En el pueblo de la Rosa, Arlik no podía sacudirse la inquietud.
Un presentimiento oscuro latía en su pecho, como si algo terrible estuviera a punto de ocurrir.
A unos pasos de ella, Román, el caballero celeste, se llevó una mano a la cabeza. Su rostro se tensó.
—¿Estás bien? —preguntó Arlik acercándose.
La respuesta fue un tajo.
Román lanzó su espada contra ella sin aviso. Arlik apenas logró esquivarlo.
—Soldados… destruyan el pueblo —ordenó Román con una voz que no parecía la suya.
Los soldados celestes se miraron entre sí, inseguros, sin comprender lo que acababan de escuchar.
—Si lastiman a la gente del pueblo… los mato —sentenció Arlik con frialdad.
Los soldados de la Rosa aprovecharon el momento para evacuar a los aldeanos, sacándolos rápidamente del alcance de los soldados celestes.
—¡No atacaremos! —gritó uno de ellos—. ¡Nuestras órdenes del general Armelius fueron proteger este pueblo!
—Entonces váyanse a esconder —respondió Arlik sin apartar la mirada de Román.
Román soltó un grito lleno de furia, como si algo dentro de él estuviera desgarrando su humanidad. Volvió a lanzarse contra Arlik.
Ella bloqueaba los ataques uno tras otro, pero los golpes eran tan rápidos que apenas tenía oportunidad de contraatacar.
Román perdía el control cada segundo.
Su técnica se desmoronaba… reemplazada por pura furia.
El sudor corría por el rostro de Arlik.
Solo le quedaba una opción.
Una que podía matarla.
Entonces escuchó una voz.
Una voz que parecía viajar con el viento, susurrándole al oído.
—Siempre han dudado de ti… siempre te han mantenido bajo la sombra de Alzohur… subestimándote. Sé mi guerrera… y enseñemos al mundo tu verdadero poder.
Arlik apretó los dientes.
—No estoy a la sombra de nadie… —gruñó—. Y no me importan los títulos ni lo que otros piensen de mí.
Levantó la espada.
—¡Mil espadas!
Arlik concentró el poco maná que le quedaba en sus manos.
Su espada comenzó a moverse con una velocidad imposible.
Los tajos se multiplicaron.
Ataques veloces, caóticos, impredecibles.
Román no pudo reaccionar.
En cuestión de segundos su destino quedó sellado.
La técnica duró apenas un instante…
pero fue suficiente.
Cientos de cortes atravesaron su cuerpo.
Cuando todo terminó, Román cayó convertido en una masa irreconocible de heridas.
Arlik cayó de rodillas.
El agotamiento era brutal. La adrenalina apenas la mantenía consciente.
La técnica era poderosa… pero peligrosa.
Su alcance podía herir a cualquiera cercano, incluso al propio usuario.
Y esta vez ocurrió.
Arlik miró su hombro.
Su brazo derecho ya no estaba.
La sangre caía desde el hombro arrancado.
Almor y varios soldados corrieron hacia ella.
La escena los dejó paralizados.
Arlik apenas logró mantenerse despierta… y, como si nada hubiera pasado, les regaló una pequeña sonrisa.
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Afueras de la Ciudad Carmesí
Romburo acomodaba suministros en la carreta.
Se preparaban para viajar a la Ciudad Celeste junto a Xina y el Rey de la Suerte.
Mientras movía una caja, algo llamó su atención.
El Libro de las Hadas.
Lo abrió.
Las páginas estaban en blanco.
Una brisa salió disparada del libro y golpeó su rostro.
Entonces escuchó una voz.
—Romburo… no me dejes morir… aún puedes salvarme…
La voz de Irene.
Su esposa.
—¡Irene! ¿Dónde estás? —dijo con la voz quebrada—. Te salvaré… solo espérame.
Romburo cerró los ojos.
Cuando los abrió… un recuerdo lo atrapó.
Entraba a una habitación.
Irene estaba atada a una pared.
Sus ojos estaban en blanco.
No podía moverse.
Sangre escurría por sus piernas.
Romburo comenzó a temblar.
—Tu avaricia la destruyó —susurró una voz.
Una sombra surgió detrás de él.
Tenía su misma apariencia.
—Tenías suficiente para empezar una nueva vida… pero quisiste más, Romburo.
—Pensé que sería una misión sencilla… solo encontrar minerales… —sollozó Romburo.
La sombra sonrió.
—Te comprendo. A veces… más siempre parece mejor, ¿no crees?
Se acercó lentamente.
—Escuché que buscas el Libro de las Hadas para salvar a tu esposa. Eso es… muy honorable.
Romburo levantó la mirada.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque yo vivo dentro del libro.
La sombra extendió la mano.
—Soy Tinu.
Sus ojos brillaron.
—Y puedo ayudarte a salvarla.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Romburo sin dudar.
—Solo un par de cosas por mí.
Romburo apretó los puños.
—Haré lo que sea… solo ayúdame a salvarla.
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Fuera de la mente de Romburo, Xina y el Rey de la Suerte lo miraban preocupados.
Romburo estaba completamente inmóvil.
En trance.
—¿Romburo? —dijo Xina sacudiéndolo—. ¿Se encuentra bien?
—Se lo juro, señorita… así lo encontré —respondió el Rey de la Suerte nervioso.
De pronto—
El hacha de Romburo salió disparada hacia su mano por gravedad.
Un tajo.
La cabeza del Rey de la Suerte rodó por el suelo.
Antes de que Xina pudiera reaccionar, el segundo golpe atravesó su pecho.
El hacha quedó incrustada en su cuerpo.
—Perdón, Xina… —murmuró Romburo—. Fuiste una buena compañera.
Apretó el arma.
Hasta que Xina cerró los ojos.
Romburo retiró el hacha.
Y se marchó.
Dejando los cuerpos atrás.
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En otra parte de las afueras de la ciudad
El Tuerto caminaba con el rostro cubierto para no ser reconocido.
Finalmente encontró una cueva.
Encendió una fogata y se sentó frente a ella.
—Maldito Julio… cree que volveré a ser su perro… —gruñó—. Ojalá lo maten esas bestias.
Una voz surgió desde las sombras.
—Repite lo que dijiste… Tuerto.
La sombra tomó forma.
Editado: 16.03.2026