El beso que rompió el hechizo
Cassian estaba en la puerta.
Nadie se movía.
Su sonrisa había desaparecido.
—Yo —repitió— soy el traidor.
Adrik dio un paso hacia él.
—¿Por qué?
Cassian levantó lentamente las manos.
—Porque fui yo quien entregó a la reina.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿A mi madre?
Cassian me miró.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque pensé que así podría salvarte.
Dante se puso delante de mí.
—No le creas.
Cassian soltó una risa amarga.
—Tú tampoco le contaste toda la verdad.
—Cállate.
—¿Qué parte quieres que le cuente primero?
Cassian señaló a Dante.
—¿Que él fue quien borró sus recuerdos?
Dante apretó los puños.
—Ya lo sabe.
—¿Y que tú prometiste protegerla mientras yo hacía el trabajo sucio?
Dante no respondió.
Mi respiración se volvió pesada.
—¿Qué trabajo sucio?
Cassian me miró.
—Tu madre me pidió que te sacara del palacio.
—¿Y lo hiciste?
—Sí.
—Entonces ¿por qué dices que la entregaste?
Cassian bajó la mirada.
—Porque antes de poder regresar por ella, el Consejo me encontró.
Su voz cambió.
—Me obligaron a revelar dónde estaba.
El silencio fue absoluto.
—¿Y ella?
—La capturaron.
—¿Murió?
Cassian negó.
—No.
Mi corazón dio un salto.
—¿Está viva?
Cassian me sostuvo la mirada.
—Sí.
Me llevé una mano a la boca.
Durante dieciocho años había creído que mi madre estaba muerta.
—¿Dónde está?
Cassian dio un paso hacia mí.
—En el Palacio de Cristal.
Kaelen palideció.
—Eso es imposible.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque el Palacio de Cristal desapareció hace quince años.
Cassian sonrió.
—No desapareció.
Miró hacia las ventanas.
—Se ocultó.
No tuvimos tiempo de discutir.
Una alarma comenzó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Las paredes temblaron.
Elían se acercó a la ventana.
—Soldados.
Adrik encendió sus manos.
—¿Cuántos?
—Demasiados.
Kaelen levantó su espada.
—El Consejo nos encontró.
Dante miró a Cassian.
—¿Los trajiste tú?
—No.
—Entonces ¿cómo nos encontraron?
Cassian miró hacia mí.
—Por ella.
La marca de mi muñeca comenzó a arder.
Caí de rodillas.
—¡Ah!
Los cuatro príncipes reaccionaron al mismo tiempo.
Adrik me sostuvo por un brazo.
Kaelen por el otro.
Elían se arrodilló frente a mí.
Dante cerró los ojos.
—Están usando el vínculo.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Pueden localizarte a través de nuestra magia.
Una explosión sacudió el palacio.
Adrik miró hacia la puerta.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
Cassian respondió:
—Al Palacio de Cristal.
Todos lo miraron.
—¿Quieres que vayamos directamente al lugar donde está mi madre? —pregunté.
—Sí.
—Entonces vamos.
Kaelen negó.
—Es una trampa.
—Puede ser.
Miré a Cassian.
—Pero también puede ser mi única oportunidad de encontrarla.
Adrik se acercó.
—Yo voy contigo.
Kaelen suspiró.
—Yo también.
Dante sonrió.
—No pienso dejar que vayan sin mí.
Elían levantó una mano.
—Entonces iremos los cinco.
Cassian lo miró.
—¿Estás seguro?
—No.
Elían sonrió.
—Pero ya estoy acostumbrado a tomar malas decisiones.
Salimos por un túnel secreto.
El pasadizo era estrecho y oscuro.
Yo caminaba en medio.
Los cinco hombres me rodeaban.
Adrik delante.
Kaelen detrás.
Dante a mi izquierda.
Elían a mi derecha.
Cassian caminaba unos pasos atrás.
—¿Por qué están tan cerca? —pregunté.
Dante respondió:
—El vínculo.
—Siempre dicen eso.
—Porque siempre es cierto.
De repente tropecé.
Adrik me sostuvo.
—Cuidado.
—Estoy bien.
—No parece.
Me soltó lentamente.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
Pero no apartaba la mirada.
Kaelen carraspeó.
—Tenemos prisa.
Adrik lo miró.
—¿Te molesta?
—No.
—Parece que sí.
—Adrik.
—Kaelen.
—Basta —dijo Elían.
Dante sonrió.
—Esto se está poniendo divertido.
—Cállate —dijimos los tres al mismo tiempo.
Por primera vez, Cassian soltó una carcajada.
—Ahora entiendo por qué ella los soporta.
Lo miré.
—No los soporto.
Adrik sonrió.
—Todavía.
Llegamos al final del túnel.
Había una enorme puerta de piedra.
Cassian puso la mano sobre ella.
La puerta comenzó a abrirse.
Una luz blanca nos cegó.
Cuando pude volver a mirar...
me quedé sin palabras.
Frente a nosotros se extendía un palacio gigantesco.
Sus torres parecían hechas completamente de cristal.
El cielo estaba lleno de estrellas.
Y en el centro había un enorme jardín.
—El Palacio de Cristal —susurró Elían.
Cassian asintió.
—Aquí vive tu madre.
Corrí.
No me importó nada más.
Atravesé el jardín.
Subí las escaleras.
Abrí la enorme puerta principal.
Y entonces la vi.
Una mujer estaba de pie al final del salón.
Cabello largo.
Vestido blanco.
Una corona sobre la cabeza.
Me quedé inmóvil.
Ella también.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Valeria...
Mi cuerpo dejó de responder.
—¿Mamá?
Ella corrió hacia mí.
Me abrazó.
Y durante unos segundos olvidé la guerra.
Olvidé las profecías.
Olvidé a los cuatro príncipes.
Solo era una hija abrazando a su madre.
—Pensé que estabas muerta —lloré.
—Lo sé.