco—. Es éter. Te ayudará a recuperar fuerzas.

Lo atrapó y lo bebió sin dudar. Un leve estremecimiento recorrió su cuerpo.

—Gracias… Si seguía así, podía morir. Intentaré no usar magia hasta que sea estrictamente necesario.

—¿Crees que podamos encontrar a Julio y a Ricat?

Xina frunció el ceño.

—Tal vez… pero será difícil. Estas catacumbas son enormes, llenas de trampas de teletransporte. Es más un laberinto que un refugio… y con tantos enemigos, es muy peligroso.

No terminaron de hablar cuando algo los encontró primero.

La puerta estalló.

Un Condenado de la Luna irrumpió con un zarpazo salvaje, guiado por su olfato. Su hocico babeaba y sus colmillos chocaban entre sí con un gruñido animal.

Xina reaccionó por puro instinto: tomó un fragmento de la madera rota y lo encajó con fuerza en la mandíbula del lobo. El hueso crujió. El monstruo aulló de dolor.

Romburo no perdió tiempo.

Levantó su hacha y, con un tajo brutal, lo decapitó.

La cabeza rodó por el suelo. El golpe resonó por las catacumbas como un eco de advertencia.

—¡Oigan! ¿No me han traído comida? —gritó una voz desde otra habitación.

Ambos se tensaron al instante.

—Debemos ver quién es —dijo Romburo, alzando la guardia.

—¿Estás seguro? Podría ser peligroso —respondió Xina con cautela.

—O podría ser Julio… o Ricat. No podemos ignorarlo.

Se acercó y abrió la puerta.

Dentro había varias celdas. Cadáveres humanos yacían en su interior, algunos demasiado antiguos para reconocerlos. Al fondo, un hombre demacrado descansaba sobre una cama de paja.

Al verlos, se incorporó con sorpresa.

—¿Rey de la Suerte? —preguntó Romburo, incrédulo por su aspecto.

—Sí… soy yo. ¿Vinieron a ayudarme? —respondió el hombre, esbozando una sonrisa cansada.

—Venimos a llevarte con el Rey de la Ciudad Celeste —dijo Romburo, apoyando el hacha sobre el suelo—. Mientras coopere, no le haremos daño.

—Cualquier cosa es mejor que seguir aquí —respondió el rey—. Iré con ustedes.

Mientras Xina abría la celda, no pudo evitar preguntar:

—¿Por qué estabas encerrado? Se supone que eres un rey.

El hombre suspiró, como si ese título ya no le perteneciera.

—Porque me usan. Me hicieron proponerme como rey y, cuando la ciudad me aceptó, me encerraron. Solo me sacan cuando necesitan un discurso. Yo no quiero pelear… ni gobernar. Solo quiero vivir lo que me queda de vida.

Xina suavizó la mirada.

—Eso lo hará más fácil. Te sacaremos de aquí y podrás decírselo al Rey Celeste. Tal vez te perdone la vida.

—Gracias —dijo el Rey de la Suerte—. Conozco un camino seguro. Puedo guiarlos a la salida.

Xina dudó. Julio y Ricat seguían perdidos.

Romburo, como si leyera su pensamiento, habló:

—Si nos quedamos, fallaremos la misión. Debemos confiar en que ellos saldrán.

Xina apretó los labios, el corazón cargado de incertidumbre.

—Está bien… vamos.

En el Pueblo de la Rosa, el caballero Román vigilaba junto a quince soldados celestes. Los elfos permanecían encerrados en sus hogares, no solo por las bestias que atacaban constantemente, sino por la desconfianza hacia los humanos de la Ciudad Celeste.

Solo Arlik y un pequeño grupo de soldados inexpertos permanecían afuera.

—Señorita Arlik —preguntó uno de los soldados—, ¿cree que el señor Alzohur regrese pronto? La gente le tiene miedo a los humanos… quizá con él se sientan más seguros.

Arlik ocultó su preocupación tras una expresión firme.

—No lo sé. Pero no se preocupen. Yo protegeré al pueblo, pase lo que pase.

—Si ocurre algo, sigan el protocolo de protección —ordenó Arlik.

En la Ciudad Carmesí, los primeros rayos del sol revelaban la silueta del ejército celeste aproximándose.

Frente a ellos, Deimon y el ejército carmesí ya estaban formados, inmóviles, esperando.

El silencio antes del choque era absoluto.

La guerra estaba a punto de comenzar.

Fin del capítulo 31




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