El príncipe de las sombras
No dormí.
¿Cómo iba a hacerlo?
Cada vez que cerraba los ojos veía la fotografía.
Mi madre.
Los cuatro príncipes.
Y una vida de la que no recordaba absolutamente nada.
Cerca del amanecer, finalmente me quedé dormida.
Entonces soñé.
Estaba en un bosque.
No conocía aquel lugar.
Pero algo dentro de mí sabía dónde estaba.
Corrí entre los árboles.
Escuchaba una voz.
—Valeria.
Me detuve.
—¿Quién eres?
Nadie respondió.
Volví a escucharla.
—Valeria.
Me giré.
Dante estaba detrás de mí.
Pero parecía diferente.
Más joven.
Sin aquella expresión arrogante.
Tenía sangre en la mejilla.
—¿Dante?
Él me miró.
—No deberías estar aquí.
—Esto es un sueño.
—Sí.
—Entonces puedo hacer lo que quiera.
Dante negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque este sueño no es tuyo.
Me quedé helada.
—¿Qué significa eso?
Dante levantó una mano.
El bosque desapareció.
Apareció un castillo.
Un castillo en llamas.
Escuché gritos.
Vi a una mujer corriendo.
Mi madre.
—¡Mamá!
Intenté acercarme.
Dante me detuvo.
—No.
—¡Suéltame!
—Todavía no.
Mi madre se volvió.
Estaba llorando.
En sus brazos llevaba una niña.
Una niña pequeña.
Yo.
Me quedé sin palabras.
—Eso...
Dante me miró.
—Tenías tres años.
—¿Por qué no recuerdo esto?
—Porque alguien borró tus recuerdos.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, apareció un hombre detrás de mi madre.
No podía verle el rostro.
Pero llevaba una corona.
Mi madre gritó:
—¡Corre!
La imagen se rompió.
Desperté gritando.
Me incorporé en la cama.
La puerta se abrió de golpe.
Adrik entró.
—¿Qué ocurrió?
Respiraba agitadamente.
—Dante.
Adrik frunció el ceño.
—¿Qué hizo?
—Entró en mi sueño.
—¿Qué?
—Me mostró a mi madre.
Adrik se quedó inmóvil.
—Eso no debería ser posible.
—Pues lo fue.
Kaelen apareció detrás de él.
—¿Qué está pasando?
—Dante entró en su mente —respondió Adrik.
Kaelen palideció.
—Encuéntrenlo.
Lo encontramos en la biblioteca.
Dante estaba sentado junto a una ventana leyendo tranquilamente.
Adrik lo agarró del cuello de la camisa.
—¿Qué hiciste?
Dante ni siquiera se inmutó.
—Buenos días.
—Entraste en su mente.
—Sí.
—¿Por qué?
Dante miró hacia mí.
—Porque necesitaba recordar.
Kaelen se acercó.
—No tenías derecho.
—Ella tiene derecho a saber quién es.
—¡Podrías haberla herido!
Dante se levantó.
—¿Y seguir mintiéndole habría sido mejor?
Los dos se miraron con furia.
Elían entró en la biblioteca.
—Basta.
Nadie se movió.
—Tenemos problemas mayores.
—¿Qué problemas? —pregunté.
Elían llevaba una carta en la mano.
Me la entregó.
La abrí.
Solo había una frase.
ENTREGUEN A LA HEREDERA ANTES DEL ANOCHECER O EL PALACIO SERÁ DESTRUIDO.
—¿Quién la envió?
—El Consejo —dijo Kaelen.
Miré a los cuatro.
—Entonces no pienso entregarme.
Adrik sonrió.
—Bien.
—¿Bien?
—Porque nosotros tampoco pensamos entregarte.
Dante se acercó.
—Parece que tenemos una guerra.
Miré la carta.
Después a ellos.
—¿Y qué se supone que debo hacer?
Kaelen respondió:
—Aprender a usar tu magia.
—No sé usarla.
—Por eso comenzaremos hoy.
—¿Y si no quiero?
Adrik cruzó los brazos.
—Entonces te enseñaremos aunque no quieras.
—Qué considerados.
Dante sonrió.
—Créeme. Vas a odiarnos.
—Ya los odio.
—Perfecto.
Se acercó un poco más.
—Eso hará las cosas más interesantes.
Sentí que la marca de mi muñeca ardía.
Al mismo tiempo, las marcas de los cuatro brillaron.
Los cinco nos quedamos inmóviles.
Una voz resonó dentro de mi cabeza.
«El primer sello ha despertado.»
La biblioteca comenzó a temblar.
Los libros cayeron de los estantes.
Las ventanas se rompieron.
Y sobre el suelo apareció un enorme círculo mágico.
En el centro había cinco símbolos.
Uno para cada uno de nosotros.
Elían miró el círculo.
—Esto no estaba en la profecía.
Kaelen desenvainó su espada.
—Entonces estamos en problemas.
Dante observó el quinto símbolo.
—No.
Su rostro se volvió serio.
—Estamos mucho peor que eso.
—¿Por qué?
Dante levantó lentamente la mirada.
—Porque alguien acaba de despertar dentro del palacio.
Un grito atravesó los pasillos.
Después otro.
Las puertas de la biblioteca se cerraron solas.
Y una voz desconocida susurró desde el otro lado:
—Encontré a mi reina.
La magia explotó.
Y las luces se apagaron.