Los Cortez y el libro de las hadas

Capitulo 33: El Niño Y El Fuego

Deimon desenvainó la espada mientras se impulsaba directo hacia Armelius.

El golpe descendió como un rayo, pero Armelius lo anticipó, deteniéndolo con la hoja en alto. El choque del acero retumbó en el campo de batalla.

—Vaya fuerza, señor Armelius —dijo Deimon, forzando el empuje y aumentando la presión—. Pero me temo que, si sigues luchando así, todo acabará pronto.

—Descuida… —gruñó Armelius—. Aún no has visto todo lo que tengo.

Con un esfuerzo brusco, empujó la espada de Deimon y retrocedió varios pasos. Ambos volvieron a colocarse en guardia.

El silencio se adueñó del lugar.

Ningún soldado se movía.

La tensión pesaba como una losa sobre todos los presentes.

—Que comience la verdadera lucha, entonces —gritó Deimon.

Alzó la mano abierta… y luego cerró el puño dando una señal.

Al costado del ejército celeste, Elrid Puño de Acero salió disparado, envuelto en un impulso de energía que tomó a todos por sorpresa. Alzohur apenas logró detectarlo segundos antes; abrazó al pequeño rey y giró su cuerpo para protegerlo.

El impacto fue devastador.

Pedro, que se encontraba sobre una carreta cercana, salió despedido por los aires.

—¡No! —gritó Armelius con impotencia.

Intentó correr, pero el filo de la espada de la Furia se hundió en su costado, obligándolo a detenerse.

—Tú y yo aún no hemos terminado —susurró Deimon mientras retiraba la espada de su carne.

Volvió a levantar la mano y dio una nueva señal. Los soldados carmesí avanzaron para rematar al ejército rival, aún tendidos en el suelo.

El pequeño rey, Dael, se incorporó tambaleante e intentó ayudar a Alzohur.

—Por favor… no mueras —suplicaba, sacudiéndolo con desesperación.

Una mano enorme lo sujetó con fuerza y lo alzó del suelo.

—Su majestad —dijo Elrid Puño de Acero, con tono burlón—. Se le solicita una audiencia con los Mercenarios de la Muerte.

—¡Suéltame! —gritaba Dael, forcejeando inútilmente.

Un soldado celeste, arrastrándose entre los escombros, logró sujetar el pie de Elrid. Intentó levantarse, proteger a su rey.

Elrid apenas lo miró.

Con un solo pisotón, le destrozó el cráneo junto con el casco.

—Qué asco… —murmuró—. Pisé un insecto.

Arrastró el pie contra el suelo, intentando limpiarse los restos.

Alzohur logró ponerse en pie y, apoyándose en su lanza, se impulsó para lanzar una patada que hizo retroceder a Elrid.

Elrid ni siquiera pareció afectado.

Colocó la palma abierta sobre el pecho de Dael, activando un pergamino que se selló contra su armadura.

—Llegaste tarde, Alzohur —rió Elrid, perdiendo el control de su carcajada.

El fuego brotó del pergamino y envolvió a Dael. El niño gritó y lloró mientras su cuerpo era consumido por las llamas… hasta desaparecer.

—¡Dael! —gritó Alzohur, intentando alcanzarlo sin éxito.

La desesperación apenas tuvo tiempo de invadirlo antes de que un puñetazo brutal le impactara las costillas. El sonido seco del golpe se mezcló con un crujido interno.

Dos costillas rotas.

—Uy… creo que rompí algo —se burló Elrid.

Armelius, aún de pie, presionaba su herida para evitar desangrarse.

—Elige —dijo Deimon, limpiando su espada—. Morir desangrado… o decapitado.

Sabes, esto es decepcionante. Esperaba más del hombre que acabó solo con una tribu entera de demonios.

Mientras hablaba, la espada de Armelius comenzó a brillar con un tono rosado. La herida se cerró lentamente, aunque la debilidad por la pérdida de sangre seguía presente.

—La magia de la Espada del Amor… —Deimon sonrió y se acercó—. Amas a ese niño, ¿verdad?

¿Es cierto lo que dicen? ¿Que te acostaste con la esposa del rey y ese niño es tu bastardo?

Armelius se levantó de golpe y lanzó un tajo en abanico.

—¡Cállate! —rugió, sin aliento.

Deimon esquivó con facilidad.

—Lo es —respondió—. Ese es tu bastardo. Por eso nunca podrá ser rey.

La espada de Deimon comenzó a brillar en un rojo intenso.

Saltó para atacar desde lo alto. Armelius logró bloquear el golpe, alzando su espada… pero su mirada se desvió un instante.

Vio a Dael llorar, envuelto en fuego.

Ese instante fue suficiente.

Deimon aprovechó la abertura y le abrió el pecho con un corte brutal, lanzándolo al suelo.

Al mismo tiempo, los soldados carmesí comenzaron la masacre. Sus armas brillaban con energía mágica, fortaleciendo cada golpe. Algunos soldados celestes resistían… pero la mayoría caía uno tras otro.

Una explosión sacudió una de las carretas cercanas.

Pedro emergió de entre los restos. Sus ojos ardían en rojo. Su cabello se había vuelto blanco. En sus manos, el fuego danzaba con furia.

El instinto asesino que emanaba de él era aterrador.

Extendió la mano.

Una llamarada colosal se desató, calcinando enemigos y aliados por igual.

Nadie se movía.

Nadie respiraba.

Nadie se había enfrentado jamás a un poder así.

En las cloacas, Julio y el Tuerto avanzaban, acabando con cada criatura antes de que pudiera siquiera acercarse. Sin embargo, el agotamiento mágico comenzaba a hacer mella en Julio.

—¿Escuchas eso? —preguntó, girando la cabeza.

—¿De qué hablas? No oigo nada.

—Es un niño… está llorando.

Julio se acercó a una grieta en el suelo y asomó la cabeza.

—Viene de ahí. Tenemos que bajar.

—Está bien —dijo el Tuerto, empujándolo—. Baja tú. Yo ya veo la salida.

Descuida, Julio… buscaré a tu hermano y le contaré sobre tu sacrificio.

Julio cayó de golpe. En el aire desenfundó su revólver y disparó contra un grupo de ghouls. El disparo los destrozó, y los cuerpos amortiguaron su caída.

—Ese idiota… —gruñó, adolorido—. No sé cómo no aprendo.

El llanto era cada vez más fuerte.

Avanzó con el arma lista hasta que, en un pasillo, vio a un Condenado de la Luna arrastrando a un niño con armadura brillante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.