La guerra de los siete reinos
Al amanecer, el ejército llegó.
Miles de soldados rodeaban la fortaleza.
Banderas de siete colores ondeaban bajo el cielo.
Cada reino había enviado tropas.
Todos querían mi captura.
Mi muerte.
O mi poder.
Adrik observaba desde las murallas.
—Son demasiados.
Kaelen preparó su espada.
—Entonces tendremos que ser mejores.
Dante apareció detrás de ellos.
—Hay otra opción.
—¿Cuál?
—Convencerlos de que están luchando por la persona equivocada.
Yo me acerqué.
—¿Cómo?
Dante me miró.
—Mostrándoles quién eres.
—¿Y si no me creen?
Elían respondió:
—Entonces lucharemos.
Miré a los cuatro.
—No quiero que mueran.
Adrik sonrió.
—Tendrás que acostumbrarte a que hagamos cosas estúpidas por ti.
—No pienso acostumbrarme.
—Demasiado tarde.
Las puertas de la fortaleza se abrieron.
El ejército avanzó.
Mi padre estaba al frente.
Llevaba una corona negra.
—¡Valeria! —gritó—. Entrégate y nadie más tendrá que morir.
Lo miré desde la muralla.
—¡No!
—Eres mi hija.
—Y tú intentaste usarme como sacrificio.
El rey levantó la mano.
—Entonces morirás con ellos.
El ejército atacó.
Las flechas llenaron el cielo.
Kaelen levantó ambas manos.
Una gigantesca pared de hielo apareció.
Las flechas quedaron congeladas en el aire.
Adrik saltó desde la muralla.
El fuego explotó alrededor de él.
Dante desapareció entre las tropas.
Elían levantó una barrera de luz.
Cassian se quedó conmigo.
—¿Por qué no luchas?
—Porque mi trabajo es protegerte.
—Puedo protegerme sola.
—Lo sé.
Sonrió.
—Pero quiero hacerlo.
Una flecha voló hacia mí.
Cassian la detuvo con la mano.
—¿Ves?
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que soy útil.
Solté una pequeña risa.
Entonces la fortaleza comenzó a temblar.
Una enorme criatura apareció detrás del ejército.
El Devorador.
—¡No! —gritó mi madre.
La criatura avanzó.
Los soldados comenzaron a huir.
El rey también.
—¡Padre! —grité.
Él se volvió.
—¿Qué?
—¡Tú lo despertaste!
—Y tú lo controlarás.
—¡No!
El rey sonrió.
—Ese es tu destino.
La criatura levantó una mano.
La oscuridad cubrió el campo de batalla.
Sentí que mi poder comenzaba a escaparse.
Caí de rodillas.
—¡Valeria!
Los cuatro corrieron hacia mí.
Adrik tomó mi mano.
Kaelen puso su mano sobre mi hombro.
Dante se arrodilló frente a mí.
Elían me abrazó.
Cassian permaneció detrás.
Las cinco marcas brillaron al mismo tiempo.
Y una energía enorme salió de nuestros cuerpos.
La criatura se detuvo.
Por primera vez parecía tener miedo.
Mi madre gritó:
—¡No se separen!
Cerré los ojos.
Pensé en todo lo que había perdido.
Mi infancia.
Mis recuerdos.
Mi hogar.
Mi madre.
Pensé en los cinco hombres que habían llegado para matarme.
Y que ahora estaban dispuestos a morir por mí.
Abrí los ojos.
La sangre comenzó a elevarse desde mis manos.
—Yo no soy su sacrificio.
Mi voz resonó por todo el campo.
—Soy su reina.
La energía explotó.
El ejército entero cayó de rodillas.
Las siete banderas comenzaron a arder.
Y el Devorador retrocedió.
Pero antes de desaparecer, la criatura susurró:
«Todavía no has descubierto quién te traicionará.»
Miré a los cinco.
Todos estaban allí.
Pero uno de ellos tenía la marca completamente negra.
Y ninguno parecía saber por qué.
Mi corazón se detuvo.
La guerra había terminado por ese día.
Pero acababa de comenzar algo mucho peor.
La verdadera traición estaba dentro de nuestro propio vínculo.