La noche antes de la coronación
Faltaban veinticuatro horas.
La capital estaba preparada para la coronación.
Miles de personas habían llegado.
Pero nadie sabía que el Devorador planeaba despertar durante la ceremonia.
Mi madre me ayudaba a ponerme el vestido.
Era blanco, con detalles dorados.
Sobre la mesa estaba la corona negra.
—No tienes que hacerlo —dijo ella.
—Sí.
—Valeria...
—Si huyo, él ganará.
Mi madre me abrazó.
—Te pareces tanto a mí.
—Espero no cometer tus mismos errores.
Ella sonrió.
—Ya los estás evitando.
Más tarde salí al jardín.
Los cuatro príncipes estaban allí.
Adrik estaba entrenando.
Kaelen afilaba su espada.
Dante leía.
Elían observaba las estrellas.
Me acerqué.
—¿Nerviosos?
Adrik soltó una risa.
—Mucho.
—No parece.
—Porque soy bueno fingiendo.
Kaelen se acercó.
—Mañana cambiará todo.
—Lo sé.
Dante cerró su libro.
—Cuando seas reina, ya no podrás volver a ser la chica que eras.
—Quizá nunca fui esa chica.
Elían me miró.
—Quizá mañana puedas decidir quién quieres ser.
Sonreí.
—Gracias.
Adrik se acercó.
—Valeria.
—¿Sí?
—Hay algo que quiero decirte antes de mañana.
—¿Qué?
Me tomó suavemente de la mano.
—No sé cuándo comenzó.
—¿Qué cosa?
—A importarme más de lo que debería.
Mi corazón latió más rápido.
Adrik se inclinó.
Por un instante pensé que iba a besarme.
Pero se detuvo.
—No quiero que pienses que te estoy presionando.
Sonreí.
—Gracias.
Él se apartó.
Entonces Kaelen apareció.
—Yo también tengo algo que decir.
Adrik lo miró.
—¿En serio?
—Sí.
Kaelen me observó.
—Yo tampoco quiero que mañana sea el último día que te vea.
Dante soltó una carcajada.
—Qué románticos.
—¿Y tú? —pregunté.
Dante cerró el libro.
—Yo no necesito decirlo.
Se acercó.
—Tú ya sabes lo que siento.
Elían sonrió.
—Parece que todos decidieron confesar sus sentimientos esta noche.
—¿Y tú? —le pregunté.
Elían se acercó.
—Yo solo quiero que mañana sobrevivas.
Mi sonrisa desapareció.
—Sobreviviré.
Esa noche no pude dormir.
Salí al balcón.
Cassian estaba allí.
—¿Cómo estás?
—Mejor.
—¿La marca?
Me mostró la muñeca.
La marca seguía allí.
Pero ahora era roja.
—¿Estás seguro de que estás bien?
—Sí.
—Tengo miedo.
Cassian se acercó.
—Yo también.
—¿Y si mañana perdemos?
—Entonces lucharemos hasta el final.
Lo miré.
—¿Por qué todos están dispuestos a morir por mí?
Cassian sonrió.
—Porque hace muchos años hiciste una promesa.
—¿Cuál?
—Dijiste que algún día salvarías a todos.
—Era una niña.
—Pero lo dijiste.
Se acercó un poco más.
—Y nosotros te creímos.
Antes de que pudiera responder, escuchamos campanas.
La medianoche.
Cassian miró hacia el cielo.
—Ya comenzó.
Una grieta roja apareció entre las nubes.
El palacio entero tembló.
Las luces de la ciudad se apagaron.
Mi madre salió corriendo.
—¡Valeria!
—¿Qué ocurre?
Ella miró al cielo.
—La coronación no será mañana.
—¿Por qué?
Una lágrima cayó por su rostro.
—Porque el Devorador acaba de entrar en nuestro mundo.
Las campanas comenzaron a sonar.
Una.
Dos.
Tres.
Y una voz gigantesca atravesó toda la ciudad:
«Mañana no tendrás una coronación, pequeña reina.»
«Tendrás una ejecución.»