La chica que no debía existir
La noche en que descubrí que era una princesa, intentaron matarme.
No fue precisamente el cumpleaños que había imaginado.
Durante dieciocho años había vivido en una pequeña casa al borde del bosque, convencida de que mi vida era aburrida, normal y completamente insignificante.
No tenía padre.
No tenía hermanos.
No tenía apellido importante.
Solo tenía a mi madre adoptiva, Mara, y una vieja casa que crujía cada vez que soplaba el viento.
Y, según ella, eso era exactamente lo que necesitábamos.
—Una vida tranquila —decía siempre.
Yo nunca le creí.
Porque las personas normales no tienen pesadillas sobre castillos que jamás han visitado.
Las personas normales no despiertan hablando un idioma que nunca aprendieron.
Y, definitivamente, las personas normales no hacen que las velas se enciendan cuando se enfadan.
Pero mi madre siempre encontraba una explicación.
—Son sueños.
—Es casualidad.
—No vuelvas a hablar de eso.
La última frase era su favorita.
No hables de eso.
No preguntes.
No recuerdes.
Hasta que cumplí dieciocho años.
Aquella noche, todo cambió.
Estaba sentada junto a la ventana mientras afuera caía una tormenta.
Mara estaba preparando la cena.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
La cuchara se detuvo en su mano.
—Depende.
—¿Quién era mi verdadera madre?
El silencio fue inmediato.
Demasiado inmediato.
Mara dejó la cuchara sobre la mesa.
—Ya hemos hablado de esto.
—No. Tú has hablado. Yo he escuchado.
Ella suspiró.
—Tu madre murió cuando eras pequeña.
—Eso es lo que siempre dices.
—Porque es la verdad.
—Entonces dime su nombre.
Mara no respondió.
Me levanté.
—Ni siquiera sé quién soy.
—Eres mi hija.
—No soy tu hija.
La frase salió más fuerte de lo que pretendía.
Mara palideció.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que estás diciendo.
—¡Entonces explícamelo!
Un vaso sobre la mesa comenzó a vibrar.
Mara lo miró.
Yo también.
El vaso se levantó lentamente.
Flotó unos centímetros.
Después cayó al suelo y se rompió.
Ninguna de las dos respiró.
Mara cerró los ojos.
—Ya empezó.
—¿Qué empezó?
Ella corrió hacia mí.
Me tomó de la muñeca.
—Escúchame con atención.
Su voz había cambiado.
Ya no era la mujer tranquila que conocía.
Era miedo.
Miedo verdadero.
—Cuando vengan por ti, no uses tu magia.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi qué?
—No les digas tu nombre.
—¿Quiénes van a venir?
—Cuatro hombres.
—¿Quiénes?
Mara me miró directamente.
—Los cuatro príncipes.
Sentí un escalofrío.
—¿Príncipes?
—Adrik. Kaelen. Dante. Elían.
Los cuatro nombres quedaron suspendidos entre nosotras.
—¿Qué quieren?
Mara apretó los labios.
—Matarte.
Mi corazón se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque creen que eres la última heredera de la Reina de Sangre.
Me aparté.
—Eso es imposible.
—Ojalá lo fuera.
—¿Quién era la Reina de Sangre?
Mara comenzó a llorar.
Nunca había visto llorar a aquella mujer.
—Tu madre.
Antes de que pudiera responder, escuchamos un caballo.
Después otro.
Y otro.
Y otro.
Mara miró hacia la ventana.
—Ya llegaron.
Salí corriendo hacia la puerta.
—¡No!
Mara intentó detenerme.
Pero era demasiado tarde.
La puerta de nuestra casa explotó.
La madera voló por la habitación.
Caí al suelo.
Cuatro hombres entraron.
Los reconocí inmediatamente.
No porque los hubiera visto antes.
Sino porque durante años había visto sus rostros en mis sueños.
El primero tenía el cabello negro y los ojos dorados.
Alrededor de sus dedos danzaban pequeñas llamas.
Adrik.
El príncipe del fuego.
El segundo tenía el cabello plateado y unos ojos azules tan fríos que parecían hielo.
Kaelen.
El príncipe del norte.
El tercero estaba apoyado tranquilamente contra el marco de la puerta.
Cabello negro.
Ojos oscuros.
Una sonrisa peligrosa.
Dante.
El príncipe de las sombras.
Y el último...
El último tenía ojos verdes y una expresión serena.
Parecía el único que no quería estar allí.
Elían.
El príncipe de la luz.
Los cuatro me miraron.
Nadie habló.
Hasta que Adrik dio un paso adelante.
—Valeria.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Dante sonrió.
—Porque llevamos dieciocho años buscándote.
Mara se interpuso entre ellos y yo.
—No la tocarán.
Adrik levantó una ceja.
—Apártate, Mara.
—No.
Kaelen habló por primera vez.
—El Consejo ordenó su muerte.
—El Consejo puede arder en el infierno.
Adrik sonrió.
—Eso puede arreglarse.
Una llama apareció en su mano.
Mara levantó las manos.
El aire cambió.
Una barrera invisible apareció frente a nosotras.
Los cuatro príncipes se quedaron inmóviles.
Dante dejó de sonreír.
—Así que también conservas tus poderes.
Mara respondió:
—Solo los suficientes para detenerlos.
—No puedes detenernos a los cuatro.
—No necesito hacerlo.
Mara me miró.
—Corre.
—¿Qué?
—¡Corre!
Una explosión sacudió la casa.
La barrera se rompió.
Mara salió despedida.
—¡Mamá!
Corrí hacia ella.
Pero Adrik me agarró del brazo.
—No.
Intenté soltarme.
—¡Suéltame!
—No quiero hacerte daño.
—¡Viniste a matarme!
Adrik se quedó callado.
—Sí.
Su respuesta me destrozó.