Una habitación para cinco enemigos
—¿Ellos?
La palabra apenas salió de mi boca.
Miré a los cuatro hombres que tenía delante.
Adrik tenía la mandíbula apretada.
Kaelen evitaba mis ojos.
Elían parecía querer decir algo.
Y Dante...
Dante permanecía completamente inmóvil.
—¿Es verdad? —pregunté.
Nadie respondió.
Mi pecho comenzó a doler.
—¿Ustedes borraron mis recuerdos?
Dante finalmente levantó la mirada.
—Sí.
Sentí como si alguien me hubiera golpeado.
—¿Por qué?
—Para protegerte.
Solté una carcajada amarga.
—¿Protegerme?
Miré alrededor de la biblioteca destruida.
—¿Esto es lo que ustedes llaman protegerme?
Dante dio un paso hacia mí.
—Si hubieras recordado todo cuando eras niña, habrías muerto.
—¿Y ahora?
—Ahora eres suficientemente fuerte.
—No me siento fuerte.
—Lo eres.
—No.
Lo miré directamente.
—Soy una mujer que acaba de descubrir que cuatro hombres que juraron matarla también decidieron borrar sus recuerdos.
Dante bajó la mirada.
—Tienes razón.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿No vas a negarlo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya te mentimos demasiado.
Kaelen se acercó.
—No todos estuvimos de acuerdo.
Lo miré.
—¿Tú no?
—No.
Adrik soltó una risa seca.
—Yo tampoco.
—Entonces ¿quién lo hizo?
Todos miraron a Dante.
Mi estómago se cerró.
—Tú.
Dante no respondió.
—Fuiste tú.
—Sí.
—¿Por qué?
Dante cerró los ojos.
—Porque me lo pidió tu madre.
El mundo pareció detenerse.
—¿Mi madre?
—Ella sabía que el Consejo iba a encontrarte.
—¿Y por qué confiaba en ti?
Dante abrió los ojos.
—Porque yo era el único capaz de entrar en tu mente sin destruirla.
—Eso no responde mi pregunta.
—Tu madre confiaba en mí porque...
Se detuvo.
—Porque yo te había prometido que nunca te abandonaría.
Mi corazón dio un golpe extraño.
—¿Cuándo?
Dante me miró.
—Antes de que olvidaras.
Una hora después, la directora de la academia nos llevó a una sala privada.
Había una mesa enorme.
Cinco sillas.
Cinco vasos.
Cinco lugares.
—No entiendo por qué somos cinco —dije.
La directora suspiró.
—Porque el vínculo exige que permanezcan juntos.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que la profecía termine.
—¿Y cuánto falta?
La mujer me miró.
—Tres meses.
—¿Tres meses para qué?
—Para tu coronación.
Me quedé helada.
—¿Mi coronación?
—Si sobrevives.
Perfecto.
Tres meses.
Tres meses para descubrir quién era.
Tres meses para aprender magia.
Tres meses para averiguar quién quería matarme.
Y, aparentemente, tres meses encerrada con cinco hombres que no sabía si odiar o temer.
—Hay una última regla —dijo la directora.
—¿Cuál?
Señaló las cinco habitaciones del pasillo.
—Por la naturaleza del vínculo, deberán permanecer en el mismo ala del palacio.
—Bien.
—Y no podrán estar a más de cien metros de distancia.
—¿Qué?
Adrik soltó una carcajada.
—Esto se pone interesante.
—No veo qué tiene de interesante.
—A mí sí.
Kaelen lo miró.
—No empieces.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente qué.
Adrik sonrió.
—No sé de qué hablas.
Dante se apoyó contra la pared.
—Esto será insoportable.
Elían me miró.
—Podemos hacerlo funcionar.
Lo observé.
—¿De verdad lo crees?
—No.
Sonrió.
—Pero podemos intentarlo.
Por alguna razón, eso me hizo sonreír.
Fue un error.
Porque Adrik lo notó.
—¿Por qué le sonríes a él?
Elían levantó una ceja.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces deja de mirarme.
—No estaba mirándote.
—Llevas diez segundos haciéndolo.
Kaelen suspiró.
—¿Podemos comportarnos como adultos?
Dante soltó una risa.
—Eso sería pedir demasiado.
Yo los miré.
—¿Siempre son así?
—Sí —respondieron los cuatro al mismo tiempo.
Por primera vez desde que había descubierto toda aquella locura...
me reí.
Los cuatro se quedaron mirándome.
Y algo cambió.
Adrik dejó de sonreír.
Kaelen apartó los ojos.
Dante se quedó completamente quieto.
Elían sonrió.
No sabía qué acababa de ocurrir.
Pero la marca de mi muñeca comenzó a calentarse.
Esa noche intenté dormir.
No pude.
Había demasiadas preguntas.
Me levanté y caminé por el pasillo.
La puerta de la biblioteca estaba abierta.
Entré.
Dante estaba allí.
Solo.
—¿No duermes?
—No mucho.
—¿Por qué?
—Las sombras nunca duermen completamente.
Me senté frente a él.
—Quiero recuperar mis recuerdos.
Dante me observó.
—Lo sé.
—¿Puedes hacerlo?
—Sí.
—Entonces hazlo.
—No.
Me levanté.
—¿Por qué?
—Porque podría hacerte daño.
—¡Todos dicen eso!
Golpeé la mesa.
—¡Todos creen que soy demasiado frágil para conocer mi propia vida!
Dante se levantó.
—No eres frágil.
—Entonces demuéstramelo.
Se acercó.
—Si recuperas tus recuerdos, podrías recordar cosas que tu mente decidió olvidar por una razón.
—No me importa.
—A mí sí.
Me quedé inmóvil.
Dante estaba demasiado cerca.
—¿Por qué?
Su mirada bajó hasta mis labios.
—Porque ya te perdí una vez.
Mi corazón comenzó a latir rápidamente.
—Dante...
Él retrocedió.
—Olvídalo.
—No.
—Valeria.
—Quiero saber qué pasó.
Dante respiró profundamente.
—Está bien.
Levantó una mano.
Una sombra apareció entre sus dedos.