La verdadera heredera
Tres días después llegamos a la capital.
Nunca había visto una ciudad tan grande.
Torres de cristal.
Puentes flotantes.
Dragones sobre los edificios.
Miles de personas caminando por las calles.
Y en cada esquina había soldados.
Mi madre me observaba desde el carruaje.
—¿Estás preparada?
—No.
Ella sonrió.
—Entonces estás preparada.
Adrik estaba sentado frente a mí.
—No tienes que hacerlo sola.
Kaelen asintió.
—Ninguno de nosotros se irá.
Dante miró por la ventana.
—Aunque probablemente intentemos matarnos entre nosotros antes de que termine.
Elían se rio.
—Eso es bastante probable.
Yo sonreí.
Pero Cassian permanecía apartado.
Su hombro estaba vendado.
Me acerqué.
—¿Cómo estás?
—Vivo.
—Eso no responde.
—Entonces estoy mejor.
Lo miré.
—Todavía no confío en ti.
—Lo sé.
—Pero gracias.
Cassian me miró sorprendido.
—¿Por salvarme?
—Por interponerte.
Sonrió.
—Lo haría otra vez.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
Aparté la mirada.
—No hagas que me arrepienta de agradecerte.
Llegamos al palacio.
Las puertas se abrieron.
Cientos de personas nos esperaban.
Mi madre bajó primero.
Después yo.
Un murmullo recorrió la multitud.
—La heredera.
—Está viva.
—La reina ha regresado.
Entonces sonaron las trompetas.
Un hombre apareció en las escaleras.
Mi padre.
El rey.
Todos se arrodillaron.
Yo no.
Él me miró.
—Hija.
—No me llames así.
Su sonrisa desapareció.
—Tienes mi sangre.
—Y la de mi madre.
—Tienes algo mucho más poderoso.
—¿Qué?
El rey levantó una mano.
Las puertas del salón se cerraron.
Los soldados rodearon a los cuatro príncipes.
—¡¿Qué haces?! —grité.
El rey sonrió.
—Lo que debí hacer hace dieciocho años.
Adrik intentó atacar.
Una barrera apareció.
Kaelen golpeó la pared mágica.
Dante desapareció.
Pero una cadena de luz lo atrapó.
Elían cayó de rodillas.
—¡No!
Mi padre se acercó.
—Tus cuatro príncipes son la llave.
—¿La llave de qué?
—Del Devorador.
El suelo comenzó a temblar.
Una grieta apareció en el centro del salón.
Algo respiró debajo.
Mi padre levantó los brazos.
—Con tu sangre y sus poderes, despertaremos al verdadero rey de este mundo.
—Estás loco.
—No.
Sonrió.
—Soy el único que conoce la verdad.
Me señaló.
—Tú no naciste para gobernar.
La grieta se hizo más grande.
—Naciste para abrir la puerta.
Mi madre gritó:
—¡Valeria, corre!
Pero era demasiado tarde.
Una enorme sombra surgió del suelo.
Los cuatro príncipes gritaron.
Sus marcas comenzaron a brillar.
La mía también.
Y escuché una voz dentro de mi cabeza.
«Finalmente.»
Miré la criatura.
Tenía miles de ojos.
Y todos me estaban mirando.
Entonces comprendí la verdad.
No era la heredera de los siete reinos.
Era la llave que podía despertar al ser más poderoso de todos.
Y si no aprendía a controlar mi magia...
el mundo entero moriría conmigo.