Los Cortez y el libro de las hadas

Capitulo 37: Sombras Que Despiertan

Fuera de la Ciudad Carmesí, la carreta ya hacia inmovil… como si incluso la madera sintiera el peso de los muertos.

Silvio caminaba a su interior.

Dentro, los cuerpos del Rey de la Suerte y Xina yacían inmóviles.

—Esto no le va a gustar a la invocadora… —murmuró, tomando la cabeza del rey y observándola con desdén—. Qué final tan patético.

Sus ojos se deslizaron hacia Xina.

Sonrió.

—En cambio tú… qué desperdicio. Aún podías dar mucho más.

Se agachó junto a ella. Sus dedos recorrieron su rostro con una delicadeza enferma, descendiendo lentamente hasta su pecho. Luego, sin prisa… se inclinó para besarla, como si la muerte fuera solo una pausa.

Entonces lo sintió.

Un vacío.

Su cuerpo se tensó.

Su energía… se estaba yendo.

Silvio abrió los ojos, confundido. Xina comenzaba a recuperar color. Su piel dejaba de ser ceniza.

Intentó apartarse.

No pudo.

Los ojos de Xina se abrieron de golpe.

Sus piernas lo atraparon. Sus brazos lo envolvieron.

Silvio intentó gritar.

No salió nada.

Intentó luchar.

No tenía fuerzas.

Y en ese último instante… lo entendió.

No la estaba besando.

La estaba alimentando.

Xina absorbió hasta lo último de él.

Hasta dejarlo seco.

Muerto.

Lo soltó con desdén, dejando caer su cuerpo como un saco vacío.

—El mejor beso que me han dado… —sonrió, con desprecio—. Ya no te levantes, viejo asqueroso.

Escupió a un lado.

—Y tú, Romburo… ojalá te maten peor.

---

En las afueras de la ciudad, Pedro despertó con un sobresalto.

Sus brazos rodeaban a Julio… luego a Alzohur.

Ambos vivos.

Ambos reales.

—Qué… gusto volver a verlos… —susurró, con la voz quebrada—. Perdónenme…

Julio lo apretó con fuerza.

—Tranquilo, hermano. Ya estás de vuelta… esta vez no te suelto.

Pedro cerró los ojos. Pero al abrirlos… vio al Viajero del Velo.

Y recordó.

Todo.

Su promesa.

—Agradezco lo que hicieron… —dijo Armelius, avanzando con firmeza—. Pero Pedro mató a muchos. De ambos bandos. Debe responder por eso.

El ambiente se tensó al instante.

—¿Después de lo que hicieron ustedes? —replicó Alzohur, alzando su lanza—. Si no se hubieran llevado a Julio, nada de esto habría pasado.

—Ni se te ocurra… —Julio levantó su revólver—. Mi hermano no responde por lo que hacen sus entidades.

—No es negociable —dijo Armelius, desenvainando su espada—. Sin justicia… el reinado de Dael se pudre.

El silencio se volvió filo.

Un paso más…

y todo estallaría.

Pedro intentó levantarse.

No pudo.

Entonces, el Viajero del Velo avanzó.

—Este hombre será castigado… —su voz fue calma, pero pesada—. Pero no por ustedes. Ni por mí.

Se detuvo frente a Armelius.

—Yo decidiré su destino.

Pausa.

—Y quien se oponga… deberá enfrentarme.

El mundo se hundió.

Una presión invisible cayó sobre todos.

El instinto asesino del Viajero los aplastó contra el suelo.

Armelius. Alzohur. Incluso Pedro.

Todos… menos uno.

Julio seguía en pie.

—¿Qué haces? —gruñó—. Detente, zorro.

—Tenemos que hablar, Julio.

El Viajero alzó las manos.

Un aura morada estalló.

El mundo se desgarró…

y volvió a armarse distinto.

---

El Pueblo de la Rosa.

La casa de Alzohur.

—Estoy hasta la mierda de que me teletransporten sin aviso —gruñó Julio, incorporándose.

—¡Julio!

Xina corrió hacia él y lo abrazó.

—Xina… —Julio frunció el ceño—. ¿Y Romburo?

—Ese idiota nos traicionó… y me mató.

Julio la recorrió con la mirada.

—Pues no parece que le haya salido muy bien.

—Maldición de vampiro… —respondió con una sonrisa torcida—. Y un enfermo llamado Silvio.

Pausa.

—Pero… ¿dónde está Ricat?

—Aquí.

El Viajero apareció frente a ellos.

Ricat entró corriendo, aun con lagañas en los ojos.

—¡Señor zorro!

Se lanzó a abrazarlo.

—Me alegra verte, pequeña —dijo él, acariciando su cabeza.

—Ya basta de reuniones —interrumpió Julio—. Habla.

El ambiente volvió a tensarse.

—Lo que viene… no es menor —dijo el Viajero—. Tinu es una entidad que no negocia. Solo juega.

Sus ojos recorrieron a cada uno.

—Julio. Pedro. Ricat.

—¿Yo qué? —preguntó Ricat, confundida.

—Te considera mi guerrera.

El silencio cayó como una sentencia.

—Alzohur —continuó—, tú no eres parte de esto… pero lo serás cuando ataquen este pueblo. Restauraré la magia de tu gente. Levantaré barreras si es necesario.

—Gracias, tendrá mi apoyo. —respondió Alzohur, firme.

—Pedro vendrá conmigo —dijo el Viajero—. Lo entrenaré. Lo protegeré.

Julio dio un paso al frente.

—Ni de broma. Apenas lo recupero y te lo llevas.

—No puedes protegerlo —respondió el Viajero sin emoción—. No ahora. Esto no es sobre lo que quieres… sino sobre lo que necesita.

Julio apretó los dientes.

No discutió.

Xina se acercó al Viajero, apoyando la mano en su pecho.

—¿Y yo qué gano en todo esto?

Intentó absorber su energía.

Pero era… demasiado.

Su cuerpo reaccionó distinto.

No dolor.

No rechazo.

Placer.

El Viajero tomó su muñeca con suavidad… y la apartó.

—No me toques.

El Viajero volvió a tomar su energía.

—Quiero que formen un equipo. Tú, Ricat… y Julio.

Los tres lo miraron.

—Busquen a los guerreros de Tinu. Y elimínenlos antes de que ellos los encuentren.

Julio soltó una risa seca.

—No soy tu perro. Quiero una vida tranquila. Ya estoy harto de todo esto.

El Viajero lo miró fijamente.

—Todos la queremos.

Pausa.

—Pero el destino no pregunta.

Silencio.

—Y aún hay algo pendiente.

Julio y Pedro se tensaron.

—La familia Hernández. Su hijo está en este mundo. Vivo.




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