El palacio de mis enemigos
El portal se cerró detrás de nosotros.
Caí de rodillas sobre un suelo de mármol negro.
Durante unos segundos no pude respirar.
Había dejado atrás mi casa.
A mi madre.
Mi vida.
Todo.
—Levántate —dijo Kaelen.
Levanté la cabeza.
—¿Siempre eres así de amable?
Sus ojos azules se clavaron en los míos.
—No estoy intentando ser amable.
—Ya me di cuenta.
Adrik soltó una pequeña risa.
—Me agrada.
Kaelen lo miró.
—No te pregunté.
—Tampoco te pregunté si podía opinar.
Dante pasó entre ellos.
—¿Podemos dejar de comportarnos como niños?
—Tú eres el peor de todos —respondió Adrik.
—Lo sé.
Elían se acercó a mí y extendió una mano.
—¿Puedes levantarte?
Miré su mano.
Por alguna razón, era el único de los cuatro que no me hacía sentir como si estuviera a punto de morir.
La acepté.
En cuanto nuestros dedos se tocaron, la marca de mi muñeca brilló.
Elían se quedó inmóvil.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Nada.
Pero estaba mintiendo.
Lo sabía.
Él también lo sabía.
—No vuelvas a mentirme.
Elían bajó la mirada.
—Entonces no vuelvas a hacer preguntas cuyas respuestas podrían hacerte daño.
—Ya estoy cansada de que todos decidan qué puedo soportar.
Lo solté.
Miré alrededor.
El lugar parecía un palacio sacado de una pesadilla.
Columnas enormes.
Ventanas de cristal oscuro.
Escaleras que parecían no terminar nunca.
Y cuatro estandartes colgaban sobre el gran salón.
Uno rojo.
Uno azul.
Uno negro.
Uno dorado.
—¿Este es su hogar?
—Nuestro palacio —corrigió Dante.
—Es enorme.
—Somos príncipes.
—Eso no explica nada.
Dante sonrió.
—Te acostumbrarás.
—No pienso quedarme.
Los cuatro se quedaron en silencio.
Adrik fue el primero en hablar.
—No tienes elección.
—Siempre tengo elección.
—No esta vez.
Me acerqué a él.
—¿Y quién va a detenerme?
Adrik inclinó la cabeza.
—Yo.
La tensión entre nosotros aumentó.
Su mirada bajó lentamente hasta mis labios.
Solo un segundo.
Pero lo noté.
Y él también.
Retrocedí.
—No me das miedo.
—Eso es un problema.
—¿Por qué?
Adrik sonrió.
—Porque debería.
Antes de que pudiera responder, las puertas del salón se abrieron.
Entró una mujer vestida de negro.
Era mayor, pero su postura era firme.
Su cabello gris caía hasta su cintura.
Me observó como si estuviera viendo un fantasma.
—Es ella.
Kaelen se puso rígido.
—Sí.
La mujer se acercó.
—La última heredera.
—No soy ninguna heredera.
Ella ignoró mis palabras.
—Pensamos que habías muerto.
—Pues se equivocaron.
La mujer miró mi muñeca.
—La marca ha despertado.
—¿Qué significa?
—Significa que los cuatro están unidos a ti.
—Eso ya me lo dijeron.
—No entiendes.
Su mirada pasó de uno a otro.
—Si ella muere, ustedes morirán con ella.
Mi corazón se detuvo.
Miré a los cuatro.
Adrik dejó de sonreír.
Kaelen apretó los puños.
Dante frunció el ceño.
Elían cerró los ojos.
—¿Qué? —susurré.
La mujer continuó:
—El vínculo es absoluto.
—¿Y si ellos mueren?
Ella me miró.
—Tú también.
Sentí un vacío en el estómago.
—Esto es una pesadilla.
—No.
La mujer se acercó.
—Esto es tu vida.
Aquella noche me dieron una habitación.
No quería una habitación.
Quería volver a casa.
Quería despertar y descubrir que todo había sido una pesadilla.
Pero cuando abrí la puerta, encontré un vestido negro sobre la cama.
Junto a él había una pequeña caja.
La abrí.
Dentro había una fotografía.
Mi madre.
Mucho más joven.
Estaba junto a cuatro hombres.
Me quedé inmóvil.
Los reconocí.
Adrik.
Kaelen.
Dante.
Elían.
Pero eran niños.
Mucho más jóvenes.
Y mi madre estaba sonriendo.
—¿Qué haces con eso?
Me giré.
Dante estaba apoyado contra la puerta.
—¿Cómo entraste?
—Las sombras tienen sus ventajas.
Le mostré la fotografía.
—¿Conocías a mi madre?
Dante dejó de sonreír.
—Sí.
—¿Los cuatro?
—Sí.
—¿Por qué?
No respondió.
—Dante.
Suspiró.
—Ella nos entrenó.
—¿Para qué?
—Para matarte.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Mi propia madre hizo eso?
—No exactamente.
Se acercó.
—Ella sabía que algún día te encontraríamos.
—Entonces ¿por qué me escondió?
Dante miró la fotografía.
—Porque sabía que cuando despertara tu poder, el Consejo intentaría matarte.
—¿Y ustedes?
—Nosotros también.
—Pero ahora no quieren hacerlo.
—No.
—¿Por qué?
Dante me miró directamente.
—Porque ninguno de nosotros entiende por qué no podemos.
Se acercó otro paso.
—Y eso me preocupa.
—¿Te preocupa no poder matarme?
—Me preocupa lo que estoy empezando a sentir.
Mi corazón dio un vuelco.
Dante pareció arrepentirse de haberlo dicho.
Se apartó.
—Duerme.
—Espera.
Se detuvo.
—¿Qué?
—¿Cuál de ustedes me traicionará?
Su expresión cambió.
—¿Quién te dijo eso?
—La profecía.
Dante me miró durante unos segundos.
—No todas las profecías dicen la verdad.
—Pero tú sabes algo.
Sonrió.
—Buenas noches, princesa.
Y desapareció.
Me quedé mirando el lugar donde había estado.
Por primera vez pensé que quizá la persona más peligrosa de los cuatro no era Adrik.
Ni Kaelen.
Ni Elían.
Era Dante.
Porque él sabía exactamente cómo hacerme querer respuestas.