Mart despertó horas después. El movimiento del mamut sacudía su cuerpo; su brazo estaba vendado con pieles desgastadas, aunque cada latido hacía que el dolor regresara como una ola ardiente. Este sentir era nuevo, insoportable; Mart no dejaba de apretar los dientes. Cuando el animal se detuvo, lo bajaron sin cuidado. Sus pies tocaron la nieve, que pronto se tiñó con las gotas de su propia sangre.
Ante él se extendía un pequeño asentamiento: apenas unas cuantas tiendas de piel y una fogata luchando contra el viento. No más de veinte personas vivían allí; rostros endurecidos por el frío y miradas llenas de desconfianza. En el centro, sentado junto al fuego, estaba el Jefe.
Harkel, el cazador que lo había capturado, habló primero: —Lo encontramos solo cruzando el paso. Intentó luchar… pero cuando la lanza lo alcanzó no suplicó. Dijo que era un rey.
Mart se mantenía en pie a duras penas, forzando una postura recta que ocultara su fragilidad. El dolor en su brazo era un incendio constante, un pulso de agonía que amenazaba con derribarlo frente a esas miradas que lo desollaban como cuchillos. Pero sobre el dolor pesaba algo más denso: la carga de su propia mentira. Proclamarse rey lo mantenía vivo, pero lo condenaba a un juicio que no sabía si podría superar.
El Jefe lo observó en silencio. Sus ojos recorrieron la túnica gris de Mart, luego el espadón que uno de los cazadores había traído consigo. Finalmente tomó la mano del joven y observó sus cicatrices. —Los reyes… —dijo con desprecio— son lo peor.
Un murmullo recorrió a los presentes. Una anciana escupió al suelo: —Los nobles arrasan aldeas, roban lo poco que tenemos… y llaman justicia a su crueldad. —Y cuando no obedecemos… —añadió un hombre con una pierna coja— nos envían a la Torre de los Pecadores.
Mart escuchaba sin comprender. No sabía nada de este mundo, pero el odio en esas voces era real. El Jefe apoyó la punta de su lanza bajo su garganta. —Dime, muchacho… ¿de qué reino vienes?
Mart dudó. No tenía respuestas, solo fragmentos de recuerdos rotos. Así que hizo lo único que podía hacer: mintió. —De… las Tierras Sureñas.
El silencio se extendió, pesado como el plomo. El Jefe Harkel presionó el acero contra su garganta, hundiéndolo lo suficiente para que una gota de sangre empezara a correr. —Aquí los títulos no significan nada —dijo finalmente Harkel en un susurro cargado de veneno—. Yo antes era noble. Sé cómo huelen los de tu clase. Huelen a la sangre de la gente que pisotean para mantenerse en el trono.
Mart vio en los ojos del hombre una decisión tomada hace años. No lo mataba por placer, sino por convicción. Mart tensó los músculos, el brazo herido le gritó de dolor mientras cerraba el puño izquierdo, listo para lanzar un golpe desesperado antes de ser atravesado.
—¡Espera, Harkel! —Una voz firme cortó el aire.
Una guerrera se abrió paso entre la multitud. Tenía el cabello castaño recogido en largas trenzas, una nariz redonda y unos ojos negros que brillaban como perlas bajo la luna. —Mataré a esta cuna de oro ahora mismo —gruñó Harkel sin soltar a Mart.
La chica lo miró con calma. —No voy a detenerte, eres el líder —dijo ella con lógica fría—. Pero el chico no es de aquí. Mira sus ojos, están perdidos. Y ese caballo negro que traía... lo delata. No es un noble común. Si es un rey, que muera como tal. Invoca el Rey por Rey.
El murmullo de la aldea cesó de golpe. —¿El duelo de sangre? —preguntó el Jefe. —Un combate uno contra uno —explicó ella mirando fijamente a Mart—. Con el arma que elijas. Lo derrotas y ganas el respeto, o lo matas y reclamas el liderazgo. Si es un impostor, tu hacha lo dirá antes del amanecer.
Harkel retiró la lanza y escupió a los pies de Mart. —Rey por Rey, entonces. Mañana veremos si tu sangre es real o si solo eres otro cadáver con ínfulas.
Mart se quedó solo, respirando con dificultad. Miró a la chica de las trenzas, pero ella ya se había dado la vuelta. Lo había salvado, pero solo para una muerte más lenta. ¿Rey?, pensó con amargura. Sabía cazar liebres, pero ¿pelear? Era un niño en el cuerpo de un hombre, despertando en un matadero.
De pronto, un grito desgarró el viento desde la torre de vigía: —¡Jefe! ¡Se han visto Vacíos!
La atmósfera cambió en un latido. —¡Apaguen el fuego! —rugió Harkel—. ¡Sombras al suelo! ¡Ahora!
La nieve cubrió las brasas. La oscuridad cayó sobre ellos. Entonces aparecieron. Surgieron de la tormenta como náufragos del abismo. Sus cuerpos eran humanos, pero la vida los había abandonado; la piel pálida se pegaba a los huesos como cera derretida. Sus ojos estaban abiertos de par en par, cuencas lechosas sin alma. No gritaban. No respiraban. Solo avanzaban en un silencio que devoraba el viento. Eran los Vacíos.
Mart sintió que el frío le congelaba la sangre. Entonces, entre los muertos, apareció una figura montada con una armadura de marfil que brillaba con luz enferma. —Uno de los Hermanos... —susurró el Jefe con pavor. —¿Hermanos? —alcanzó a preguntar Mart. —Cuatro hermanos que condenaron el norte —respondió Harkel—. Ese que ves... es el hambre que nunca muere.
El grupo pasó de largo. El casco del General giró ligeramente hacia ellos y las cicatrices de Mart comenzaron a arder con un calor insoportable. Al desaparecer la procesión, el silencio volvió a zumbar en los oídos.
La guerrera del arco se acercó a Mart con desprecio. —Dices ser rey… pero ni siquiera sabes qué son los Vacíos. No sabes nada.
Mart no respondió. Sus cicatrices pulsaban con un verde débil al ritmo de su corazón. ¿Por qué no los atacaron?, pensó con rabia sorda. Dejaron pasar a los monstruos, pero volvían a rodearlo a él.
Harkel no esperó más. Agarró un hacha de guerra pesada, descargando su miedo previo. —Tu mentira se acaba aquí.
Mart sintió un fuego eléctrico bajar desde sus cicatrices hasta sus dedos. Se agachó y tomó la empuñadura de su espadón. Era una mole de acero oscuro que requeriría la fuerza de tres hombres, pero cuando tiró de ella, el arma saltó de la nieve con una ligereza antinatural.
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fantasía oscura y post-apocalíptica, misterio: el rey sin memoria, magia antigua y abismo
Editado: 16.03.2026