Los Cuatro PrÍncipes Que DebÍ Odiar

Capitulo 4

El hombre que me llamó reina

Las luces del palacio se apagaron.

Por completo.

El enorme círculo mágico seguía brillando bajo nuestros pies, iluminando la biblioteca con una luz roja inquietante.

Nadie habló.

Nadie respiró.

Entonces volvió a escucharse aquella voz.

—Encontré a mi reina.

El sonido parecía venir de todas partes.

Y de ninguna.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

Adrik se colocó delante de mí.

Kaelen desenvainó su espada.

Elían creó una barrera de luz.

Y Dante...

Dante observaba las sombras.

Como si estuviera buscando algo.

O a alguien.

—¿Quién eres? —gritó Adrik.

Una carcajada respondió.

Lenta.

Oscura.

Peligrosa.

—Han pasado años desde la última vez que vi a un príncipe temblar.

—No estoy temblando —gruñó Adrik.

—Todavía no.

Las sombras comenzaron a moverse.

Al principio pensé que era mi imaginación.

Pero no.

Las sombras de la biblioteca estaban vivas.

Subían por las paredes.

Se extendían por el techo.

Como si intentaran devorar la habitación.

—Esto no me gusta —murmuró Elían.

—A mí tampoco —respondió Kaelen.

Dante dio un paso adelante.

—Sal.

La temperatura descendió de golpe.

Las sombras se reunieron en el centro de la biblioteca.

Tomaron forma lentamente.

Primero apareció una silueta.

Luego unos brazos.

Después un rostro.

Un hombre.

Joven.

Alto.

Cabello blanco.

Ojos completamente negros.

Y una corona oscura tatuada sobre el cuello.

Cuando lo vi, algo dentro de mí se rompió.

Una imagen apareció en mi cabeza.

Ese rostro.

Esa mirada.

Ya lo había visto antes.

En mis sueños.

El hombre sonrió.

—Hola, Valeria.

Mi corazón se detuvo.

—¿Quién eres?

Su sonrisa se hizo más amplia.

—Pensé que me recordarías.

—Nunca te había visto.

—Eso es mentira.

Mi cabeza comenzó a doler.

Imágenes.

Fragmentos.

Una niña pequeña.

Un jardín.

Un muchacho riendo.

Una promesa.

Todo desapareció antes de que pudiera entenderlo.

—¿Qué me hiciste?

—Nada.

El hombre inclinó la cabeza.

—Tus recuerdos están intentando volver.

Dante se puso rígido.

—Aléjate de ella.

El desconocido lo miró.

—Sigues protegiéndola.

—Siempre lo haré.

Aquella respuesta sorprendió incluso a Adrik.

El hombre soltó una risa.

—Qué curioso.

Sus ojos negros volvieron a mí.

—¿Sabes quién soy?

Negué con la cabeza.

—Mi nombre es Cassian.

El silencio cayó sobre la biblioteca.

Kaelen palideció.

Adrik apretó los puños.

Elían dejó de respirar.

—No puede ser —susurró.

Miré a los cuatro.

—¿Qué ocurre?

Nadie respondió.

—¿Quién es?

Dante fue quien habló.

—El príncipe perdido.

Mi corazón dio un salto.

—¿Príncipe?

Cassian hizo una reverencia exagerada.

—El quinto príncipe.

—Eso es imposible.

—Y sin embargo aquí estoy.

Se acercó un paso.

La barrera de luz de Elían brilló.

—No des otro paso.

Cassian ni siquiera miró la barrera.

Sus ojos seguían clavados en mí.

—Te he estado buscando durante años.

—¿Por qué?

—Porque me perteneces.

El silencio se volvió mortal.

Adrik avanzó tan rápido que apenas lo vi.

Lo agarró del cuello.

Las llamas explotaron alrededor de ambos.

—Repite eso.

Cassian sonrió.

—Con gusto.

Sus ojos negros brillaron.

—Ella me pertenece.

Una explosión de magia sacudió la biblioteca.

Adrik salió despedido varios metros.

Se estrelló contra una estantería.

Los libros cayeron por todas partes.

Me quedé inmóvil.

Cassian ni siquiera parecía haberse esforzado.

—Adrik —gritó Elían.

El príncipe del fuego se levantó lentamente.

Tenía sangre en la comisura de los labios.

Y estaba furioso.

—Voy a matarte.

—Ya lo intentaste cuando tenías diez años.

La sangre desapareció del rostro de Adrik.

Cassian volvió a mirarme.

—¿Ves?

—¿Ver qué?

—Ellos tampoco recuerdan toda la verdad.

Mi cabeza comenzó a doler nuevamente.

Imágenes.

Fuego.

Un castillo.

Cinco niños.

Una promesa.

Y una voz.

Siempre estaremos juntos.

Me llevé las manos a las sienes.

—Detente.

Cassian dio otro paso.

—Recuerda.

—¡Detente!

El suelo tembló.

Las ventanas explotaron.

Una energía roja salió de mi cuerpo.

La biblioteca quedó destruida.

Todos retrocedieron.

Todos menos Cassian.

Él sonrió.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La verdadera heredera.

Mi respiración era agitada.

No entendía nada.

No entendía quién era.

No entendía por qué aquel hombre parecía conocerme.

Y, sobre todo, no entendía por qué una parte de mí sentía que podía confiar en él.

Dante se colocó delante de mí.

—No lo escuches.

—¿Por qué?

—Porque miente.

Cassian soltó una carcajada.

—¿Yo?

Miró a los cuatro príncipes.

—Dile la verdad, Dante.

Nadie habló.

—Dile quién borró sus recuerdos.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Qué?

Cassian señaló a los cuatro.

—Ellos.

El silencio fue absoluto.

Miré a Adrik.

Luego a Kaelen.

Después a Elían.

Finalmente a Dante.

Ninguno negó la acusación.

Y en ese instante comprendí algo terrible.

Quizá los hombres que juraron matarme me habían ocultado mucho más de lo que imaginaba.

Y quizá el enemigo no estaba frente a nosotros.

Quizá estaba a mi lado.



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En el texto hay: reverse harem

Editado: 28.08.2026

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