Los Cortez y el libro de las hadas

Capitulo 35: Bajo La Máscara

Romburo, Xina y el Rey de la Suerte lograron salir, exhaustos. Las batallas habían sido breves… pero brutales.

—¡Cuidado! —gritó Xina al ver cómo un muro de fuego se expandía hasta cerrarse frente a ellos, dejándolos fuera.

—No lo toquen —advirtió Romburo, tenso—. Es magia mayor… podría ser obra de demonios.

En el campo de batalla, Pedro terminó de expandir el aro ígneo. Caminó con calma hacia Julio hasta quedar frente a él.

—Tu arma… tu pasado la alimenta. Cada muerte inocente que te persigue le da vida —dijo Pedro con frialdad.

—Deja de hablar, monstruo… y devuélveme a mi hermano —respondió Julio desde el suelo.

—Me temo que no. Pero te concederé una muerte rápida. Mi hermana ya los hizo sufrir lo suficiente.

Alzó la mano.

Un portal se abrió frente a Julio y absorbió el ataque.

Todos miraron al Viajero del Velo, que avanzó sin prisa. Tocó el pecho de Julio y restauró su energía.

—Creí que a estas alturas ya sabrías usar el Revólver del Peso.

—Ni siquiera sabía que se llamaba así —murmuró Julio, levantándose—. Ayúdame a rescatar a mi hermano… no puedo luchar sin dañarlo.

—A eso vine. Aléjate.

El Viajero alzó la voz.

—¡Sal de ese cuerpo, Tinu!

—Tendrás que arrancarme, Viajero.

El aire vibró. Un resplandor púrpura emergió de las manos del Viajero y comenzó a absorber la energía oscura de Tinu. La entidad cayó al suelo… pero no derrotada.

El Viajero llevó la mano a su pecho, resistiendo el dolor.

—Eso ya no te servirá —rió Tinu mientras se incorporaba—. Cada batalla me libera un poco más del Libro de las Hadas. Esto no es mi poder, solo es un eco… y aun así, tú apenas eres un humano jugando a desafiar dioses.

Un pitido agudo perforó los oídos del Viajero.

No pudo soportarlo.

Explotó.

—¡Zorro! —gritó Julio.

—Tranquilo —respondió Tinu con una sonrisa torcida—. Ese humano no puede morir. Es lo más cerca que estarán de nosotros.

Los fragmentos comenzaron a unirse. Carne, hueso, máscara… todo volvió a formarse.

—Por fin —dijo Tinu cuando el Viajero recuperó su forma—. Ahora haz que esta espera valga la pena.

Se lanzó contra él.

El Viajero esquivó en el aire y, con un gesto, invocó gravedad. Tinu fue aplastado contra el suelo, hundiéndose en la tierra.

—¡Sal de ese cuerpo!

Dentro de la mente de Pedro…

Las sombras seguían levantándose.

Su madre.

Julio.

Alzohur.

—¿Cuánto más debo luchar…? —jadeó.

La figura de Alzohur lo sujetó.

—Mata a Julio… y estaremos juntos.

—¡No!

Pedro atravesó la sombra con un codazo.

Pero no cayó.

Se disolvió en humo.

Y el humo no se dispersó.

Las sombras comenzaron a fundirse. Los rostros se derritieron. Las voces se unificaron.

—Siempre luchas contra ti mismo, Pedro.

La oscuridad se alzó como un eclipse.

—Yo soy el susurro detrás de cada culpa.

Yo soy el deseo que no admites.

Yo soy Tinu.

El suelo desapareció.

—Abandona al Viajero.

Deja que salve su mundo solo.

Julio es necesario… sí.

Pero tú no.

Pedro buscó el origen de la voz.

—¿Entonces por qué me pides que lo mate?

La oscuridad tomó su propia forma.

Un Pedro hecho de sombra.

—No necesito que lo mates. Solo quiero que el Viajero pierda su propósito. Y ese propósito… es tu hermano. Tú decides cómo arrebatárselo.

—¿Tanto lo odias?

—¿Odio? —rió Tinu—. No se odia a lo inferior. Solo se juega con ello. Y no hay juego más divertido que romper a un hombre que no puede morir.

Afuera, la batalla continuaba.

Tinu saltó del cráter, tomó al Viajero por los pies y lo azotó contra el suelo.

Rayos brotaron de las manos del Viajero, amputando sus propios pies.

El grito fue desgarrador.

Pero los pies se regeneraron.

Tinu sujetó la máscara.

—¿Y si te la quito? ¿Volverás a llorar?

Arrancó la máscara.

El Viajero tocó su propio rostro y lo envolvió en fuego, quemándose antes de permitir que los presentes lo vieran.

—Ya no puedo… ustedes nunca dejarán de jugar con nosotros. Somos piezas en su maldito tablero. —sentenció el Viajero.

Un aura púrpura comenzó a emanar de su cuerpo.

Tinu sonrió.

Lo estaba rompiendo.

Un disparo retumbó.

El impacto lanzó a Tinu por los aires.

Julio sostenía el revólver.

Recogió la máscara y se acercó al Viajero.

—No dejes que nadie te haga sentir menos de lo que eres. Solo nosotros sabemos lo que valemos. Peleemos juntos, Zorro.

El Viajero tomó la máscara.

Se la colocó.

—Gracias, Julio. Saquemos a Tinu.

Tinu se levantó, sonriendo.

—Creo que ya me divertí lo suficiente. ¿Qué tal si cambiamos las reglas?

—¿Esto es un juego para ti, maldito monstruo? —rugió Julio.

—¿Qué más podría ser? —respondió Tinu.

—¿Qué quieres? —pregunto el Viajero.

—Tú tienes tres guerreros. Yo elegiré tres míos. Que luchen.

Si los tuyos ganan, los dejaré en paz.

Si los míos vencen… tú serás mi guerrero.

Silencio.

—Si eso libera a Pedro, acepto —dijo el Viajero—. Ninguno de los dos intervendrá.

—Perfecto.

El Libro de las Hadas emergió del pecho de Pedro y se desintegró en llamas.

Pedro cayó inconsciente.

Julio lo sostuvo.

—¿Tienes tres guerreros?

—Sí. Y tú eres uno de ellos.

El muro de fuego desapareció.

Deimon huyó con Elrid.

Armelius corrió hacia Alzohur.

El Ejército Carmesí se arrodilló ante Dael, proclamándolo rey.

La guerra aún no terminaba.

Pero ahora el futuro dependería de tres vidas.

Fin del capítulo 35.




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