Los Cortez y el libro de las hadas

Capitulo Especial: El Abismo De Cleofás

En el bosque de la hiedra,

las Hijas del Velo —mujeres de mirada fría y semiaraduras de cuero— rodeaban a dos figuras.

El aire estaba tenso… demasiado. Como si el propio bosque contuviera la respiración.

Una de ellas, una guerrera con máscara de víbora, sostenía una lanza retorcida, como si hubiese nacido de la raíz de un árbol.

Frente a ella, un joven más bajo, vestido con telas sencillas, empuñaba su espada con evidente tensión.

Ambos aguardaban.

La orden no tardó.

—¡Ahora! —ordenó la líder del clan.

La guerrera víbora avanzó como un relámpago, lanzando una estocada directa al pecho del joven.

Cleofás no esquivó por habilidad… sino por accidente.

Tropezó.

La lanza pasó rozando su costado.

La guerrera aprovechó el impulso, clavó la lanza en el suelo y se impulsó en el aire. Giró sobre sí misma y descargó una patada brutal contra el abdomen de Cleofás.

El impacto lo dobló.

—¡Gh…! —se quejó, sin aire.

Aun así, reaccionó. Extendió la mano y liberó un pulso de gravedad que estalló como una onda invisible, arrojando a la guerrera varios metros atrás.

—Señora, Cleofás está usando magia —gritó la guerrera víbora, reincorporándose.

La líder no se inmutó.

—Lo apruebo.

Había curiosidad en su mirada… y algo más. Como si estuviera observando un experimento.

Cleofás se levantó con dificultad, jadeando. Reunió energía en su palma, formando una esfera de fuego inestable.

La llama titubeaba… como si dudara de su propio dueño.

—No voy a perder otra vez…

La lanzó.

Pero la guerrera ya estaba en movimiento.

Saltó.

Esquivó la bola de fuego.

Aterrizó frente a él.

Y sin darle tiempo a reaccionar—

¡Impacto!

Un puñetazo seco en el rostro lo lanzó al suelo.

Cleofás intentó levantarse…

Pero la punta de la lanza ya descansaba en su garganta.

Silencio.

Un silencio incómodo… pesado.

—Volviste a perder, Cleofás —dijo la líder con voz firme—. No habrá otra revancha. Lárgate de mi vista.

Cleofás apretó los dientes. Se levantó en silencio y se marchó.

A su espalda… algunas guerreras sonreían.

---

Caminó hasta un pequeño lago oculto entre raíces y sombras. Se arrodilló junto al agua y comenzó a limpiar sus heridas.

El reflejo le devolvía la imagen de alguien que no era suficiente.

Por un instante… el agua se distorsionó.

Como si ese reflejo no fuera el único que lo observaba.

Entonces—

Un abrazo.

Suave. Cálido.

—Amor mío… deja de intentar ganar. Solo te estás lastimando —susurró Kirat contra su espalda.

Cleofás cerró los ojos un instante antes de girarse y tomar sus manos.

—¿Me viste pelear…? —preguntó con una sonrisa débil—. Perdona… pero no puedo detenerme. Si no gano… no nos dejarán estar juntos.

Kirat lo miró directo a los ojos.

Había amor… pero también miedo.

—Escapémonos.

El mundo pareció detenerse.

—Mandemos el destino al infierno. Vámonos juntos, Cleo. No necesitas ser fuerte… yo lo seré por ti.

Cleofás se inclinó y la besó.

Un beso que duró apenas unos segundos… pero que ambos sintieron más largo de lo normal.

Como si el tiempo… quisiera quedarse ahí.

—Dame una última oportunidad —susurró—. Déjame pedir tu mano una vez más. Si fallo… entonces nos iremos.

No puedo permitir que pierda a su familia por mi culpa, pensó.

Kirat apoyó su frente contra la de él.

—Solo una última vez… —murmuró—. Después de eso, nos iremos, mi viajero.

Lo abrazó con más fuerza de la necesaria… como si algo dentro de ella temiera no volver a hacerlo.

Lo besó una vez más… y se marchó.

---

Cleofás volvió al lago.

El silencio volvió con él.

Hasta que algo pequeño rompió la quietud.

Un zorro naranja.

—No te está yendo muy bien en combate… ¿verdad, viajero?

Cleofás soltó una leve risa amarga, acariciando su cabeza.

—Me temo que no… —respondió—. Pero no lo entiendo. Dijiste que estoy destinado a ser el más fuerte… y aun así sigo perdiendo.

El zorro ladeó la cabeza.

—Lo serás. Pero todo poder exige un precio.

—¿Qué tipo de precio?

El zorro guardó silencio un segundo de más antes de responder.

—Tiempo.

Cleofás frunció el ceño.

—Nuestra madre quiere que entres a la Biblioteca Infinita —continuó el zorro—. Con tu maldición de memoria infinita… podrás absorber todo su conocimiento.

—¿Cuánto tiempo me tomaría?

—El tiempo ahí es… caprichoso —respondió el zorro—. Un siglo puede sentirse como horas… o unas horas como una eternidad.

Hizo una pausa.

—Todo depende de qué tan rápido aprendas… o de qué tan dispuesto estés a perderte.

Cleofás no notó ese matiz.

—Bien… vamos a esa biblioteca.

El zorro lo observó en silencio.

Por un instante… su mirada no parecía la de un simple animal.

---

Esa noche, en el clan de las Hijas del Velo—

—Madre, tienes que parar esto —dijo Kirat, firme—. Cleo es un buen hombre. Me ama. Quiero estar con él.

La líder no levantó la voz.

—La bondad no gana batallas. Lleva tres combates… y no ha ganado ninguno. No permitiré que nuestro linaje se debilite por amor.

Kirat apretó los puños.

—Dale otra oportunidad. Si pierde… lo aceptaré.

La líder la observó en silencio.

—Será la última. No habrá una quinta. Y si pierde… elegiré a un hombre digno para ti.

Sus palabras no sonaron como amenaza… sino como una sentencia ya escrita.

Kirat no respondió.

Se dio media vuelta y salió.

---

Afuera, las guerreras conversaban.

—Ese hombre es patético —decía la guerrera víbora con una sonrisa burlona—. No entiendo cómo dicen que es el elegido…

Kirat se detuvo.

Su mirada cambió.

Desenfundó su espada y la lanzó al suelo frente a ellas.

El sonido cortó el aire.




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